Opinión

Instituciones, un privilegio de pocos

 
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Kumamoto

El viernes regresé al parque en el que crecí. Me encontré con ese gran tule, donde recogía cortezas, donde aprendí de los ciclos de la naturaleza, donde pude conocer el orden de las hormigas y la generosidad de la sombras de los árboles. Regresé a donde me fracturé una muñeca jugando futbol, a los recuerdos de las primeras niñas que me gustaron, a la velocidad de la bicicleta recién estrenada en Navidad y a ver con tristeza las tardes que se hacían más cortas conforme avanzaba el invierno.

Volví al parque de mi infancia, ahora para tener una reunión con vecinos. Calibrando mi nostalgia y la emoción del reencuentro empezamos la sesión. Hice un breve informe de actividades y después escuché a la concurrencia. Los problemas cotidianos fueron señalados, tomamos nota y nos comprometimos a darles seguimiento. Ya íbamos terminando, cuando una mano se levantó de entre la audiencia. Era Adrián, un chico de unos 13 años, quien había pedido la palabra. Quería exponer una situación que le había generado un gran malestar.

De manera brillante y clara, compartió que sentía miedo cada vez que salía al parque a pasear a su perro. Acompañó su testimonio de síntomas de la degradación del espacio público, de la tristeza que le generaba tener que vivir encerrado, de lo injusto que le parecía que sólo las personas mayores y acompañadas pudieran salir a la calle.

Toda la concurrencia asentía, mientras algo se quebraba dentro de quienes escuchábamos sus temores.

Me fui de la reunión pensando en Adrián, en lo distinta que fue mi infancia, pero también reflexionaba sobre esta realidad, que se ha hecho cotidiana para millones de niñas, personas de la tercera edad, lo usual para muchos jóvenes o mujeres que habitamos nuestro país. Salir a la calle y no sentir temor hoy, tristemente, es un lujo.

Vivir con miedo es lo opuesto a la democracia. Justo por eso, creamos normas o instituciones: para tener un piso mínimo en el que las personas que menos tienen o las más vulnerables no sean dejadas a su suerte. Las instituciones nacen con el objetivo de que ninguna persona valga más que otra y que, como mencionaba Luther King, construyamos una nación donde seamos juzgados exclusivamente por el contenido de nuestro carácter, no por el color de piel o cualquier otra situación.

A pesar de esta motivación fundacional, es claro que las instituciones en este país no responden a esa lógica. Las instituciones en México se basan en la cultura de privilegios, se encuentran secuestradas y en muchos casos funcionan contrarias a los objetivos que las fundaron.

Basta con voltear el reloj una semana atrás: los titulares de la cascada informativa podrían evidenciar mis dichos.

Justicia para quien puede pagar una firma reconocida y onerosa, sin importar los agravios y pruebas; los amparos para frenar un arresto se esperan desde una oficina en la Cámara de Diputados y las operaciones de desvíos de recursos se fraguan en los despachos de gobierno; el encargado de la seguridad es quien exporta drogas; las crisis existen sólo para quien tiene desorden en su cabeza.

Así el estado de las instituciones mexicanas. Así la urgencia de refundarlas, para que tengan como meta ser útiles a todas las personas, sin distingo alguno. Para que estas instituciones puedan combatir al crimen, la corrupción y la impunidad.

Para que lo público sea excelente, para que sea sinónimo de calidad, para que se convierta en una red de seguridad que vele por la dignidad de todas las personas.

En las instituciones descansa un importante sueño de igualdad y solidaridad, por eso, el privilegio debe ser erradicado de las mismas.

Las instituciones existen para que quienes necesitan un médico puedan acceder a él. Para que quienes trabajamos en el servicio público recibamos con igual atención a quienes nos solicitan una reunión. Para hacer que las leyes se cumplan, que los servicios fluyan y también, para que Adrián y su mascota puedan caminar con dicha, sin una gota de miedo, por el parque.

El autor es diputado independiente.

Twitter: @pkumamoto