Opinión

Infraleve, de Marcel Duchamp, la experiencia que escapa del ojo

    
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Marcel Duchamp

“Seguir las líneas de fragilidad actuales, para llegar a captar lo que es, y cómo lo que es podría dejar de ser lo que es”: Michael Foucault

La fuerza del saludo de dos manos que se estrechan, el calor de un asiento que se acaba de dejar, una caricia, el olor del humo de un cigarro, la marca del aliento sobre superficies pulidas como el vidrio… En estos volátiles eventos de la vida cotidiana están la naturaleza del arte y el acto creativo para el artista francés Marcel Duchamp. Lo celebramos hoy hablando de un rasgo específico en su obra y pensamiento: lo infraleve, la recuperación del acto contemplativo de fenómenos sutiles que se escapan al ojo fijo por su velocidad y transparencia. Este acto se relaciona con los temas que últimamente tratamos sobre Walter Benjamin, Charles Baudelaire, incluso Piero Manzoni.

Hemos hablado profusamente de Marcel Duchamp (Blainville-Crevon, 28 de julio de 1887 - Neuilly-sur-Seine, 2 de octubre de 1968) no sólo en esta columna, sino en la vida. Sobre su mingitorio La fuente (1917) y los ready made. No hay artista de este siglo con un peso tan grande en el desarrollo de las artes como Duchamp. Pero, ¿qué nutre semejante aventura? ¿Por qué llegó a colocar un mingitorio bajo el emblema de obra de arte? ¿Cómo un gesto tan mínimo, tan leve, llegó a transformar y sigue transformando la creación artística hasta nuestros días?

Si recordamos la figura del flâneur en Charles Baudelaire, ese paseante parisino que contempla y recorre la ciudad moderna, con la interpretación de Walter Benjamin sobre el cambio de percepción en la cotidianidad por la industrialización de los objetos, podemos ver en Duchamp la unión del pensamiento moderno con la experiencia de la nueva vida capitalista.

Dejando de lado el (buen) gusto, Duchamp escoge un objeto, pareciera que es cualquier objeto que se encuentra a la vista de todos, pero representa el objeto producido en serie, en líneas de producción industrializadas. El acto de escoger es el encuentro final del hombre ante su misma creación, ya no ante la naturaleza.

“No es una pieza de plomería, eso es absurdo. Las únicas obras de arte que América ha producido son la plomería y sus puentes”, escribía Marcel Duchamp al Armory Show cuando el mingitorio fue sacado de la exhibición de 1917.

Al contrario de lo que pudiéramos pensar, la fascinación por la novedosa realidad industrial, Duchamp intentó alentar el tiempo, en vez de acelerarlo como sus predecesores futuristas, previendo quizás el vértigo que se avecinaba con respecto a la manera contemporánea de la experiencia del tiempo.

Marcel Duchamp fue influido por las fotografías científicas de los franceses Etienne-Jules Marey y Eadweard Muybridge, quienes a finales del siglo XIX registraban imágenes de cuerpos en movimiento haciendo visibles los detalles imperceptibles, en una especie de cámara lenta. La contemplación moderna y los infraleves de Duchamp comparten esa observación del instante: obras como Aire de París (1919) una ampolleta de cristal vacía e incluso El Desnudo Bajando la Escalera (1912) tratan de alargar un efímero momento.

El mismo Duchamp lo explica así : “Lo posible es un infraleve. La posibilidad de que varios tubos de colores lleguen a ser un Van Gogh es la explicación concreta de lo posible como infraleve. Al implicar lo posible, al llegar a ser, el paso de lo uno a lo otro tiene lugar en lo infraleve” (Marcel Duchamp, Nota, Madrid, Tecnos, 1989).

De esta postura en Marcel Duchamp se desprende casi todo nuestro arte actual. Lo vemos en la redención de la banalidad en Andy Warhol, lo efímero de la explosión en los fuegos artificiales del artista chino Cai Guo Qiang, en los homenajes a la coincidencia cotidiana en Gabriel Orozco, en el excremento enlatado de Piero Manzoni; el erotismo metalizado de John Chamberlain que recuerda el armatoste mecánico que es la novia del Gran Vidrio, o la desaparición de la obra de arte en David Hammons. La lista es interminable.

Vivir es crear para Duchamp, por eso dejó de producir arte en 1923, se dedicó a jugar ajedrez hasta su muerte en 1968. Su legado nos dejó la duda constante de si el arte verdaderamente existe o no, pues se disipa como el vapor nocturno que emana de una coladera, pero al mismo tiempo es tan real, táctil y aprehensible como esa corazonada que termina siendo cierta.

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