Opinión

Iñárritu y Rondón: desplumando

I. EL RESARCIMIENTO IMPEDIDO. En Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (Birdman or (The Unexpected Virtue of Ignorance)), EU, 2014), sobresaturado filme trepidante 5 del poshollywoodense cineasta deefeño cambiando de estilo fílmico pero no de temática a los 51 años Alejandro G. Iñárritu (de la efectista hiperfragmentación compulsiva de Amores perros 00 a la sordidopulsional de Biutiful 14), con guión original suyo y de Nicolás Giacomo, Alexander Delinaris jr y Armando Bo, el decadente actor cincuentón calvo otrora figura archipopular cuando encarnaba al superhéroe emplumado Birdman en el cine Riggan Thomson (Michael Keaton en ostentoso plan de ultramasoquista Batman decrépito) se halla muy excitado montando en Broadway una audaz adaptación del drama clásico Qué queremos decir cuando decimos te amo de Raymond Carver, que él mismo escribe, dirige y produce, pues está apostándole todo a esa carta, tanto fortuna remanente como prestigio, para promover su difícil revival, una anhelada resurrección tras escándalos y desintoxicaciones, con el objeto de resarcirse en todos los órdenes profesionales, económicos, mediáticos, familiares e individuales y gloriosos, pero aún debe enfrentarse al accidente de trabajo por él provocado del actor principal Ralph (Jeremy Shamos), a los intentos de control absoluto del proyecto creativo por el avasallante actor sustituto capaz de querer penetrar en pleno escenario a su aterrada compañera protagónica durante el primero de los tres preestrenos de rigor Mike (Edward Norton), a las inseguridades de la actriz debutante brodwayana tardía Lesley (Naomi Watts desarticulada), a los ambiguos apoyos de su limitado socio empresarial Jake (Zach Galifianakis), a las reincidencias de la hija adolescente elevada a pluriasistente clave pese a estar en triste rehabilitación tentadoramente suicida desde el quicio de las azoteas Sam (Emma Stone lastimosa), a los falsos embarazos de la mediocre amante más bien patética Laura (Andrea Risenborou), al desprecio absoluto de la poderosa-odiosa crítica teatral de New York Times que garrapatea sus anatemas periodísticos en los bares Tabitha (Lindsay Duncan), a la ronda de la temperamental exesposa todavía amada que ya a apenas recuerda por qué decidió divorciarse Griffin (Amy Ryan) y, por último pero no el menor obstáculo a vencer, a los desequilibrios emocionales que le son propios, hasta llegar a la noche de estreno de todos tan temida.

El resarcimiento impedido señala, detalla y desmonta al Ego interior e irreconocible e inconfesable, con todas sus trampas y subterfugios brutalmente superpuestos como espejos enfrentados, como el mayor enemigo del hombre contemporáneo, del que el intérprete escénico no es más que un representante, un hiperconcentrado digest vuelto histeria desatada, enarbolando a modo de pendón invencible una paranoia a la vez alucinada y megalómana que ahora ya, antes que nada, sólo se persigue a sí misma, personificada en un bien caracterizado joven Birdman con bellas alas de pluma (Benjamin Kanes dominante) que por fin se le aparece en efigie detrás del héroe después de habérsela pasado discutiendo acres obviedades con él durante toda la película desde fueras de campo (“¿Cómo fue que terminamos aquí... en este basurero? Eres una estrella de cine, ¿recuerdas?”/ “Regresemos una vez más para mostrarles de lo que somos capaces”), pues no se trata de un Ego común y corriente, sino de un Ego a dimensión Iñárritu indomable y azotadazo, un omniarrasante y todopoderoso Ego en fiera lucha permanente contra los demás para imponerse y preponderar por y fatiga de espectador, un Ego correoso y a prueba de balas ya sólo vulnerable por una exmujer más histérica que la película misma o por la hija sin empacho para fajar con el peor rival/antagonista/enemigo de papito (porque “la única persona que puede hacerte daño es la persona que quieres”: Borges), un Ego con diez pelucas distintas y una sola zozobra facial verdadera, un Ego a modo de una hemorragia del ser con peligrosos poderes telekinéticos que incendian patrullas con sólo tronar los dedos, un Ego que hace levitar de entrada en posición yoga o hace volar al héroe declinante por los aires en el memento menos pensado, un Ego que incluye tanto la déspota paradoja del supraneurótico comediante broadwayano desbocado como el carnaval grandilocuente de actuaciones que sólo desean rizar el rizo en torno al concepto de amor absoluto, o más bien los sucedáneos infinitos de la absoluta carencia de amor hacia los demás borrosos y hacia sí mismo, sin referencia alguna a Carl Gustav Jung, aunque por ahí se asesten pomposas citas a Barthes o haya ebrios callejeros que citan frases manidas de Shakespeare a nivel Chespirito, porque ahora sí ya puede dejarse abandonada la segurizadora servilleta escrita por el mismísimo alcohólico amable Carver que caritativamente validaba la infalible vocación megactoral del héroe.

El resarcimiento impedido se consuma como un pretexto para el demencial lucimiento del excuequero fotógrafo mexicano de Emmanuel Lubezki, quien, a tambor batiente muy bien secundado por un show en efecto tamborilero en exclusiva de cierto ubicuo Antonio Sánchez, filma de un jalón como si se tratase de un plano secuencia único, a modo de un continuum de cámara sinuosa sólo con zurcidos invisibles a la manera virtuosística gratuita a la antigüita de La soga de Hitchcock (48), en las antípodas de los auténticos filmes en un solo plano posLumière (Arca rusa del postsviético Sokurov 00, Tiempo real del jalapeño Prada 02, PVC-1 de grecolombiano Stathoulopoulos 07, Preludio del chilango Lucatero 12 y uf), una cámara que a ráfagas de steadicam y contemplaciones inestables con vueltas en redondo crea intensidades autoexcitadas al máximo y al rojo vivo, aunque sólo sea para pasar de un feroz diálogo enojoso a un vacuo enfrentamiento verbal (“¿Por que no vas por tus alas y tu traje de pájaro, hombre?”) o a puñetazos (“Métetelo por el trasero, ahórcate, voy a ahorcarte”/ “¿Qué tanto ven?”), para concatenar sin transición tiempos y espacios, para ensartar irrupciones realistas y vaporosas atmósferas oníricas, cual si duplicara el perturbado continuum mental del héroe, teatralizando y petrificando tanto el encierro entre camerinos y bambalinas tímidamente fajosas como una empeñosa no-acción verborrágica y hartante que sólo episódicamente supera sus mundos enrarecidos y se supera, gracias a la agradecible carrera semiencuerada por las calles o la propulsión a chorro sobre los edificios de I Love NY, como si fuese un liberador salto al vacío.

Y el resarcimiento impedido hace triunfar contra viento y marea su optimismo de moda, ya que, a punto de enloquecer y con los pies sangrantes por su contradictorio amor al arte malgré tout, el histrión acosado logre llegar a la Tercera llamada (Franco 12) en su retumbantemente tumultuosa y al azar acaso fatídica Opening Night (Cassavetes 78), reciba elogiosísimos comentarios en primera plana al día siguiente por parte de su archenemiga, demostrando que sus afanes y todas truculencias ahítas de efectos visuales de la película misma no eran más que una simple faramalla desinflada, mucho ruido y pocas nueces, como diría el clásico saqueable por excelencia regodeante.

II. LA ABERRACIÓN CAPILAR. En Pelo malo (Venezuela-Alemania-Perú-Argentina, 2013), minimalista filme fabulesco 2 como autora total en solitario de la artista plástica caraqueña Mariana Rondón (A la medianoche y media 99 codirigido con Marité Ugás, Postales de Leningrado 07, y también productora (en especial de El chico que miente de su permanente compañera de fórmula Ugás 11), el fantasioso niño mulato de 9 años Junior (Samuel Lange sensacional) vive obsesionado con alaciar su cabello negroide al que considera de rizado infamante, para tomarse la foto del álbum escolar donde desea vehementemente aparecer con atuendo de TVbaladista blanquito entonando la canción-sonsonete “Mi limón, mi limonero”, e intenta alisarlo de todas las maneras posibles, untándose menjurjes con mayonesa o usando aceite para freír tajada (plátanos), llevando a sus últimas consecuencias su heroica lucha contra lo que juzga una aberración capilar injustamente heredada, pero también secundando a la regordeta amiguita de al lado (María Emilia Sulbarán) que quiere fotografiarse con corona de Miss Venezuela y en cuya casa es encargado cuando hay dinero para pagar la atención, aceptando quedarse temporalmente con su posesiva afroabuela Carmen (Nelly Ramos) que le enseña a bailar canturreando con un simulacro de micrófono en la mano, y ante todo desafiando los severos dictados de su rechazante joven madre viuda de sensualosos minivestidos Marta (Samantha Castillo), aún enlutecida exvigilante de empresa privada a quien patéticamente se le expulsó de su empleo de caseta y ahora lucha por recuperarlo, así sea asediando y rebajándose ante el abominable Jefe (Beto Benites), o invitándolo a cenar para ofrecérsele como puta, hasta que llegue el día de tomarse la ansiada foto para el chico sin plata y, siempre amenazado con ser literalmente vendido a su abuela, opte por tomar una decisión desesperada.

La aberración capilar funge como metáfora múltiple, a la vez como expresión de un autorrechazo esencial de la propia condición humana dictada por los postizos valores inculcados la manipulación mediática, en segundo lugar como rabiosa demanda afectiva hacia una madre socavada por la amargura y la frustración erótica, y finalmente como reveladora de un ancestral racismo imperante y virulento, remitiendo al desdichado asesino brutal limeño que sólo quería juntar dinero para una cirugía plástica que le quitara lo cholito (indio) en el thriller antisocial Muerte de un magnate del peruano Lombardi (80), si bien dentro de una clave intimista de (novísimo-neonuevo) neorrealismo social, más bonancible aunque quizá más triste.

La aberración capilar sostiene su fábula sobre un enfoque y un acercamiento fundamentalmente corporales hacia sus criaturas, trátese de la simbiosis que liga físicamente a Marta con su bebé y que añora por supuesto el rechazado-deleznado Junior, trátese de la miserable vida erótica de la impulsiva madre amargada que se tira en posición sedente a un desgarbado vecino cargador sin mediar afectividad alguna pero le avienta desdeñosamente el plato de arroz con frijoles al despectivo Jefe alevoso, trátese de la abuela puritana sexorreprochosa (con su exnuera) que sólo desea sustituir en todos sentidos al hijo perdido con un esclavizable nieto que la cuide y a quien intenta seducir con sus abalanzantes danzas tribales, o trátese de la contundente inminencia corpórea del dulce Junior que se siente atraído en la banqueta por un solidario paria homosexual (por ende temible de contagio, según la madre que arrojará por el balcón la sudadera contra la lluvia por él prestada) pero que sólo desea ser bonito para agradar/reconquistar a su áspera progenitora.

Y la aberración capilar ha logrado traspasar el simple nivel de la alegoría o la parábola para hacer una vigorosa crónica neorrealista del desgarramiento del tejido social venezolano durante los últimos años del chavismo con Chávez, cuando el apremio virilista recomendable para lo niños varones era glorificarse con boina roja de teniente coronel, cuando los televisores magnificaban las noticias de los sacrificios colectivos más que religiosos para implorar/pedir/procurar el alivio del mandatario, cuando la población masiva residía en miserables edificios colmena (muy relevantes en la fotografía de Micaela Cajahuaringa en esta cinta tan eminente cuan fieramente femenina), cuando predominaba una sensación de hundimiento en arenas movedizas por el desempleo y el atraso moral y la suciedad orgánica en medio del desamparo estatal, cuando la patria dividida presagiaba una inminente catástrofe política, donde chavo y chava debían marchar infructuosamente disfrazados por un inmundo solar entre las anónimas burlas generalizadas de los otros niños, donde el pequeño héroe debía afeitarse la cabeza como una humillante automutilación transferida que sería indispensable para lograr permanecer (aunque existencialmente desplumado) en el baldío hogar materno y donde el máximo desafío transgresor podía consistir en permanecer agresivamente callado mientras los demás infantes cantaban henchidos el himno bolivariano obligatorio.