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Maestros de la CNTE de Michoacán marcharon este miércoles en la CDMX (Édgar López)

Hace unos días comentábamos aquí cómo la reforma educativa avanzaba, a pesar de la CNTE, que hacía lo imposible por evitarlo. Y veíamos en la ofensiva declarada alrededor del día del maestro los últimos coletazos de una organización corporativa, cercana a la subversión. La ofensiva continúa, según parece, en las entidades que esa organización controla, y no dudo que sirva después para las quejas postelectorales.

Estas protestas utilizan como referencia la reforma educativa, pero en realidad son intentos por mantener el control de maestros, escuelas, e incluso padres de familia. Hacen uso de todos los instrumentos posibles para presionar a la autoridad, obligar a los subordinados, y con ello mantener las prebendas que derivan de la posición de intermediario político. Marchas, plantones, agresiones a autoridades, que en cualquier parte del mundo civilizado serían consideradas ilegales, pero que acá son usos y costumbres, y se considera poco menos que ilegal a quien se opone a ellas, como es el caso del autor de esta columna.

El síndrome de 68 sigue impidiendo a las autoridades mexicanas establecer un piso mínimo de orden común, haciendo uso de la libertad de expresión como excusa. Son políticos, que responden a una sociedad que, aparentemente, es la que está atrapada en ese síndrome. Es parte de esa esquizofrenia que nos lleva, al mismo tiempo, a exigir Estado de derecho en ciertas cosas y olvidarlo en otras: legalizar distintas formas familiares, el consumo de ciertas sustancias, el abuso de determinados comportamientos, mientras del otro lado seguimos esperando flexibilidad del policía de tránsito, amplitud de miras del contratista, perspectiva del contratante. En todo ello, se ha ido imponiendo una cierta autoridad moral derechista. No porque sea de derecha, sino porque abusa de los derechos. Es un poco extraño, pero vale la pena recordar que Porfirio Díaz se quejaba precisamente de eso en su entrevista a Creelman, hace 108 años: los mexicanos se creen merecedores de todos los derechos, pero exentos de las obligaciones. Pues así sigue siendo, pero ahora no es sólo que se sienta todo mundo merecedor de los derechos, sino se trata ya de una obligación de la sociedad frente a ellos, porque hay autoridad moral en los obreros, campesinos, maestros, y clientela política en general, frente al enemigo de clase, que en la vieja gramática se llamaba burgués.

Aunque la izquierda nacional siga sin querer aceptarlo, el régimen de la Revolución fue construido desde ese lado del espectro, y definió sus héroes y villanos en consecuencia. Al extremo de que el secretado de Educación del Maximato, Narciso Bassols, se convirtió en el gran promotor del marxismo-leninismo en México. Sus sucesores en el gobierno de Cárdenas no pensaban muy diferente, porque el mismo presidente no lo hacía, aunque fueron más discretos que don Narciso. De cualquier forma, su influencia en el magisterio ha sido de muy larga duración. El magisterio fue revolucionario desde su origen, y peor cuando las normales rurales quedaron bajo control de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, y se convirtieron en el manantial de movimientos armados rurales del país, desde el ataque al Cuartel Madera en 1965, al movimiento Unión del Pueblo de 1971, después Partido Revolucionario Obrero Campesino Unión del Pueblo, Procup, después llamado EPR.

Es decir que la historia de los movimientos armados rurales, el abuso de los 'derechos' de las clientelas y la existencia del PRI son indisolubles. Por eso no se regula el orden mínimo, por eso no deja de existir la CNTE, y por eso se moviliza cuando se acercan las
elecciones, porque ésa es su razón de existir, aunque sus mismos
dirigentes no lo entiendan.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.


Twitter: @macariomx

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