Opinión

'I, Daniel Blake', Inglaterra no es país para viejos

  
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I, Daniel Blake

El legendario director Vittorio De Sica lo sabía: si un hombre vive en la miseria, cualquier complicación basta para propiciar una tragedia. En Ladrones de bicicletas, Antonio emprende una búsqueda desesperada a lo largo de la Roma de posguerra cuando le roban la bici que usaba para trabajar; en Umberto D, el anciano del título va a dar al hospital por una infección en la garganta y, como consecuencia, lo echan de la recámara que habita. Para cualquiera en una posición cómoda, los problemas de Antonio y Umberto parecen nimiedades. Para ellos, sin embargo, perder una bicicleta o padecer una enfermedad es suficiente para poner su vida entera en jaque.

La sobriedad de aquellas obras maestras del neorrealismo italiano forma parte esencial de I, Daniel Blake. Dirigida por Ken Loach y ganadora de la Palma de Oro en el festival de Cannes del año pasado, la película parte de una premisa similar a Umberto D: Daniel (Dave Johns), un carpintero, se ve obligado a dejar su trabajo por culpa de un padecimiento del corazón. Tras ser atendido por uno de los muchos burócratas ineptos que conoceremos, el gobierno decide no darle la pensión que requiere, forzándolo a pasar por una serie de trámites indignos que no toman en cuenta su oficio, su edad ni su clase social.

Hay dejos de humor negro en los ridículos embrollos de la burocracia a la que Daniel debe enfrentarse para recibir lo que busca y merece: llamadas a oficinas gubernamentales donde lo dejan esperando horas al teléfono, sitios de internet confusísimos y, en uno de los pasajes más absurdos, una clase a la que el viejo carpintero debe ir para aprender a redactar un currículum atractivo (aunque no sabe cómo usar una computadora). Las peripecias de Daniel serían graciosas si su vida no pendiera del criterio y la buena voluntad de quienes deliberarán si recibe su pensión. Loach presenta un sistema armado para despersonalizar: no es un matiz menor cuando una supervisora regaña en público a otra burócrata que se atreve a tratar a Daniel como ser humano.

Pese a la grisura del ambiente en el que se desarrolla, I, Daniel Blake está llena de gestos de camaradería y nobleza entre los miembros de la comunidad en la que habita Daniel, a diferencia de aquellas películas de De Sica, donde los que rodean a Antonio y a Umberto se cruzan de brazos en vez de ayudarlos. Mientras se esmera por conseguir dinero, Daniel entabla amistad con Katie (Hayley Squires), una joven madre soltera que apenas tiene para comer. Si bien el final roza la obviedad y la cursilería, la relación entre ambos se siente genuinamente tierna y triste.

El estilo de Loach encaja con la parquedad en la que viven Daniel, Katie y el resto de sus conocidos. La cámara apenas si se mueve, como si intuyera que no hace falta sacudirse para añadirle premura o drama a lo que vemos. La decisión es acertada. Al final, I, Daniel Blake es la súplica de un hombre bueno frente a una sociedad indiferente, no tan distinta a la que hizo Arthur Miller en Death of a Salesman. Antes, como ahora: attention must be paid.

Twitter: @dkrauze156

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