Opinión

House of Cards, Región 4

El presidente Enrique Peña Nieto inauguró este martes el Tianguis Turístico en Cancún y decidió, de manera inusual, pernoctar en ese destino. Un funcionario estatal explicó que como al día siguiente realizaría una visita a Campeche, era más práctico que durmiera en ese destino. Para un presidente como Peña Nieto que valora utilitariamente su tiempo, ese argumento suena a mero pretexto. No hizo muchas cosas públicas durante casi 18 horas, salvo una comida con empresarios y un evento donde anunció la cancelación de las garitas. Lo inusual de esa estadía comenzó a tomar forma y razón cuando una selfie –esa moda de tomarse una fotografía a sí mismo por medio de un teléfono celular–, corrió por todo el país el miércoles. Se la tomó el actor Kevin Spacey, que interpreta un temible político en la afamada serie de televisión House of Cards, con Peña Nieto.

Spacey, que ha provocado analogías interminables en el mundo con su interpretación de Francis Underwood, colocó la selfie en su cuenta de Twitter y escribió juguetonamente: “De un presidente a un presidente”. Pero este es real, aclaró, y durante su primer año de gobierno la ha hecho bien. La fotografía capturó las primeras planas de los periódicos y los espacios en los medios electrónicos. Francis Underwood es un político sin escrúpulos, manipulador y capaz de matar por alcanzar sus objetivos, que sintetiza todo lo extremosamente malo de la política, en el marco de las luchas palaciegas en Washington. Tras su encuentro, Peña Nieto escribió que Spacey ya le había contado el desenlace de la tercera temporada –que empezará a transmitirse hasta octubre–, pero que no podía revelar de qué se trataba.

Muy pocas veces el encuentro del presidente con una personalidad de cualquier ámbito cruza transversalmente la demografía nacional, como sucedió con éste. Se puede ver como una anécdota, pero también se puede observar bajo el prisma de un ejercicio de comunicación política. La idea de llevar a Spacey a Cancún surgió del gobernador de Quintana Roo, Roberto Borge, cuando organizaba el Tianguis, en cuyo marco la cadena Hard Rock, que maneja a Spacey, inauguraría un hotel en Playa del Carmen. Las negociaciones para que ofreciera una ponencia en el Tianguis habían concluido antes de que el laureado cineasta mexicano Alfonso Cuarón pusiera de cabeza al gobierno federal al publicar un desplegado en la prensa con un decálogo de preguntas sobre la reforma energética.

¿Cómo contrarrestar a una celebridad internacional como el mexicano Cuarón, reciente ganador de varios Oscar por su película “Gravity”? Como dice Francis Underwood a su jefe de oficina, Doug Stamper, en uno de sus aforismos más notables sobre estrategia política, “la ballena se devora mordida a mordida”. Cuarón demostró en su desplegado el desapego a los asuntos públicos mexicanos y reveló su ignorancia sobre todo lo que se ha discutido en México sobre la reforma energética. Pero es un mexicano exitoso, el nuevo querubín de Hollywood, ganador de todos los grandes premios del cine este año, que le dio derecho para afirmar que hablaba “en nombre de todos los mexicanos”, y muchos mexicanos, lejos de reclamarle que quién le entregó el mandato para representarlos, lo aplaudieron y le agradecieron que asumiera ese papel.

En la mente y el espíritu de Cuarón nació la inquietud de hacer algo sobre la reforma energética, de acuerdo con personas que conocen parte del nacimiento de la idea y la ruta que seguirá, por lo que su hermano menor Carlos, que también es cineasta aclamado, y el actor Daniel Giménez Cacho, que se ha vinculado al movimiento de Morena, empezaron a platicar con él sobre qué se podría hacer. Luego intervinieron, dijeron las personas que conocen la génesis del documento, los activistas Denise Dresser y Epigmenio Ibarra. El primer desplegado era un decálogo de preguntas; en el segundo retaba al presidente a un debate público; y el tercero que viene, si el cronograma no se altera, pedir la consulta popular sobre la reforma energética. Trío de desplegados con rumbo y destino. A los dos primeros respondió positivamente –para Cuarón- el presidente. ¿Y luego?

La idea de Borge entró –hablando en hipótesis de trabajo– de manera natural en una estrategia ofensiva de comunicación política. Spacey no tiene tantos Oscar como Cuarón, pero es más famoso, taquilleramente más sexy y, por tiempo y especialización, más famoso. Para una celebridad naciente de Hollywood, una celebridad consolidada de la meca del cine. Es posible, por supuesto, que todo haya sido coincidencia, espontáneo, una casualidad, aunque en política no existen tales cosas. Pero aún si así hubiera sido, el resultado es que Cuarón pasó a un segundo plano y Francis Underwood al primero, en un cambio en la correlación de fuerzas ante el graderío del coro fácil. Esto es algo como “House of Cards”, Región 4, donde la manipulación de la opinión pública es el nombre del juego, en el ejercicio pleno del uso de las fortalezas propias y las debilidades del adversario. Cómo dijo Francis Underwood temprano en la serie: “Lo que un mártir busca más que cualquier cosa, es una espada sobre la cual caer. Así que afila la espada, sostenla en el ángulo justo y, entonces, 3, 2, 1…”.