Opinión

'House of Cards': el Washington de caricatura

    
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House of cards

Pocas series son como los buenos vinos. Solo algunas –The Sopranos, Mad Men, The Comeback o The Americans– mejoran con el tiempo, matizan a sus personajes, encuentran vetas dramáticas y hallan temas nuevos e interesantes. House of Cards no es una de ellas. El buque insignia de Netflix apenas si se mantiene a flote durante su tercera temporada.

Cuando se estrenó, House of Cards se desenvolvía en un Washington fascinante, donde siempre era de noche (aunque fuera de día), rara vez veíamos a más de unos cuantos extras y la Casa Blanca tenía el encanto y la calidez de una catacumba medieval. El resultado era una ciudad semivacía, hosca y remota: una frontera de alcohólicos, prostitutas, periodistas buitres y políticos obsesionados con sus propios intereses. Aquella primera temporada no fue perfecta, pero nadie podría tacharla de inconsistente. Era claro que había alguien listo detrás del proyecto. A David Fincher, el director de The Social Network, Seven y Gone Girl, le bastó dirigir dos capítulos para fincar un ritmo y un estilo.

Por desgracia, la magnífica secuencia de créditos al inicio de cada episodio es lo único que queda de él. Cae la noche en Washington; la ciudad se mueve, frenética, mientras la gente va y viene; sólo los edificios y los objetos permanecen estáticos, impermeables al paso del tiempo: la fugacidad y el sinsentido de las metas de Frank Underwood encapsulados en un minuto y cacho. Para decir básicamente lo mismo, la tercera temporada dedica un capítulo entero a (no miento) un cuarteto de monjes tibetanos construyendo un mosaico dentro de la Casa Blanca que terminará hecho polvo 40 minutos después. De la sutileza a la obviedad en dos años. Como los malos vinos.

A partir de la segunda temporada, en la que Underwood (Kevin Spacey) dejó de ser un político ambicioso para convertirse en Darth Vader, House of Cards dio señales de esquizofrenia. La serie olvidó su identidad y se volvió un melodrama matrimonial, un thrillersucho político y un retrato caricaturesco de la vida en las cúpulas del poder.

La tercera tanda no deja la brocha gorda. House of Cards presenta a Viktor Petrov, el presidente de Rusia, como el nuevo villano. Lars Mikkelsen, el actor que interpreta a esta botarga de Vladimir Putin, debería buscar la palabra “sutil” en el diccionario: si por él fuera, Petrov siempre entraría a escena deslizándose como cobra. Por otra parte, la serie vuelve a utilizar los trucos más gastados para fabricar suspenso: episodios de amnesia selectivos, suicidios convenientes, alcohólicos volviendo a la botella y, claro, personajes entablando una relación aun cuando es evidente que no deberían hacerlo.

Antes nos tocaron tríos bisexuales, militares de bragueta abierta y millonarios sadomasoquistas. Ahora, en su búsqueda por la controversia fácil, a House of Cards le da por la transgresión filial y la blasfemia. En el primer capítulo, Underwood orina la tumba de su padre y poco después le escupe en la cara al hijo de Dios. Dado que al Espíritu Santo ya lo mató en la primera temporada, dentro de un coche, lo único que le falta es violar a una virgen. Es una pena porque la serie mejora cuando intenta ver a Underwood como persona en vez de monstruo, si bien no es fácil sentir compasión por un tipo que arrojó a su amante a las vías del tren.

La trama todavía atrapa (el morbo es el morbo), pero las sorpresas escasean. La música suena a película de M. Night Shyamalan y, sin embargo, salvo por un giro de tuerca al final, los personajes acaban donde sabíamos que terminarían. Quizás por eso los últimos capítulos dedican tantísimo tiempo a Claire Underwood (Robin Wright) viendo al infinito. Su silencio es apropiado. House of Cards ya no tiene mucho que decir sobre sí misma. El drama humano es inagotable. Las caricaturas son finitas.

Twitter: @dkrauze156