Opinión

Hora de realismo, no de magia

 
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Paul Krugman.

Los últimos meses han sido interesantes en el lado progresista del debate político, y me refiero al peor de los sentidos. Un número importante de progresistas están muy, muy emocionados con el inesperado apoyo al candidato presidencial demócrata Bernie Sanders, y se sienten impactados al ver que muchos (y pienso que la mayoría) de los expertos liberales son más bien escépticos.

Para mí, es un territorio de cierta forma conocido: también fui escéptico de las promesas trascendentales de Barack Obama en 2008. Y entonces, como ahora, un número abultado de entusiastas no tardó nada en declarar que yo era un villano corrupto, desesperado por trabajar con Hillary Clinton.

Ok, esto también pasará. Pero pensé que pudiera valer la pena hablar un poco más sobre en qué punto se encuentra ahora la gente como yo.

Primero que nada, para decir lo que debería ser obvio, pero que a veces aparentemente no lo es: lo que a uno le gustaría idealmente y lo que uno piensa que puede lograrse no son lo mismo. Lo que a mí y a la mayoría de mis amigos expertos nos gustaría ver es lo que el economista Robert Heilbroner solía llamar una “Suecia ligeramente imaginaria”; esto es, un país con una fuerte red social que proteja a todo mundo de la miseria inevitable, que provea a los trabajadores de sustancial poder de negociación y con una política ambiental firme. Un lugar donde la decencia básica sea un principio fundamental.

Pero nada de eso va a pasar pronto en Estados Unidos. Si en los próximos años, y probablemente en las próximas décadas, vamos a tener algún tipo de cambio radical, vendrá de la derecha, no de la izquierda.

Tal como lo señaló recientemente Matt O’Brien en The Washington Post, es altamente improbable que ni siquiera los cambios graduales que está proponiendo Clinton logren ser aprobados en el Congreso; los cambios radicales que está proponiendo Sanders no sucederían ni siquiera si los demócratas retomaran la Cámara de Representantes.

O’Brien dice que las elecciones primarias demócratas son “como discutir qué es más real: un unicornio mágico o un unicornio normal. En cualquiera de los casos seguimos contendiendo con una plataforma de unicornio”. Lamentablemente, es probable que sea cierto: las plataformas de los candidatos parecen más de aspiraciones que programas con probabilidad de suceder.

Pero en ese caso, ¿por qué no optar por el unicornio mágico? Por un par de motivos.

Uno es que hay grados de realismo: un programa que pueda ser implementado en parte si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes pudiera resultar ser una guía útil relativamente pronto, contrariamente a un programa que requiera una revolución política.

Otra es que, tal vez inevitablemente, la insistencia de Sanders en la necesidad de unicornios mágicos ha llevado a invocaciones de magia económica así como política. Hace un tiempo advertí que ni siquiera Sanders estaba dispuesto a sincerarse con los votantes sobre lo que sus ideales requerirían; que, en particular, estaba asumiendo ahorros poco realistas para encubrir la realidad de que bastantes estadounidenses de clase media resultarían perdedores netos en una transición hacia un sistema de salud de pagador único.

Y esto podría importar mucho en las elecciones generales.

Seguramente, el candidato republicano, quienquiera que sea, estará ofreciendo planes obviamente disparatados. Pero si su oponente demócrata también ofrece un plan que no cuadre, ya se sabe que los medios presentarán la situación como simétrica, aun cuando no lo sea.

(Y no lo sería: lo que sea que parezca problemático respecto a la plataforma de Sanders, las fantasías del Partido Republicano están en una liga completamente diferente.) Por esto es importante sacar a la luz ahora las críticas a Sanders, no esperar hasta después, y también es por eso que la respuesta automática de la campaña de atacar a los mensajeros es una mala idea. Pudiera funcionar en las primarias, pero definitivamente no funcionará después.

Son tiempo difíciles para los progresistas que no creen en la magia.

Twitter: @NYTimeskrugman

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