Opinión

Homenaje a Jesús
Silva-Herzog Flores
en sus 80 años

 
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Jesús Silva Herzog. (Cuartoscuro)

El viernes pasado Jesús Silva Herzog cumplió 80 años y recibió en el Salón Panamericano de Palacio Nacional un sentido homenaje en que estuvieron presentes Luis Videgaray y los secretarios de Hacienda que sucedieron a Chucho después de aquel histórico periodo en que le tocó sortear con grandes dificultades pero exitosamente la crisis financiera y de la deuda externa de 1982-85.

Excelentes todas las intervenciones ante familiares, amigos, colegas y colaboradores. La primera correspondió a Ángel Gurría, llena de anécdotas y buen humor, que recordó la dura etapa en que él mismo, Francisco Suárez Dávila y Alfredo Phillips, realizaron las arduas negociaciones con los bancos extranjeros bajo el liderazgo de Jesús, a partir de la elección en julio de 1982 de Miguel de la Madrid como presidente. De gran profundidad y afecto las palabras de David Ibarra, su antecesor y maestro de varias generaciones de economistas; y emotiva y valiente la de su nieto, de 20 años, que incluyó un mensaje de Chucho, sobre su ideario político y un recordatorio indispensable sobre el compromiso con México y con la honestidad que debe esgrimir todo funcionario público. Para concluir, un sobrio y cálido reconocimiento de Luis Videgaray a su antecesor en otras épocas difíciles, en que cayó el precio del petróleo, fuente fundamental de ingresos presupuestales de este país.

El homenaje fue también ocasión para distribuir los primeros cien ejemplares de un libro-homenaje en que contribuimos una veintena de amigos y colaboradores a lo largo de su rica y ejemplar carrera en nuestro país, desde su paso por el Banco de México y como director general, subsecretario y secretario de Hacienda y Crédito Público, y en el extranjero como embajador de México en Estados Unidos y España.

Me tocó conocer a Jesús Silva–Herzog en 1970, en una reunión de profesores del seminario de Economía Internacional de la Escuela Nacional de Economía de la UNAM, que coordinaba Gustavo Romero Kolbeck. Yo acababa de regresar de la Universidad de Sussex, Gran Bretaña, donde realicé mis estudios de maestría. Me impresionó desde el principio su poderosa voz, su carisma y su sentido de humor.
Llegado el gobierno de Luis Echeverría, algunos de los miembros del seminario fueron designados embajadores como parte de una iniciativa innovadora de diplomacia económica: E. Anguiano a China, G. Romero Kolbeck a Japón, JE Navarrete a Venezuela. Jesús no siguió ese camino, fue designado director general del Infonavit, donde realizó una constructiva labor como fundador.

Nuestra relación y amistad data del gobierno de López Portillo, cuando él fue nombrado subsecretario de Hacienda en sustitución de Miguel de la Madrid, quien fue a hacerse cargo de la Secretaría de Programación y Presupuesto.

Yo trabajaba también en la Secretaría de Hacienda como director de estímulos fiscales con Francisco Labastida, director general de Promoción Fiscal. En esa etapa comencé una buena amistad con Chucho. Los dos teníamos funciones más importantes que los puestos que en la práctica desempeñábamos. Nos unía, entre otras cosas, el ser miembros del equipo de Miguel de la Madrid en la SHCP.

Nos unía también la convicción de que nuestro país requería cambios de fondo ante los viejos y nuevos retos estructurales y el cambiante contexto internacional, y que era necesario enfrentarlos urgentemente con gran pragmatismo, pero con un gran amor por nuestro país y una visión económica y social de largo plazo.

En julio de 1981 tuve la oportunidad de emprender bajo su liderazgo y en compañía de un selecto pequeño grupo de funcionarios públicos una misión singular al Asia emergente: Japón, China, Corea del Sur, Hong Kong, Tailandia y Singapur. La intención era aprender de las experiencias de los que acababan de realizar o estaban iniciando, como China con su gran transformación y apertura al exterior, sin perder orgullo y proyecto nacional. Sobre ese viaje versa mi contribución al libro recién publicado por sus amigos.

Lo iniciamos con entrevistas con banqueros japoneses, ansiosos de colocar más créditos en un país admirado, México, que prometía continuar con un rápido crecimiento y consolidación económica. Lo concluimos tres semanas después, asediados en Tokio por nuestros acreedores, tras del polémico anuncio de Díaz Serrano y de Oteyza sobre la baja en los precios del crudo mexicano, que dispararía la gran crisis de la deuda de principios de los 80. ¡Ironías del destino! En todo momento Silva-Herzog estuvo a la altura de las circunstancias.

Los 34 años que han transcurrido desde entonces me han permitido conocer a un gran hombre: inteligente, cálido, nacionalista y honesto hasta los huesos -de esos que hay muy pocos- que creen en la auténtica función de servicio del funcionario público y que la realizan siempre con dedicación, cariño y sensibilidad social. Fui su colaborador en la Secretaría de Hacienda y colega en el circuito diplomático; asistente en su campaña electoral fallida por el DF; asociado en grupos políticos y en iniciativas académicas esperanzadoras en la UNAM. Hemos sido compañeros en el desempleo -nunca en la desocupación, según Chucho- en lo que él bautizó como la Renata (la Reserva Nacional de Talentos).

Ha sido amigo en los mejores y los peores momentos. Un personaje que a donde quiera que va es saludado por los grandes y los humildes; por los políticos, los empresarios y los intelectuales, pero también por la gente sencilla -todos lo aprecian como un líder moral, que siempre predicó con el ejemplo.

También he tenido la oportunidad de tratarlo últimamente en pareja en México y en el extranjero. Su esposa y la mía comparten amistad y actividades en común. Los jueves nos toca a los dos ser viudos del dominó, que ambas juegan ávidamente y disfrutan muertas de la risa. Este jueves no habrá dominó. Tendrá un merecido homenaje más en la Cancillería por sus 80 años. ¡Misión cumplida!

El autor es exfuncionario público mexicano e internacional, amigo de Jesús Silva–Herzog.

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