Opinión

Histórica Legislatura

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 [El congreso de Puebla se convirtió el domingo en la decimosexta legislatura local en respaldar la controversial iniciativa. / Cuartoscuro]  

Aunque sigue la montaña rusa en los mercados financieros, también hay temas políticos que merecen atención. El día de ayer, 1 de septiembre, entró en funciones la LXIII Legislatura. La anterior, la LXII, pasará a la historia como una de las más importantes, en tanto que se terminó en ella el proceso de reformas que cierran una época.

Como sabemos, la Constitución vigente es producto de una muy profunda reforma a la Constitución de 1857. Tan profunda, que cambió por completo la orientación nacional. Mientras la creada por la generación de Juárez era de corte liberal, la que escribieron los obregonistas en 1917 era exactamente lo contrario, totalmente antiliberal. Se trataba del espíritu del momento, pero también de la voluntad del presidente de la Comisión de Constitución, Francisco J. Múgica, que es el gran ideólogo del régimen de la Revolución. No sólo controló el Congreso Constituyente, sino que su más importante discípulo, Lázaro Cárdenas, fue quien finalmente transformó al régimen político en lo que la Constitución apuntaba.

Esa Constitución de 1917 fungió más como una brújula ideológica que como basamento legal. Como sabemos, en ella se daban pocas atribuciones al presidente, que en realidad gobernaba sin hacerle mucho caso. Finalmente, el presidente era la piedra angular del sistema corporativo, en donde toda la fuerza política convergía, y de donde regresaba para ordenar la vida pública entera. Elegía a los gobernadores, ministros, senadores y buena parte de los diputados y presidentes municipales relevantes; aplicaba o no la ley conforme fuera necesario; decidía por encima de ella qué era propiedad de quién y qué no; era un monarca absoluto, sólo limitado temporalmente (a un sexenio) y en la definición de su heredero, que si bien podía elegir arbitrariamente, no podía ser demasiado cercano.

En materia económica, la Constitución daba al Estado el control de prácticamente todo, y lo que no, lo otorgaba la estructura corporativa.

No había derechos de propiedad, si el presidente así lo quería. Invertir en México sólo era posible en colusión con el presidente y con los políticos que él determinaba. Los sectores más importantes: energía, comunicaciones, infraestructura, metálica, fueron del Estado buena parte del siglo XX. E incluso el comercio (Conasupo), el entretenimiento (cine), el turismo. Y claro, educación y salud.

Después de los 30 años perdidos entre 1910 y 1940, había margen para crecer, y más con el esquema financiero internacional de posguerra. Pero era un crecimiento producto de la destrucción: de capital, de recursos ambientales, e incluso de recursos humanos. Para 1965, habíamos agotado todo, y las presiones eran muy serias. A partir de 1971, el entorno internacional permitió un endeudamiento en serio, y en diez años el régimen puso al país al borde de la insolvencia.

A partir de 1986, empieza la transformación: detener la inflación, abrir las fronteras, quitar regulaciones, adelgazar al Estado. La primera ronda de reformas, que intentó hacer Salinas sin demoler al régimen, terminó en el muy violento 1994, la crisis de 1995, y finalmente la democracia a partir de 1997. Después de 15 años de indefinición, producto de esa dispersión del poder, ha sido la LXII Legislatura la que terminó el trabajo de la reforma. Se ha borrado prácticamente cualquier vestigio de la Revolución en la Constitución.

Pero, ya lo habíamos platicado, en el imaginario nacional no desa-parece el régimen de la Revolución. Millones siguen creyendo en el monarca que todo lo resuelve, en la economía de cuates, cerrada e ineficiente, en las estructuras corporativas. Y es esa disonancia entre lo que imaginan y lo que existe lo que produce la angustia que hoy campea.

La LXII Legislatura le abrió a México el camino al futuro. Merece reconocimiento.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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