Opinión

Hillary no entiende que no entiende

 
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Hillary Clinton

Hace un año, Hillary Clinton creía tener en la bolsa la candidatura de su partido. Tanto así que ni el vicepresidente Biden se atrevió a entrar en la contienda. Suponía que también la Casa Blanca estaría a su alcance, si su contrincante era Jeb Bush o alguno de los novatos senadores del Tea Party.

Era ampliamente conocida y la seguía una clientela fiel y entusiasta. Contaba con el apoyo de Obama, de los jerarcas del partido y de parte importante de la prensa de opinión. Había conseguido fuertes donativos para su campaña y tenía contratados a los mejores consultores políticos.

Todo parecía favorecerla.

Decidió que su campaña girara en torno a su experiencia pública y a las propuestas sociales que venía promoviendo desde el Senado. A tiempo, sus asesores le dijeron que eso no era suficiente. En las encuestas se percibía que el enojo de la gente con la situación económica exigía algo menos convencional.

Además le hicieron ver que había acumulado muchos negativos que, de alguna forma, había que neutralizar. Una imagen muy dañina se habían venido asentando en la opinión pública: la de que ella y Bill navegaban con banderas progresistas pero eran unos convenencieros. Muchas de las promesas de campaña de ambos se habían incumplido para beneficio de grupos poderosos, que habían sabido pagarles el favor.

Además, ambos habían mentido descaradamente cuando se metieron en problemas.

Surge Bernie Sanders y su primera reacción fue ignorarlo. Él exigía una reforma del sistema de financiamiento de campañas, para evitar que el país se convierta en una plutocracia, y ella continuaba apareciendo junto a los potentados de Wall Street. Él denunciaba que el sistema económico está distorsionado y tiene a miles sin empleo y endeudados, y ella seguía diciendo que la solución era hacer mejores escuelas. Él convencía a los jóvenes de lanzarse a una revolución y ella ofrecía becas.

La selección de su compañero de fórmula era la oportunidad de atraer a los seguidores de Sanders. James Carville y otros asesores trataron de convencerla de que incorporara a la senadora Elizabeth Warren, de las mismas ideas que aquél. Ella se inclinó por el senador Tim Kaine, un personaje aburrido que también da bandazos de izquierda a centro, según se presenten los vientos políticos.

Al final, a pesar de que forzada y de manera poco creíble adoptó la retórica anticapitalista de Bernie, él consiguió trece millones de votos y ganó las primarias en 23 estados. Nunca abandonó la carrera y hasta formó su propio movimiento (Our revolution), que en esta campaña está apoyando a unos cien candidatos progresistas (desde juntas escolares hasta el Congreso).

En la Convención, Hillary no pudo evitar que se votara estado por estado, lo que dejó ver que cuatro de cada diez delegados preferían a Sanders. Éste esperó hasta el final de la votación para pedir el apoyo de sus seguidores para ella. Muchos la abuchearon y salieron molestos del recinto. Seguramente se quedarán en casa el ocho de noviembre.

Subestimó también a Trump, y éste la tuvo muy fácil: la etiquetó como Croocked Hillary y se dedicó a difundir sus errores y enredos. Su campaña se ha centrado en culpar del desempleo y los bajos salarios a la migración ilegal y a los tratados comerciales. Es un mensaje simple que ha logrado penetrar en la clase trabajadora. Tanto que la obligó a oponerse al TPP y a aceptar revisar el TLCAN.

Hacía adelante, la estrategia será subrayar la falta de preparación, el extremismo ideológico y la peligrosa agresividad de Trump. Ella se presentará como la candidata de las minorías: de los negros, de los latinos, de los gays, de los ecologistas, de los partidarios del control de armas y, sobre todo, de las mujeres.

Toda la reunión de Filadelfia se planeó para resaltar que ella puede ser “la primera presidenta de Estados Unidos”.

Con todo lo simbólico que eso es, sus asesores están muy escépticos de que vaya a funcionar. Ellos creen que esta no es una elección de izquierda contra derecha, sino de la gente afectada en su economía (que sigue a Bernie y a Donald) contra el establishment que la ha perjudicado (y que ella representa).

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