Opinión

"High-rise", ¡ahí viene la revolución!

 
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High-rise.

El solitario doctor Robert Laing (Tom Hiddleston) acaba de mudarse a un nuevo edificio, un rascacielos que parece diseñado por Louis Kahn con un toque de grisura comunista. Laing vive en un departamento en los últimos pisos de la torre, lejos de la chusma que habita las plantas bajas y más o menos cerca de la élite de los penthouses. La mudanza pinta bien. En cuestión de un flirteo ya tiene un affaire con Charlotte (Sienna Miller), su vecina, y hasta Anthony Royal (Jeremy Irons), el arquitecto, lo invita a una partida de squash. Pero el edificio empieza a fallar, dejando periódicamente sin luz a los habitantes de abajo, quienes resienten los privilegios de los que goza el Olimpo. Laing, un arribista atorado a la mitad de la disputa, será testigo y partícipe desde ambos flancos: el de los plebeyos, liderado por Richard Wilder (Luke Evans), y el de los millonarios, con Royal y Pangbourne (James Purefoy) a la cabeza.

El director Ben Wheatley evidentemente quiere decirnos algo de la rígida estructura de clases que aún corroe a la sociedad británica, así como abordar las tensiones que provoca un sistema inequitativo. High-Rise está retacada de simbolismos sobre el tema. Laing se infiltra a una fiesta donde los ricos están vestidos como la aristocracia francesa en tiempos de María Antonieta, ignorando a los Robespierre que viven abajo. Si el eco a la Revolución francesa no había quedado claro, minutos después Laing comparte un pastel con el hijo de Helen Wilder (Elisabeth Moss), en el epicentro de la insurrección que viene. Y si todavía dudábamos de que Wheatley quiere tender un paralelo entre Gran Bretaña en la era de Thatcher (cuando ocurre High-Rise) y Francia en 1789, hacia el desenlace de la película, sin raciones de comida, una socialité sugiere que coman pastel. A esas alturas dan ganas de sentarse junto a Wheatley y ponerle una mano sobre el hombro. Ya entendimos, Ben. Ahí viene la revolución.

Basada en la novela homónima de J.G. Ballard, High-Rise es un bicho raro: al mismo tiempo obvia en sus intenciones y opaca en su desarrollo. Wheatley, un director que había comprobado su capacidad para el shock elegante con la magnífica Kill List, acá entrega una película fascinada con su propio caos, con un rumbo tan vago que necesita de símbolos redundantes como los de la aristocracia y la plebe francesas para indicar a dónde va. El desenlace recalca este brete.

High-rise
Año: 2016
Director: Ben Wheatley
País: Reino Unido
Productor: Jeremy Thomas
Duración: 119 mins.
Cines: Cinépolis

Quizás intuyendo que no había dicho gran cosa sobre el choque entre clases sociales, la desidia de los acaudalados y la ira sin brújula de las clases bajas, Wheatley acaba con un discurso de Thatcher sobre el libre mercado y una burbuja reventando. ¿Entienden? ¡Una burbuja financiera!

Es una pena que Wheatley no embride su ánimo pedagógico ni su afición por el montaje y la violencia ruidosa. High-Rise está llena de imágenes bellas, de pasajes estremecedores y su atmósfera es auténticamente claustrofóbica y decadente. Aunque repetitivo, es imposible no admirar el vigor de su caos: una pintura de Bosch en cine. Wheatley desplaza a sus personajes de la soledad más absoluta a espacios repletos de humo, música, luces y cuerpos, dando con una idea más poderosa que sus simbolismos burdos: la gente que va y viene de la soledad de su departamento a fiestas en las que está rodeada de otros, pero más sola que si no estuviera acompañada.

Del reparto de primer nivel sobresale Evans. Tieso en The Hobbit, aquí se revela como un actor de rabia combustible, el tipo de cuate al que no te le acercas en la fiesta por miedo a que te reviente una botella en la nuca. Su Richard Wilder es una presencia tan magnética que el sosegado Laing sale perdiendo: Hiddleston es mucho más entretenido cuando le dan rienda suelta, como ha hecho Marvel.

High-Rise imagina un futuro donde el conflicto entre clases es ineludible. Orgías, bacanales y asesinatos tanto de ricos como de pobres. En el fondo, Wheatley es un optimista. La revolución será aburridísima. Si acaso la veremos a través de nuestro iPhone. La plebe ocupará banquetas y calles con pancartas y tiendas de campaña. Los del Olimpo seguirán cobrando su bono. Ben, para lecciones de historia, ahí te encargo el 2008.

Twitter:@dkrauze156

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