Opinión

Henry Kissinger,
su visión sobre México

Henry Kissinger*

​Yo he tenido una relación muy personal con México porque celebré mi luna de miel en México.

Y cuando uno ha trabajado como secretario de Estado de los Estados Unidos uno sabe que ningún país tiene un rol más permanente en la política exterior de los Estados Unidos que México.

Y particularmente en este momento, cuando lo que llamamos orden mundial es agredido desde tantas direcciones. Hay conflictos dentro de los Estados, hay conflictos entre Estados. Hay ataques en las fronteras que han sido establecidas y es difícil, a veces, encontrar una definición común de lo que estamos hablando.

Tenemos el problema de que el sistema económico global es mundial y que el mundo permanece enfocado en el Estado-Nación. Cómo reconciliar todas estas tendencias, si es del todo posible, es el gran reto de nuestro tiempo.

Ahora, en Norteamérica, hay una excepción a estas tendencias generales.

En Norteamérica, dentro del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y, por separado, en las relaciones entre los Estados Unidos y México, no hay conflictos sobre los principios políticos en los que ambos creemos.

Estamos profundamente comprometidos con la democracia liberal, con la economía orientada al mercado, al libre comercio y con el Estado de derecho. Tenemos un entendimiento más o menos común de lo que queremos lograr para nuestros pueblos, y de las mejores maneras de crear la riqueza y bienestar para nuestros ciudadanos.

Claro que hay temas en los que diferimos, pero sabemos cómo lidiar con ellos. Y sabemos que deben resolverse por medio del diálogo y la búsqueda de soluciones comunes.

Este impulso regional es de gran importancia en nuestro mundo hoy en día. Y yo creo que necesitamos renovar nuestro compromiso con Norteamérica, como un concepto y como una realidad.

Deberíamos continuar reduciendo barreras comerciales, buscar oportunidades para crear una infraestructura a escala de Norteamérica, hacer nuestras fronteras más abiertas y aumentar nuestra seguridad común, a través de una mayor colaboración.

De hecho, creo que debemos empezar a considerar cómo, en algunas de las negociaciones multilaterales, podríamos abordar desde una perspectiva norteamericana y no sólo desde una perspectiva nacional.
He tenido el privilegio de conocer a un presidente mexicano y de ver la evolución de México hacia una democracia dinámica, vibrante y moderna. Ahora aparece entre las doce economías más grandes del mundo, y es casi seguro que continuará ascendiendo en esas clasificaciones en los años por venir.

Esta evolución ha sido crítica para la salud y seguridad, no sólo de México, sino también de los Estados Unidos.

Tener países fuertes y en crecimiento tanto en nuestras fronteras sur y norte, crea una oportunidad en el mundo que en otras partes muchas veces está dividida, para lograr una visión y propósitos de largo alcance.

Y como señalé, creo yo que nuestro enfoque frente las negociaciones comerciales, como las que hay entre Europa y los Estados Unidos, o entre los Estados Unidos y Asia, debe ser abordado desde una perspectiva norteamericana y no sólo nacional.

Esto nos trae de nuevo al presidente Peña. Aunque ha estado en Los Pinos menos de dos años, su visión y habilidad política han abierto un nuevo y aún mejor futuro para México.

El presidente asumió el poder con la convicción de que su país estaba en peligro de agotar los recursos energéticos, la energía que había sido liberada por las reformas económicas de los noventa y por la extraordinaria apertura política que coincidió con el milenio.

Él reconoció que la economía y la política necesitaban más competencia; que el papel del gobierno tenía que cambiar del control a la regulación, y más valientemente, que México necesitaba encontrar un nuevo camino para desarrollar sus vastas reservas de petróleo y gas, a casi ochenta años de que fueran nacionalizadas.

México pudo haber continuado por el camino de décadas anteriores; le podría haber ido bien con cambios marginales. En lugar de ello, el presidente Peña Nieto eligió el camino más difícil. Creo que su enfoque se aplica también a nuestros propios retos nacionales, así como a nuestros retos globales comunes.

Sólo transformando la manera en que pensamos fundamentalmente en los problemas para ir hacia adelante y producir una nueva percepción del orden internacional, podemos superar las crisis del periodo.

La tarea final de un líder es llevar a su sociedad de donde está a donde nunca ha estado. Eso requiere coraje para escoger lo que parece en un principio un camino solitario, y carácter para dominar la persistencia con la cual perseguirlo.

* Extracto del discurso de presentación del Dr. Henry Kissinger al presidente Enrique Peña con motivo de la entrega del premio Estadista del Año de la Appeal of Conscience Foundation el pasado martes 23 de septiembre.