Opinión

'Heart of a Dog', el corazón de los recuerdos

 
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Heart of a Dog. (www.revistafilm.com)

Heart of a Dog, de Laurie Anderson, es una película con pinta de instalación de arte. Su textura, su narrativa y la voz en off de la propia directora me remitieron a esas salitas de museo en las que se proyecta la misma cinta una y otra vez.

¿Quién no ha intentado ponerles atención sólo para salir un minuto después sin haber entendido una palabra? Parte de la confusión se debe a que nunca parecemos entrar en el momento correcto. Por eso esas instalaciones resultan experiencias audiovisuales sui géneris. Ya que dejó de existir el concepto de cine permanencia voluntaria, no me viene a la mente otra proyección ininterrumpida de esta índole, en la que el espectador puede ver un cacho de la película: el arranque, o bien el final, y después el principio. Como los tiempos de las 'funciones' rara vez están anotados, asumimos que da igual si la vemos completa o sólo vemos un fragmento.

Debido a su forma episódica y sus saltos temáticos –la muerte del perro de Anderson, los recuerdos más amargos de su niñez y Nueva York después del 9/11– es fácil pensar que Heart of a Dog se asemeja a estas instalaciones. Quizás sería mejor ver partes en casa o esperar a que Anderson la proyecte en un museo, donde podamos ir y venir a placer. Ciertamente hay pasajes que funcionan sin contexto alguno, como cuando Anderson nos narra un accidente de su niñez y su posterior estancia en un ala sórdida de un hospital infantil. Sin embargo, para un espectador paciente, Heart of a Dog se revelará como una película redonda cuya estructura, en apariencia azarosa, es en realidad deliberada. Anderson sitúa al espectador en una caja de resonancia en la que cada segmento deja un eco. Sólo al final apreciamos la sinfonía completa.

El eco es la herramienta principal de Heart of a Dog, compuesta de instantes pasados que la directora va hilando con sutileza. Mientras recuerda a su mascota, Anderson habla de un cuadro de Goya –una lámina dorada cuya única figura es un perro– y nosotros lo vemos en pantalla; más adelante, ese lienzo áureo aparecerá como fondo de otro recuerdo. Si bien a primera vista los dos momentos parecen no estar relacionados, Anderson los vincula al repetir la imagen. De esa manera, Heart of a Dog aborda la naturaleza de la memoria y obliga a ejercitar el músculo de la nostalgia. Anderson recuerda su vida y nosotros recordamos la nuestra, a través de ella y de las rimas que filtra mediante imágenes y sonidos.

Pasando del video casero al montaje de palabras, de fotografías a tomas largas de árboles bajo cielos encapotados, la estructura es tan poco convencional que Heart of a Dog brilla cuando Anderson ensambla su monólogo alrededor de anécdotas con un inicio y un desenlace claros. Sus fugas filosóficas y poéticas me resultaron menos afortunadas. Al narrar sus historias más íntimas las observaciones de Anderson alcanzan vuelo literario, pero saliendo de ese carril su narración peca de la cursilería y la solemnidad que podríamos esperar de una artista que bautizó a su perro con el nombre de Lolabelle sin un ápice de ironía. No ayuda que Anderson tiene el tono dulce, pero impostado y monótono de una sobrecargo. Su voz resulta fascinante cuando nos platica pesadillas perversas –y la disonancia entre el timbre y la historia engancha, pues– pero aburre cuando se ciñe a pasajes líricos en los que simplemente suena empalagosa.

Quienes esperen una historia conmovedora sobre una persona y su mascota no deben dejarse engañar por el título. Para conocer el corazón de un perro sugiero My Dog Tulip, basada en el libro homónimo de J. R. Ackerley. Esa sí concatena el amor perruno con el recuerdo, empleando una voz en off excelente de principio a fin.

Twitter: @dkrauze156

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