Opinión

¡Hasta el pescuezo!

 
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Polémico.  Javier Duarte, gobernador de Veracruz, en la presentación del Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes, el 18 de agosto. (Eladio Ortiz)

Nadie que peine canas podrá recordar que el PRI le hubiera suspendido sus derechos políticos a un gobernador en funciones. Hasta el lunes pasado, el señor Javier Duarte y seis de sus empleados sufrieron la sanción más severa que haya impuesto la Comisión Nacional (antes de honor y) de Justicia.

El argumento se sustenta sobre la lesión que su conducta ha ocasionado a la impoluta imagen de ese partido. Lesiones que también ocasionaron los señores Yarrington y Hernández de Tamaulipas; Moreira de Coahuila, Borge de Quintana Roo, Duarte de Chihuahua, Herrera de Veracruz y varios más que afortunadamente han desaparecido de la memoria, personal y colectiva. Ellos no fueron acreedores a ninguna sanción, vamos, ni siquiera una pequeña reprimenda. ¿Por qué si al actual mandatario de Veracruz? Sencillamente porque sus excesos fueron espectaculares al igual que su ineficiencia en sus acciones de gobierno, pero sobre todo, porque esto es conveniente para tratar de limpiar la fachada de un partido que en breve enfrentará una decisiva contienda electoral en el Estado de México y más tarde la más importante, la presidencial. No es lo ideal llegar a esas fechas con el rostro sucio y desencajado.

Nadie podrá negar que son muchos los haberes de la actual administración como son los índices tan bajos de la inflación, la reforma en telecomunicaciones que ha logrado romper monopolios y bajar los precios en telefonía, el aumento de la inversión privada nacional y extranjera directa, un número importante de gente que entra a la formalidad, el notable incremento en la manufactura y venta de automóviles así como la exportación de legumbres y semillas. Pero, un colosal pero, que se yergue como montaña y que nos tiene como sociedad acogotada hasta el pescuezo es la evidencia de un fenómeno que dobla nuestros ánimos: la corrupción hermanada a la impunidad. Es muy cierto, en diferentes latitudes la corrupción no escasea pero entre nosotros es notabilísima. Todos los días se publican y documentan diferentes casos de toda índole y no hay consecuencias.

No es gratuito que los delitos, salvo los que son obligados por caso de muerte o necesidad del pago por seguros, los demás no son denunciados. El 98 por ciento de los agravios nunca llegan ante un juez dado que no se cree sean investigados y sancionados. La impunidad es el paraguas protector de quien comete ilícitos, de ahí la proliferación de la corrupción. Véase el más reciente de los recuentos: si bien ha bajado el porcentaje de secuestros de 102 mil 883 en 2014 a 64 mil 459 en 2015, en uno de cada tres hogares hubo en 2015 al menos una víctima de cualquier tipo de delito: La percepción de seguridad y descenso de corrupción no mejora. Al contrario, esto ha aumentado. Invariablemente las conversaciones y los medios dan cuenta de secuestros, fraudes, extorsiones en todos los niveles y en todas las áreas, incluyendo iglesias, colegios, asociaciones civiles, organizaciones altruistas.

Nadie escapa a la sospecha, especialmente la clase política y la dirigencia tanto partidista como empresarial. Y todos, hasta los más pequeños, somos susceptibles de ser exhibidos como malhechores por una parte de medios difusores irresponsables y de quienes en las redes sociales se cobijan en anonimatos, nombres ficticios o reales sin probar nada y sólo basarse en dichos, habladurías e infamias. En este contexto la corrupción real se une a la fantasía colectiva de ubicarnos en el reino de la degradación ética hasta llegar a verla como nuestra segunda naturaleza.

Nadie piensa que el mal tiene remedio ya que esto pareciera ser ancestral y las actuales medidas anticorrupción se ven pálidas y sin fuerza. No se vive un clima en el que la convicción sea la idea fuerza para combatirla, por ello y hasta ahora, todo indica la corrupción nos tiene atrapados… hasta el pescuezo.


Twitter:@RaulCremoux

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