Opinión

Háganle caso a su superior

Una foto abierta, de las llamadas ojo de pescado, los muestra a todos con sus hábitos rojos, de la cabeza a los pies, rodean con orden casi militar a Jorge Mario Bergolio allá en algún lugar del Vaticano. Lo miran con reverencia y parecieran poner atención a sus palabras. ¿Es mera impresión o realidad?

Las crónicas hablan de casi 80 sacerdotes de alta, muy alta jerarquía, ya que entre ellos se encontraban dos del más alto rango, uno fue Francisco Robles Ortega, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, el otro nada menos que el muy conocido don Norberto Rivera Carrera.

¿Cómo se trasladaron a Roma? Ya que no contamos con el servicio de vuelos directos como los que proporciona Alitalia, seguramente tomaron un Air France o un Aeroméxico con destino a París y de ahí el traslado final. Nadie puede pensar que pagaron boletos en clase económica; bien sabemos que son asientos estrechos, pegados unos a otros, francamente incómodos y el servicio de comida es confesadamente malo. Los obispos, arzobispos y cardenales, dueños de físicos robustos, ¿podrían acomodarse en lugares donde sólo tienen cabida las mayorías; lo aceptarían?

Las clases business y primera tienen muy pocas plazas. ¿Se fueron en montoncitos pequeños o tomaron al unísono un solo aeroplano?

Cómo me hubiera gustado verlos en el avión y buscar un rinconcito entre las maletas de mano, los suéteres y chamarras, los cojincitos… ¡son diez horas de trayecto más el traslado a Italia!

Ya en tierras romanas las cosas seguramente cambiaron. Sabemos de la amplitud y las comodidades dispensadas a los altos dignatarios eclesiásticos. Ya repuestos, dispusieron sus humanidades para escuchar al Papa. El primero en tomar la palabra fue don Francisco Robles Ortega, de Guadalajara. Externó las calamidades que vive nuestra nación: iniquidad, violencia, pobreza, drogas, dolor, injusticia, falta de oportunidades. No se guardó nada.

Algunas tomas en la televisión los muestran cabizbajos, entre avergonzados y arrepentidos de ver tantos males. Han visto muy de cerca la corrupción y la impunidad. Todos ellos fueron a informar de la situación de sus diferentes diócesis en la sala Clementina del Palacio Apostólico en ocasión de su visita Ad Limina. Podemos imaginar el recuento.

El Papa Francisco tomó la palabra y, por supuesto, habló de los graves problemas que vive nuestra nación; recorrió el penoso tránsito que hacen los migrantes rumbo a Estados Unidos, dio cuenta de asesinatos, secuestros, violaciones, ilegalidades que sufren los menesterosos: “¿Qué quieren que haga? Si cultivo maíz vivo un mes, si cultivo opio ¡vivo todo el año!, por eso les pido negociar con Dios por el pueblo, lo cual se hace rezando y siempre al lado de la gente”.

Bergolio respiró profundamente y con firmeza les hizo un exhorto: Les pido despojarse de los oropeles de la mundanidad, del dinero y del poder.

¿Les sabrá algo a los obispos y arzobispos mexicanos; pensará que tienen un singular apego al lujo, quizás a los placeres y al amasamiento de fortuna o al brillo de objetos y comodidades relucientes?¿Estarán cercanos a la ostentación y se mostrarán arrogantes con los desposeídos, les gusta el poder?

Eso no sería admisible en un país de tantas carencias. No, seguramente les dijo eso como parte de un formato y de un lenguaje que va de acuerdo con las vocaciones y las consecuentes tareas de quienes se han impuesto servir con humildad y austeridad a la sociedad en nombre del creador.

Quizás al Papa Francisco le motivó decir eso cuando escuchó que el arzobispo de Guadalajara hablaba de “la ausencia de la cultura de la legalidad, del compromiso social, de la corresponsabilidad ciudadana, de la pérdida de la conciencia en la moralidad de los actos y las omisiones”. Por ello, el superior de los sacerdotes mexicanos los animó a intensificar la pastoral de la familia que frente a la cultura deshumanizadora de la muerte, sólo queda la cultura del respeto a la vida en todas sus fases, desde su concepción hasta su ocaso natural.

Los casi 80 salieron del recinto formando pequeños grupos; algunas fotos los muestran sonrientes, y ciertos videos en Internet dan cuenta del momento en que muestran una inocultable satisfacción.

Seguramente porque en la mente de cada uno estará la convicción de hacer caso a las recomendaciones de su superior.