Opinión

Hágalo entonces por el golf, presidente

   
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La gente en México no sabe de golf.

Eso puede ser porque en México el golf no es un deporte popular. Y no lo es a pesar de que Lorena Ochoa fue la mejor golfista del mundo durante tres años (entre 2007 y 2010).

Bueno, decir que la gente no sabe de golf es decir mucho. Porque hay gente que sabe de golf.

Esos saben, entre muchas otras cosas, que en nuestro país hay campos de ensueño: en Acapulco –Tres Vidas–, en Mérida –El Jaguar–, en la Riviera Maya –El Camaleón del Mayakobá–, entre muchos más.

Esos también saben que es endemoniadamente difícil dominarlo, pero que en aquellos que le agarran el gusto genera una singular adicción, una obsesión casi infantil.

No habrá entonces fin de semana o vacación dignos de ese nombre si tales fechas no incluyen una ronda, o dos, o más, de golf.

Pero esos no deben ser muchos. Están los 27 mil jugadores que tienen su handicap registrado; y si por cada uno de ellos –calculemos– otros 20 juegan sin documentar su score, entonces el total de aficionados rondaría el medio millón, número que tiene sentido si consideramos que en México hay apenas dos centenares de campos.

Sin embargo, ningún mexicano promedio necesita saber de golf para tener conciencia de que es un deporte cuya práctica en nuestro país resulta cara.

Cualquiera puede intuir que no será barato si requiere de calzado especial, ropa reglamentaria y de, por supuesto, una atiborrada bolsa de palos.

Y faltan las clases. Y, claro está, las decenas y decenas de bolas que uno ha de perder antes de medio atinarle al fairway.

¿Qué más? El pequeño detalle del campo. En México hay campos de golf de muchos tipos, pero sobre todo de dos: a los que vas a poder ir porque si tienes con qué, podrás pagar el green fee, dado que son abiertos al público, y a los que no vas a poder ir porque son exclusivamente para socios.

De los segundos ni hablar, baste decir que cuenta la leyenda que en Monterrey hay empresarios que ruegan que les dejen pagar cientos de miles de dólares por una membresía y ni así los dejan ingresar a un exclusivo, nunca mejor dicho, club.

De los primeros: si encuentras uno de 560 pesos el green fee –que los hay– tendrá necesariamente una característica doble: lejano y de regular mantenimiento.

Finalmente, deberás contratar caddie, no necesariamente el gasto más oneroso: por unos cientos de pesos un mexicano te dará tips, corregirá errores, buscará en la maleza tus pelotas y soportará tus chistes durante cinco o más horas, todo con tu bolsa de diez kilos al hombro.

Por tanto, resulta inevitable que en nuestro país el golf sea visto como elitista.

Entonces, si te gusta el golf pero eres el presidente de la República, no vayas a jugar golf, ese deporte caro, justo cuando la gente está que trina por el megagasolinazo. Y si nadie en Los Pinos te puede/quiere disuadir de que no está el horno como para que juegues golf en Mazatlán, si nadie te convence de que eso desgastará la investidura presidencial, si no lo haces por esa investidura, entonces hazlo al menos por el golf, que no tiene la culpa de que seas insensible a algo elemental, a algo que sabe cualquiera, incluso los que no saben de golf: hay tiempos para todo, y el mostrarte elitista en el umbral de una carestía y de tiempos inciertos no es buena señal sobre la capacidad para gobernar.

Twitter: @salcamarena

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