Opinión

¡Haga patria, no tenga hijos!

Hacia las medianías del pasado Siglo XX, Antonio Ortiz Mena se encargaba de la elaboración del Programa de Política Económica Nacional para el periodo 1958-1964, que sería la pauta que seguiría el gobierno de Adolfo López Mateos para el desarrollo del país. Según el censo de 1960, para aquella época la población total de México era de 34 millones 923 mil 129 habitantes, de los cuales casi 18 millones vivían en zonas urbanas y un poco más de 17 millones en zonas rurales. Ocho millones y medio de habitantes eran mujeres.

Según lo relata el propio Don Antonio en su libro “El desarrollo estabilizador: reflexiones sobre una época” (CM-FCE 1998), “El nivel de vida de la mayor parte de la población seguía siendo sumamente bajo, especialmente en el sector rural, y el inequitativo reparto de la riqueza y el ingreso nacionales no sólo entrañaba un grave problema social y político, sino que en sí mismo constituía un fuerte obstáculo para el desarrollo económico. Junto con el esfuerzo para aumentar la producción, se debían aplicar políticas específicas para elevar el nivel de vida del pueblo”.

Por aquella época, se escuchaba en la radio la peculiar voz de un locutor que anunciaba colchones diciendo ¡haga patria, tenga un hijo! Para 1970 la población se había incrementado a más de 48 millones de habitantes, el Baby Boom mexicano. El censo de 2010 arroja un total de más de 112 millones de habitantes, es decir que de 1960 a la fecha la población casi se ha cuadruplicado y las condiciones expuestas por el entonces Director General del Seguro Social en su diagnóstico, parecen no haber variado mucho en medio siglo.

Como es bien conocido, la política poblacional ha ido variando desde entonces, tanto por consideraciones demográficas, financieras, de salud, de seguridad social o por meras ocurrencias o coyunturas políticas que se suceden según el criterio de cada administración más que con base a objetivos trascendentes y de largo plazo. Hoy la idea parece orientarse, según la cuestionada declaración de nuestra Secretaria de Desarrollo Social, a limitar la asistencia económica a mujeres con más de dos hijos, suponiendo que las mujeres se embarazan para recibir más recursos, si así fuera, habría que pensar que, en todo caso, esto sería un efecto de la propia política asistencial.

Después de 50 años la concentración e inequidad en la distribución de la riqueza y el ingreso nacionales es patente y ascendente. La implementación de programas sociales, con el nombre que se les asigne, sigue siendo paliativo, que si bien contiene un alto valor electoral en periodos determinados, la mayoría de las veces poco contribuye al desarrollo sostenido, particularmente de las comunidades y de las personas más vulnerables.

Bien entendido, el activo más valioso que tiene un estado es su población, es el recurso estratégico más importante, del que depende la potencia real de una nación y de un estado, mas no por su magnitud, sino por sus capacidades. Una Nación de pobres producirá invariablemente un Estado pobre. Una Nación sin educación, sin los satisfactores básicos, sin los recursos elementales de subsistencia que le den la plataforma para su propio desarrollo seguirá siendo una nación pobre, sumida en un círculo vicioso y sometida al asistencialismo estatal, pero sin una solidez estructural que le oriente al progreso.

El tema no es de cantidad, es de calidad y la responsabilidad del desarrollo, por donde se le vea, es del Estado.

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