Opinión

'Hacksaw Ridge' y las contradicciones de
Mel Gibson 

 
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Hacksaw Ridge

La ideología de Mel Gibson siempre ha estado en la superficie de su obra, clara a más no poder. Gibson –detrás de cámara o lejos del set– no es un católico normal: es un fanático. Por eso los villanos caricaturescos de Braveheart son protestantes y por eso al final de Apocalypto (su mejor película) se asoman los barcos de los conquistadores entre la bruma, listos para evangelizar y detener la barbarie. De The Passion of the Christ ni hablamos, porque sus intenciones proselitistas son más que evidentes. Hacksaw Ridge, la historia de Desmond Doss, quien participó en la guerra del Pacífico sin tocar un rifle, está más cerca de esta última que de sus primeros esfuerzos. Es La Pasión de Desmond.

Interpretado por Andrew Garfield, Doss es un santo sin matices, firme en sus convicciones pacifistas y encomendado a Dios, que no tiene empacho en arriesgar el pellejo mil veces con tal de salvar a uno más (sólo uno más) de sus compatriotas e incluso de sus enemigos. En esta canonización alcanzada por tolerar la violencia, Doss nos remite a William Wallace –estoico sobre el cadalso– y, por supuesto, al propio Jesucristo, pregonando amor desde la cruz.

El mensaje de Gibson parece ir a contracorriente de su ánimo como director, fascinado con lo que un hacha, un látigo o una bala pueden causarle al cuerpo humano. Gibson no me parece una paloma ni una oveja, sino un lobo con una rama de olivo entre las fauces, ofreciendo la paz mientras nos invita a asombrarnos de la brutalidad que deja a su paso.

De que logra asombrarnos no cabe duda. Los años quizás hayan atizado sus pasiones más oscuras, pero su estilo también se ha sofisticado, convirtiéndolo en un director seguro de su tono, fluido en la acción, capaz de conjurar pasajes majestuosos. La cresta a que alude el título aparece desde el inicio, cuando Doss compite con su hermano para llegar a la cima de un monte a las afueras de su pueblo y más adelante guía a su angelical novia al mismo sitio para besarla. La batalla principal, cuya duración ocupa gran parte de la película, pervierte esa cima de su niñez y juventud, transformando la cresta de un monte en Okinawa (apodado Hacksaw Ridge) en el escenario para secuencias de guerra como ningunas otras que he visto. Gibson filma con furia, usando todas las herramientas disponibles. Visualmente, la pugna es un prodigio de imágenes dantescas; cuerpos desmembrados, cielos grises, ratas, lodo, fuego y gases ponzoñosos. Su diseño de audio es aún más logrado. Las balas cortan el aire, las explosiones nos desorientan, las botas de los soldados pisan charcos de sangre y mierda. Hacksaw Ridge agota, incomoda, casi arde. Lo digo como un elogio. ¿Quién quiere un casco de realidad virtual cuando existe el cine de Mel Gibson?

Al final, cada espectador decidirá si importa o no que este despliegue de genialidad esté al servicio de una obra repleta de postales burdas de bautismos, asunciones y sacrificios cuasi religiosos. La decisión dependerá, me imagino, de nuestra propia fe. Si bien no comulgo con su punto de vista, a mí Gibson me avasalla, aunque no me convenza. No creo en su piedad, ni en su mensaje. Su talento, no obstante, es una catedral.

Twitter: @dkrauze156

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