Opinión

Hacienda y las expectativas

Era la noche del jueves pasado y fueron enviados a la Secretaría de Hacienda y al Banco de México –como usualmente ocurre– los datos que se dan a conocer públicamente por parte del INEGI la mañana siguiente, relativos al crecimiento del PIB.

En la reunión que sostuvieron esa noche Luis Videgaray y su equipo se discutió a qué nivel bajar la expectativa de crecimiento de 2014.

El dato que iban a emitir era más que el producto de un modelo matemático. Se trataba de una cifra que impactaría a la economía en múltiples sentidos.

Una opción era bajar al 3.0 por ciento, que era el consenso del mercado antes de conocer la información del INEGI.

Sin embargo, cuando se ajustaron los modelos de Hacienda para anticipar el PIB del año con el nuevo dato, el resultado estaba sobre 2.7 por ciento.

Era una baja sin precedentes y se sabía que iba a provocar múltiples críticas.

Sin embargo, no hacer el ajuste a ese nivel, daría un golpe mortal a la credibilidad.

La conclusión de Videgaray y allegados fue que “ni modo, a asumir las críticas y ajustarse a la nueva realidad”.

Sin embargo, el temor que existía era que esa revisión causara una oleada de pesimismo. El reto era que se tenía que generar ánimo positivo, pese a todo.

¿Qué podía hacerse?

Lo primero es lo que ya se hizo. Aceptar la realidad. Hacienda lo hizo en los tiempos que había anunciado, como le comentamos aquí hace muchas semanas.

Y también lo hizo sin regatear el tamaño del ajuste. Hasta aquí bien.

Lo segundo era plantear argumentos aceptables. Hace muy bien el secretario Videgaray en señalar que el verdadero debate del crecimiento no es el del dato del primer trimestre, sino el de las siguientes décadas.

Treinta años más con un 2.4 por ciento promedio causarían un desastre.

Pero, por favor, que no nos insista en que creceremos más que Brasil, Estados Unidos (EU) o Europa.

Que crezcamos más que EU y Europa es natural porque son países desarrollados. Y Brasil hoy está lejos de ser un punto de referencia.

Pero, hay decenas de comparaciones en las que saldríamos perdiendo.

Lo importante –y ayer lo expresó Videgaray– son las reformas que deben aterrizar en las leyes secundarias y que definirán la perspectiva del país a largo plazo.

Malas leyes en energía o en telecomunicaciones serían mucho peores que un menor crecimiento en el trimestre, sin duda.

Verdadera competencia en el sector de las telecomunicaciones, que asegure mejores tarifas y mayor calidad de servicios; cambios en energía que realmente atraigan inversiones locales y foráneas, con una legislación bien hecha, sin chipotes, sin incertidumbres, sin discrecionalidad excesiva, todo ello es más importante que una tasa del PIB tres décimas más alta.

Sé que lo que digo no es popular. Hay impaciencia porque no hay resultados, pues se creó la expectativa de que los habría en el corto plazo.

Hoy hace falta –insisto– otra narrativa que reconozca errores y que le ponga el acento a lo duradero, a lo estructural. Y que lo cuide para que esté bien hecho.

Hay tiempo, poco, pero hay manera de volver a conquistar a la opinión informada.

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