Opinión

Guiraudie y Meerapfel: expeditando

I. LA DESTRUCCIÓN CONSENTIDA. En El extraño del lago (L’inconnu du lac, Francia, 2013), electrizante opus 4 del parahumorístico autor completo regionalista aveyroniano de 49 años Alain Guiraudie (No hay descanso para los valientes 03, El rey del escape 09), el joven ocioso exverdulero gay absoluto Frank (Pierre Deladonchamps) que frecuentaba con su autito una apacible playa lacustre ipso facto nudista con su bosque adjunto, para consumar un día sí y el otro también, o varias veces por jornada, el ansiado ligue homosexual anónimo, inmediato, con rigurosa protección y sin mayores problemas ni apego, rompe de pronto su rutina desde adentro y se involucra temerariamente con dos asiduos del sitio, al entablar una creciente amistad férrea con el enigmático viejo ventrudo recién divorciado otrora homorgiástico siempre aislado sin ligar ni jamás meterse a nadar Henri (Patrick d’Assumçao) y al enamorarse brutalmente del galanazo macho bigotón con vida heterosexual oculta Michel (Christophe Paou) que le resulta un hombre fatal, a quien espiará ahogando cierta noche a un novio demasiado molesto, pero aún así, cual si anticipase y consintiera en su propia destrucción, no lo denunciará al tenaz inspector Demroder (Jérôme Chappette) que merodea interrogadoramente por el lago, ni supenderá la relación amorosa con el homicida, quedando a merced suya, tanto como el omnientendedor amigo fiel y sacrificial Henri.

La destrucción consentida se sumerge de modo gozoso en el ritual sin ritual y en la lírica estimulación visualista de una discreta ribera transformada en mundo aparte, mágico e ideal, donde los cuerpos refulgen sobre el agua antes de hacer su jubilosa ronda bestial entre los matorrales, donde el deseo no encuentra obstáculos para su satisfacción como en un insaciable país de jauja, donde la inquietante desnudez viril fuera de allí interdicta se pavonea en pleno (ímpetu, presencia, fetiche) e impera en forma retadora y quasi alevosa, donde las feraces pasiones eufóricas y los desfiguros onanista-voyeuristas se exhiben con socavadora desinhibición, pero también donde el desencanto se manifiesta, donde la necesidad del apego llega a límites de virulencia e inhumanidad insospechables hasta para el mismo Frank, donde los romances tórridos o sórdidos se exasperan al máximo, donde la voluntad de autoinmolación puede reforzarse y ser llevada al límite, donde todos los santos varones son ese fascinante/amenazador Desconocido del Lago que ostenta el magnífico título original, y donde la violencia se hace necesaria para proteger el exclusivo universo tramposo, liberándose de la inminencia del otro que amaga con revelar la mentira social o el autoengaño. La destrucción consentida se expande en la pérfida fotogenia del Lago como un espacio cósmico, al muy asiático estilo iniciático del tailandés Apichatpong Weerasethakul, en sus dos vertientes opuestas, una diurna solar que en ausencia de cualquier fondo musical es su propio acompañamiento (la de Felizmente tuya 03) y otra nocturna fantasmal resonando en los ruidos del bosque (la de Malestar tropical 04), pero ambas igualmente erotizadas y con ese irónico leit motiv del vehículo oscuro de Frank estacionándose siempre bajo el mismo arbolito en idéntico encuadre abierto, porque aquí el paraíso sensual más codiciable se codea con la miseria sexual más patética. Y la destrucción consentida dictamina que no hay diferencias ante la furia del amor físico, pues nada sustancial distinguirá a los héroes de aquel repelente felador feote entre masoquista y mendicante Éric (Mathieu Vervisch), a fin de cuentas el ubicuo denominador común entre ese desquiciado asesino seductor Michel repartiendo muerte cuchillo en mano mientras promete lo más atrayente (“No me dejes, te necesito, ven, vamos a pasar la noche juntos”), ese infeliz Henri que sólo buscaba su aniquilamiento y ese mercurial Frank al final huyendo y escondiéndose de su desconcierto de espectador de sí mismo.

II. LA AMISTAD DECISIVA. En El amigo alemán (Der deutsche Freund, Alemania-Argentina, 2012), tenuemente exaltado opus 11 de la septuagenaria autora total judioargentino-alemana Jeanine Meerapfel siempre tan ostentosamente amigable desde los recurrentes títulos mismos de sus filmes (Malou 81, La amiga 87, Amigo mío 89), la madura catedrática judía de filología romanística en una universidad alemana Sulamit Löwenstein (Celeste Cid dulcísima aunque de grave vozarrón) evoca la atormentada efigie rubia de su adorado amigo y amante por temporadas Friedrich Burg (Max Riemelt), el alma gemela de turbia ascendencia nazi que estuvo a su lado (Juan Francisco Rey) durante su tierna infancia de niña kosher reacia al dialecto yiddish (Julieta Verano) en el Buenos Aires previo e inmediato posterior al golpe castrense antiperonista, durante su adolescencia de becaria estudiantil en una diacrónica fuga berlinesa para radicalizarse y separarse por sus posiciones activistas, durante la cruenta dictadura militar argentina a raíz de la visita temeraria que en una distante prisión de la Patagonia le rindió la mujer (fingiéndose hermana suya) a su amigo alemán degradado a fallido guerrillero urbano, y ahora durante la crucial reunión de ambos, por fin amorosa, en un territorio mapuche chileno en vías de emancipación.

La amistad decisiva sirve como pretexto autobiográfico a medias (pero a medias muy idealizadas) para que vayan surgiendo a su paso viñetas de épocas añoradas sólo por pretéritas, con otras figuras también dignas de ser evocadas y hasta invocadas, difíciles de olvidar por hipotéticamente entrañables, como el enfermizo padre fabricante de mazapanes gigantes Philipp (Jean-Pierre Noher) tan amorosamente fuera de la realidad como de costumbre cuando le permitía manejar su auto cuando niña, la madre ceroalaizquierda pronto viuda Ida (Noemi Frenkel) que pronto se consolaría de manera encubierta con el recio bigotón local Eduardo (Daniel Fanego), el jocundo vecino cerdesco de enfrente Rudolf (Carlos Kaspar) otrora carnicero hitleriano, el equilibrado galán germano flemático Michael (Benjamin Sadler) que por falta de antigüedad acepta estoicamente su situación inferior en una rivalidad de afectos para él decisiva, o bien, los rápidos retratos del efímero jefe autoritario de célula terrorista que discriminadoramente señala a quiénes habrán de morder el pavimento a su lado en el absurdo asalto a un cuartel, o de los curtidos campesinos mapuches con azadón miserable que intempestivamente reciben en su seno a un europeo que pretende auxiliarlos en su perenne lucha a ras de surco pedregoso. La amistad decisiva se descubre, con todo, superficial, floja y esquemática, indecisa entre la subrepticia historia de amor asumidamente melodramática y los forzados episodios de presiones y actitudes políticas extremas análogamente cursilonas, pese a los vistosos paisajes de la pampa apabullante y a los suaves colores de la fotografía de Kino González, a la emotiva música de Floros Floridis apuntalada por un bachiano cuarteto de Mendelssohn y esa edición sin prisas casi acariciante de Andrea Wenzler, todo ello en las quasi vergonzosas antípodas del vigoroso cine político de Margarethe von Trotta (Las dos hermanas 81, Hannah Arendt 12), ese sí arriesgadamente comprometido e ideológico-discursivo sin miramientos. Y la amistad decisiva se funda finalmente en la recurrencia simbólica de la vieja llave de un altillo vuelta inútil e incapaz de abrir los corazones en ninguna circunstancia, inclusive en la recóndita unión de cuerpos final, todavía dubitativa para largo, de nuevo asaeteada por la sombra tribulaciones activistas y los titubeos sentimentales (“¿Venís conmigo?”/ “¿Te quedás?”).