Opinión

Guerrero, nuestra
inexistente solidaridad

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Marcha Arcelia Guerrero

Juan Angulo, director de El Sur Periódico de Guerrero, no tiene una sección fija en el noticiario Atando Cabos, de Denise Maerker. A pesar de eso, desde hace demasiados meses entra al aire prácticamente todos los días. Sus reportes y comentarios se han vuelto obligados. La violencia en Guerrero hizo que ese estado, entre otras cosas, tuviera el primer lugar en homicidios dolosos en 2015. Sí, el año siguiente al caso Ayotzinapa. Y en el arranque de 2016 el panorama luce peor.

Las intervenciones de Juan Angulo en ese espacio radiofónico van mucho más allá de consignar los muertos de la actualidad guerrerense. Sus comentarios aportan un detallado contexto que ayuda a comprender la real magnitud de la tragedia de Guerrero. Juan no expone un “ejecutómetro”, ni reparte estadísticas –de por sí graves–; lo suyo es hablar con conocimiento de primera mano pero también con humanidad, de las comunidades y de las personas, de las víctimas, de ese estado fallido.

En esas cotidianas llamadas telefónicas al aire, a menudo ocurre que, a punto de terminar de responder las cuestiones que se le han planteado sobre alguna situación del día, Juan pide unos segundos más para añadir detalles de última hora de alguna nueva calamidad llamada secuestro, asesinato, levantón, extorsión, amenaza, desaparición, etcétera. Noticias sobre un infierno que, en efecto, no descansa.

El viernes se supo que 21 víctimas de un secuestro colectivo de personas de Arcelia habían sido liberadas. Tras la aparición de los cautivos, que estuvieron retenidos una semana, apareció un video que muestra a esas personas con los ojos vendados; humillados como estaban, fueron utilizados por sus captores para hacer más visible el reclamo de estos en contra de un presunto delincuente.

Juan contó al aire el viernes que –comprensiblemente– ninguno de los liberados quiso hablar con la prensa. ¿Por qué habrían de hacerlo? ¿Qué ganan? Acaso la única consecuencia de recurrir a los medios sería atraer sobre sí mismos la venganza de sus captores, o la de los enemigos de éstos. Salvo eso, estas víctimas saben que exponer su calvario no sirve de nada, no va a hacer diferencia alguna, no va a conmover a nadie, ni a suscitar la reacción de alguien.

Las imágenes de las sobajadas víctimas de Arcelia son propias de una crisis humanitaria como las que vemos en los territorios asolados por el Estado Islámico o de grupos criminales en África como Boko Haram. O quizá lo correcto sea decir que ese tipo de escenas también son ya propias de la descomposición de Guerrero.

Pero mientras algunas de las consecuencias de los conflictos ya citados provocan en nuestra sociedad (saludables) sentimientos de solidaridad –por ejemplo el drama de algunas muertes de refugiados sirios, los asesinados en París o el reclamo por la liberación de las cientos de niñas secuestradas en 2014–, las cotidianas noticias de la sinrazón en Guerrero no nos mueve ni lo suficiente para intentar un hashtag.

Si como sociedad nos limitamos a esperar que sean los gobiernos los que diseñen soluciones para Guerrero, el incendio muy pronto llamará a nuestra puerta aunque no vivamos en aquella entidad.

Si como sociedad nos limitamos a pensar que algunas propuestas de organizaciones civiles ayudarán tarde o temprano a solucionar factores estructurales de nuestro desajuste institucional, estamos perdidos.

Este lunes seguro Juan informará terribles detalles de la muerte de un director de secundaria de Ajuchitlán del Progreso, que murió tras ser secuestrado con otros cuatro profesores, cuyo rescate fue pagado.

Juan Angulo hace todo lo que puede para denunciar la descomposición de Guerrero. Nosotros no.

Twitter: @SalCamarena

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