Opinión

Güeros

   
1
         

      

Güeros

El encanto de Güeros, de Alonso Ruizpalacios, está en su variedad de registros y aparentes contradicciones. Por un lado es una road movie urbana: la historia de dos hermanos, uno güero y otro moreno, que recorren la ciudad de México en busca del último vínculo con su padre. Por el otro, es una película que empieza y vuelve, visual y acústicamente, al mar de Veracruz, origen de ambos chicos. En Güeros, el gris y el azul “como una ojera de mujer”, el tráfico y la marea, el horror y la belleza, siempre van trenzados. “¿Para qué nos vamos si al rato vamos a regresar?”, dice un personaje al inicio de la cinta, mientras otro emprende el recorrido por el D.F. con una camiseta que dice “No mires atrás”. Ruizpalacios no elige postura: dibuja un círculo, pero también una línea recta. Su historia habla del desarraigo al mismo tiempo que acaricia las raíces.

Cuando su madre lo sorprende en una travesura de malaleche, Tomás (Sebastián Aguirre) sale expulsado de Veracruz rumbo a la ciudad de México, al departamento que comparte su hermano Sombra (Tenoch Huerta) con Santos (Leonardo Ortizgris). Estudiantes “en huelga de la huelga”, Sombra y Santos son el negativo mexicano –y, por lo tanto, desesperanzado- de aquellos soñadores de Bertolucci: desayunan café instantáneo con piquete, sortean la aburrición viendo Big Brother y le roban luz al departamento vecino, con la anuencia de una niña con síndrome de Down. Eva Green, Louis Garrel y Michael Pitt hablaban sobre Charles Chaplin y el maoísmo; Santos, Sombra y Tomás discurren sobre el origen de los desayunos continentales. Viva México.

Entre las pocas cosas que Tomás ha traído de Veracruz está un casete con música de Epigmenio Cruz, una “leyenda del rock mexicano” y el cantante favorito de su padre. Una mañana mientras lee el periódico, Tomás se entera de que el músico está agonizando. Impulsados por un incidente con el vecino, Sombra y Santos se ven obligados a salir de su pasmo rumbo a la ciudad, en busca de Cruz. El arranque de su trayecto es lo menos afortunado de la película. Aquí (y solo aquí) Ruizpalacios parece no saber qué historia narrar o cómo narrarla. Hay pasajes febriles, casi alucinógenos, atados a Sombra, que teme volverse loco; peripecias con algunos chilangos marginados y paréntesis arbitrarios que involucran zanahorias y caguamas. Toda banda aparte necesita a su Anna, y estos “güeros” no son la excepción. De pronto entra Ana (Ilse Salas) y la flor de asfalto de Ruizpalacios abre de par en par. Huelguista en huelga de algunos miembros de la huelga (así lo entendí), Ana es el interés romántico de Sombra. Su llegada revuelve y enciende la dinámica entre los tres chicos.

Si estuviera en una cinta hollywoodense, Tomás se asomaría por la ventana del coche, asombrado frente a la gran ciudad, su punto de vista registrado en tomas contrapicadas del Ángel de la Independencia y la estela de luz. Ruizpalacios esquiva esos clichés: aunque no fuera en blanco y negro, su película retrataría al D.F. como una bestia gris. Pero Güeros no solo está interesada en observar las avenidas infestadas de automóviles, la indolencia de la burguesía o la confusión de los huelguistas. Aquí hay belleza y poesía a manos llenas; imágenes que una y otra vez impugnan la fealdad asimétrica y la violencia verbal de la sociedad en la que la historia se desenvuelve: un chorro de leche se disuelve en una taza de té como una nube filmada en cámara rápida, un tigre enjaulado (“Velo bien… es hermosísimo”) arde brillante en el vacío del zoológico, Salas se cambia de ropa y la cámara, pudorosa, se planta en las curvas de su cuello. Dice mucho de la habilidad de Ruizpalacios que una película con tantas escenas incómodas (ese hospital, esa pulquería) también pueda regalarnos uno de los besos más hermosos del cine mexicano.

Al final, por lo menos para este espectador, esa es la marca más duradera que deja Güeros. No su opinión sobre la juventud chilanga, su discurso sobre el clasismo o sus adolescentes encabronados sino esos disparos de luz que atraviesan el blanco y el negro, como en esa lindísima toma cuando Ana le da una calada a su cigarro y arroja el humo hacia nosotros. Ruizpalacios, observador de la realidad chilanga, merece nuestra atención. Como cineasta poeta –“viendo a los trenes partir”- se lleva las palmas.

Twitter: @dkrauze156