Opinión

Gray y Pose-Romero: revalidando

I. EL ESTIGMA INMIGRANTE. En Sueños de libertad (The Immigrant, EU, 2013), cautivante opus 5 del enorme cineasta estadounidense descendiente de inmigrantes rusos de apenas 43 años James Gray (Dueños de la noche 07, Amantes 08), con guión suyo y de Richard Menello, la dulce exenfermera polaca Ewa Cybulska (Marion Cotillard sombría o luminosa sin nada en medio) arriba esperanzada y violada en un barco al policial Nueva York de 1921 sólo para ver cómo su frágil hermana tísica Magda (Angela Sarafyn) es puesta en cuarentena en la Isla Ellis, prometerle que logrará liberarla, ser ella misma detenida como cándida candidata a la deportación y tener que recurrir al auxilio ambiguo del perverso seductor Bruno Weiss (Joaquin Phoenix repelentemente extraordinario) que de inmediato se enamora de ella, la recluye como costurera sin futuro, la acusa de ladrona cuando lo rechaza físicamente, la incluye en su espectáculo de burlesque, la persuade a prostituirse para pagar el rescate de su hermana, la padrotea en casa de la obsequiosa proxeneta feroz Rosie (Yelena Solovey), la recupera cuando sus mojigatos parientes polacos la mandan a prisión y está a punto de perderla cuando ella se pone en manos del odiado primo ilusionista cautivante Orlando el Mago (Jeremy Renner), por culpa de quien el vulnerado explotador Bruno descenderá con toda su cohorte de sexoservidoras a la putería bajo los puentes, y a quien acabará acuchillando y eliminando el cadáver, antes de arrepentirse cual Raskolnikov gesticulador, condolerse de Ewa y sacrificarse por la liberación de su hermana retenida.

El estigma inmigrante escarnece, victima, violenta, conduce al oscuro martirologio inmisericorde, canta una elegía intimista a cada instante sufrido y, a simultáneo, culpabiliza de toda desgracia padecida a sus propias presas, con la más sencilla naturalidad de la tierra y al parecer desde tiempo inmemorial, exactamente ahí donde las había dejado el toque tragicómico de Chaplin desde el brutal enchiqueramiento de los recién desembarcados al supuesto país de la libertad en su acerbo corto El emigrante (17), para poder desplegar ahora en contra de la sublime mujer demolida, pero aún así bendita por el iniciático baño colectivo con las rameras viejas y creyente devota y arrimada a los confesionarios de la catedral de San Patricio (permitiendo que el explotador sexual escuche a escondidas su confesión), un sinnúmero de adversidades que en su profundidad ejemplar nada envidian a los descritos por el Marqués de Sade en Justine o los infortunios de la virtud (hacia 1791) o el sadiano socarrón Buñuel en Viridiana (60), esos sus respectivos anticalvarios (el del abusador y el de la abusada homologándose) tan despiadados cuan sarcásticos.

El estigma inmigrante atrapa y fascina, estiliza en grado superlativo y va encubriendo/descubriendo mil infelicidades sociales y malventuranzas individuales bajo el sigiloso velo secreto de una época revisitada, gracias a esa desmitificadora y delirante fotografía del francoiraní Darius Khondji (también colaborador indispensable de David Fincher y Woody Allen), con toda la gama posible de ocres obsedentes, en atmósferas sombrías y texturas, jamás alteradas por la acariciadora música de Christopher Spelman, pues ambas resultan equivalentes de una misma visión desencantada, homogénea sin dejar de ser barroca de diversas formas, trátese de las calles peligrosas de un New York asfixiante, un prostíbulo afelpado a lo Ophüls-Botello, un show carcelario-hospitalario de levitación u otro sexocatártico (el gallinero del bandido) para ebrios en plena Ley Seca, esa huida por cloacas laberínticas del mejor cine negro sonrosado, o ese tarkovskiano pórtico leproso de prisión texturológica.

Y el estigma inmigrante viene a consumar su drama finalmente, no como un enaltecimiento del sanguinario sacrificio espiritual-corpóreo y sus contradicciones heroico-malvadas, sino como una epopeya del odio, el odio de los seres humanos abandonados a sus propios subterfugios y a su maldad consustancial (“Me encanta el dinero, te odio y me odio a mí misma”), el odio que besa la mano de quien te hace sentir basura, el autoodio a la devastadora hermosura mortecina (más erosionada que erotizada) de esa irónica Estatua de la Libertad viviente y ese decimonónico atormentado remordido, el odio al pecado de la sobrevivencia y el odio a la propia nada (“No te di nada porque soy nada”).

II. LA VACACIÓN AGUADA. En Tanta agua (Uruguay-Holanda-Alemania-México, 2013), sensible debut conjunto de las montevideanas de 32 y 31 años respectivamente Ana Guevara Pose y Leticia Jorge Romero (cortos previos de ambas: El cuarto del fondo 07, Corredores de verano 09), la azotada y distante puberta capitalina de repelentes frenillos Lucía (Malú Chouza tan flacucha como lo temías a su edad) es llevada por su gordo padre quiropráctico, divorciado y por si fuera poco calvo barbudo Alberto (Néstor Guzzini autoirrisorio) y en compañía de su hermanito solitario de 10 años Federico (Joaquín Costiglioni), a unas prometedoras vacaciones en un balneario de medio pelo del Salto, que resultan un fiasco, pues no deja de llover a cántaros y la piscina no puede usarse por temor a las tormentas eléctricas, pero aún así el hombre liga tan hipócritamente con una impresentable rubia jamona, el niño hace un amiguito, aunque sólo sea para caerse infelizmente de una bicicleta, y la chava hace una guapa amiguilla desinhibida de análogos de 14 años que a la primera salida mentirosa nocturna a bailar le da baje con un galancito local, dejándola aún más acomplejada y deshecha.

La vacación aguada pasa por la burla al turismo hueco en una de las alucinables cien ciudades-balneario a la uruguaya (ya burladas en las desventuras de la gris pareja dispareja patrón/empleada del insuperable Whisky de Rebella-Stoll 04), pero pasa también por una vivisección de las costumbres y frustraciones clasemedieras que semejan ser lo mismo en un país donde sólo parece existir una clase media tristemente roñosa, llena de mañas y manías para acercarse cada vez más peligrosa, irresponsable e irremediablemente a la melancolía absoluta.

La vacación aguada hace de la vulneración adolescente femenina un microdrama íntimo, revalidada y escalonada en sus avances entre el escarnio y la compasión/autocompasión, latiendo siempre no obstante proclive a la ausencia omnipresente, con esas siluetas lamentables alineadas a contraluz en traje de baño o esas figuras de mingitorio entrañable (caricatura galante del padre ostentosamente impúdico, invasión a la intimidad de la chava defecando en trance y el abandono de sí misma adosada a una pared o trepada en el lavabo), en su minimalismo de variaciones multincidentales y en su diseminación de espacios fractales (esa habitación risueñamente dividida por un biombo antiguo), todo ello pálidamente palpitando sin pálpito ni dinamismo entusiasta alguno, como ese pez recién pescado durante una fallida excursión íntima con papá rechazante a pescar debatiéndose a medio morir como los trágicos peces álter ego de los impactantes cuadros de aquel inolvidable Gustave Courbet terminal, pero aquí dulcemente morosos hasta para luchar por su vida.

Y la vacación aguada se deja inundar de música comercial aceda y hace que hagan su patético desfile cualquier cantidad de primeras experiencias (primeras pulsiones, primeras transgresiones para sentirse/ser libre, primeras decepciones, primeras autopercepciones de ajenidad abatida), porque sólo podría culminar con la irónica estación balnearia ¡por fin! brillando al Sol, el padre y el hijo felices jugueteando en comunión corporal a la orilla de la alberca, y nuestra deslucida Lucía hundida en lo psicológico-relacional y literalmente sumergida dentro del agua de la piscina, aguada a rabiar también ella y acaso para siempre, decidida a no respirar más y aguantarse inaguantable, en una suerte de doliente suicidio emotivo-sentimental simbólico.