Opinión

Graduaciones en tiempos de Trump

   
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Graduados universitarios (Bloomberg)

Durante mayo las universidades de Estados Unidos celebran sus ceremonias de graduación (commencement ceremonies). Estas son celebraciones muy elaboradas, incluso pomposas. Las autoridades y los alumnos graduados visten togas. Desde luego asisten todos los familiares, las abuelas y padrinos. La parte más esperada es el discurso de graduación, generalmente realizado por un líder importante, el presidente, miembros del gabinete, empresarios y científicos sin escatimar premios Nobel. Hay una importante competencia entre los recintos universitarios por ver quién logra invitar al personaje del momento. El objetivo del discurso y la ceremonia es aumentar el prestigio de las universidades y sobre todo, inspirar a los que se gradúan. Han terminado la etapa de preparación y comienza su vida profesional, su esperada época de realización y de aportar a la sociedad.

El vecino país del norte sigue concentrando las mejores universidades del mundo. El índice de universidades más influyente, Shanghái, señala que dentro de las mejores 50 universidades del planeta, 31 están en Estados Unidos.

Esto explica el porqué Estados Unidos es el mayor imán universitario del planeta. Más de un millón de jóvenes extranjeros ingresan a universidades estadounidenses (Reporte Open Doors). En 2015, China e India fueron los dos países que mandaron al mayor contingente estudiantil --328 mil 547 y 165 mil 918-- respectivamente. México está en un distante décimo lugar con sólo 16 mil 733 estudiantes, la mayoría en licenciaturas.

Este año acudí a la graduación de la Universidad de Notre Dame, la universidad católica más prestigiosa y una campeona en el tema de graduaciones. Por ejemplo, esta universidad que celebra actualmente su 175 aniversario, ha establecido la tradición de invitar al nuevo presidente del país en su primer año de gobierno como el orador. Destaca que es la universidad no militar que ha llevado más veces a un mandatario como orador, Dwight Eisenhower, Jimmy Carter, Ronald Reagan, George H. W. Bush, George W. Bush y Barack Obama.

La tradición irlandesa (la mayoría de los estudiantes eran descendientes de irlandeses) empezó con Dwight Eisenhower, presidente número 34. Cuando Ronald Reagan acudió a Notre Dame en 1981, fue visto como una gran hazaña, pues acababa prácticamente de salir del hospital después de sufrir una herida de bala en un atentado a su vida. Con su gran dicción y convicción apeló a los graduados: “Los necesitamos. Necesitamos su juventud. Necesitamos su fuerza. Necesitamos su idealismo para ayudarnos a corregir lo que hacemos mal”, dijo.

Bush papá (el presidente número 41) y George W. hijo (el presidente número 43) acudieron a Notre Dame en su primer año de gobierno. Clinton (el presidente número 42) no recibió invitación. Su decidido apoyo al aborto llevó a las autoridades católicas, desde luego de la universidad, a no enviarle invitación. A Barack Obama, proaborto, sí lo invitaron e incluso le otorgaron un doctorado honoris causa. A pesar de su postura, Obama era demasiado popular en su primer año de gobierno por ser el primer afroamericano en llegar a la oficina oval.

Destaca que en 2002, Vicente Fox fue el primer presidente mexicano que tuvo el honor de haber sido invitado como el orador. Fox aceptó y sin embargo canceló unas cuantas semanas antes de la ceremonia. Mi interpretación es que el exfuncionario de Coca Cola nunca entendió la distinción y oportunidad que representa para un mandatario mexicano ser el orador de una graduación en una universidad estadounidense.

Según la tradición de Notre Dame, este año le tocaba dar el discurso a Donald Trump. Me comentan que hubo mucha especulación en el campus, ¿se le invitará?

La universidad experimentó una polarización similar a la que vive el país. Unos estudiantes se movilizaron para exigir que Trump no fuera invitado, mientras otros exigían que la tradición presidencial se cumpliera. Las autoridades de la universidad decidieron invitar al vicepresidente Mike Pence, exgobernador de Indiana, el estado donde está Notre Dame.

El domingo pasado más de tres mil estudiantes recibieron su diploma. Ya me había enterado que docenas de estudiantes, incluyendo a mi hija quien se graduó de Teatro, Economía y Finanzas, saldrían del estadio en cuanto Pence empezara su discurso. Estos estudiantes habían avisado a las autoridades que abandonarían la ceremonia. Las autoridades no se opusieron y aproximadamente 150 estudiantes, en medio de abucheos y aplausos, dejaron a Pence con la palabra en la boca.

Las protestas de Notre Dame y las virulentas reacciones que han causado, especialmente en las redes sociales, son un microcosmos de la gran polarización que experimenta Estados Unidos.

Los estudiantes que se marcharon explicaron que su decisión se basó en que el gobierno de Trump y Pence promueve la exclusión de personas con base en su religión, color de piel, orientación sexual y estatus migratorio. Es decir, está en contra del espíritu de Notre Dame de crear un sentimiento de solidaridad especialmente hacia los más vulnerables y buscar justicia para ellos. Por su parte, grupos conservadores han atacado con fuerza la protesta y señalan a los disidentes como snowflakes (copos de nieve), es decir, liberales con gran fragilidad que no soportan ideas distintas a las suyas.

Twitter: @RafaelFdeC

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