Opinión

Gobernar mintiendo

 
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Trump

El ejercicio del poder no permite transparentar en su totalidad las acciones derivadas del mismo. En la medida de que se trata de conciliar intereses, beneficiando a unos y perjudicando a otros, el discurso político se presenta siempre como la propuesta que representa el bien superior por encima de aquello que puede ser sacrificado sin importar el daño que se cause a los involucrados.

El ejercicio democrático demanda limitar al máximo ese poder por parte de la autoridad, mismo que debe ser supervisado por otros poderes legítimos que le den equilibrio a la acción de gobierno.

Y si la división de poderes entre el Ejecutivo, Legislativo y Judicial supone esa vigilancia mutua, la existencia de una prensa libre, entendida ésta como la acción de todos los medios de comunicación cuya labor es entrometerse en lo más profundo de la entrañas del poder mismo para conocer sus secretos, es considerada como una condición indispensable para contener los abusos de aquellos que, al ejercer el poder, suponen que lo pueden hacer sin limitación alguna.

Es por eso que la relación entre medios y gobernantes es siempre difícil por necesitarse mutuamente para su actuar cotidiano, pero confrontados por servir a intereses distintos.

El gobernante quiere que su obra sea difundida y apoyada por el medio, y éste quiere a su vez información privilegiada del gobierno y capacidad de denuncia sobre los actos ilegales o ilegítimos realizados desde las esferas del poder.

En este toma y daca, democracia y prensa libre viven una sana tensión democrática que se alimenta día con día. Y es esto precisamente lo que se ha roto en la democracia norteamericana, donde desde el affaire Watergate de Nixon, el escándalo Lewinsky de Bill Clinton, y las falsas informaciones de George Bush con respecto a la existencia de armas de destrucción masiva en el Irak de Sadam Hussein, la prensa de ese país había venido construyendo una narrativa crítica muy severa con respecto al actuar de los presidentes de ese país.

Tras ocho años de tregua con Obama, la prensa de Estados Unidos se enfrenta a un personaje inflado por ellos mismos y con la desafiante característica de pretender gobernar mintiendo permanentemente sin pudor alguno. El político tradicional envuelve su argumento en razones que lo hacen creíble, aunque luego no se sostenga en la realidad. Trump no entra en esta categoría. Inventa números, eventos, portadas de revista, encuentros y solicitudes de ayuda que no existieron más que en la mente enferma de un paranoico en el poder.

Su limitado conocimiento de las cosas y el lenguaje, lo lleva a obsesionarse con conductores de programas de televisión y a enfrascarse en debates banales ajenos a la estatura presidencial. Por ello sus medios de comunicación preferidos son Fox News, Breitbart o National Enquirer, cuyo nivel de primitivismo informativo permite difundir cualquier tipo de noticia sin necesidad de ser confirmada o refutada con hechos. Gobernar con mentiras, es el equivalente a gobernar con propaganda, que es lo que hacían las dictaduras totalitarias del siglo XX.

Es por ello que el rechazo a la figura de Trump fuera de Estados Unidos llega a niveles sin precedente, y comienza a dañar seriamente la institucionalidad democrática de ese país. El poder no puede gobernar mostrándose en su desnudez porque transparentaría sus contradicciones y dejaría de ser efectivo.

Pero intentar gobernar con mentiras que se repiten una y otra vez y que no pueden sustentarse en lo más mínimo en el marco de un Estado democrático, sólo augura un desastre político con enormes daños para la humanidad en su conjunto, en la medida en que se trata del país más poderoso del planeta. Ni más, ni menos.

Twitter: @ezshabot

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