Opinión

Gobernadores que todo lo pueden

   
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Felipe Calderón, durante el programa de El Financiero-Bloomber, La Silla Roja. (Braulio Tenorio)

En emergencias coyunturales y en una crisis estructural, como presidente, Felipe Calderón aprendió que los gobernadores no eran de fiar.

En el inicio de lo que luego sería la pandemia de influenza A H1N1, en 2009, al gobierno federal le urgía saber el número de casos que había en el país de esa rara enfermedad. Ese dato, así como el ritmo de contagio de la enfermedad y la cantidad de defunciones por la misma, resultaban cruciales para decretar la emergencia sanitaria.

El equipo de Calderón pidió a los gobiernos estatales reportes de sus respectivos hospitales. La data resultó mala y dudosa. Los gobernadores, entenderían en Los Pinos días después, subreportaban los casos, bien por incapacidad, bien por hacerse pasar como entidades bajo control.

Ni ante un enemigo impredecible, como era en esos momentos el A H1N1, los gobernadores supieron estar a la altura.

Lo mismo ocurriría a Calderón en las emergencias por huracanes. Cuando llegaba la ayuda, ésta no alcanzaba, pues no era raro que los gobiernos estatales alentaran a la población para que demandara más ayuda de la que se había programado tomando en cuenta los padrones de beneficiarios, (Remember Granier en la megainundación de 2007).

Otro ejemplo fue el Seguro Popular, que tuvo que ser rediseñado en parte porque en entidades como Veracruz se dio el fenómeno de la multiplicación de las familias: el gobernador Herrera pedía más dinero a la Federación porque según él había más beneficiarios de los que el propio Censo del INEGI había determinado.

Y, claro está, Calderón tuvo que lidiar con la abulia, cuando no franca complicidad, así fuera por omisión, de los gobernadores ante el fenómeno de la delincuencia organizada. Era la guerra de Calderón, no suya.

Así son los gobernadores, que todo lo pueden, fenómeno que, justo es reconocer, tampoco es nuevo, pero cuyos alcances ahora tiene que padecer Enrique Peña Nieto.

Casi en el frente al que voltee, Peña Nieto encontrará en la actuación de los mandatarios estatales algunas de las claves sobre su mala reputación y sobre el atorón político que vive país.

Así, la reforma educativa no está contra la pared por culpa de los “revoltosos de la CNTE”. Los disidentes causaron una inestabilidad focalizada, es cierto, pero en últimas fechas ésta se extendió a otras regiones del país gracias a que en varias entidades incubó un malestar magisterial por la poca atención que dieron los gobernadores a ese gremio.

La verdadera crisis en torno de la reforma que más respaldo concitó al momento de su aprobación se gestó desde dos frentes: desde una Secretaría de Educación Pública que descuidó procesos clave de estímulos, y desde la desatención interesada por parte de los gobernadores, que no ven ganancia en implementar una reforma que en muy poco les reditúa políticamente luego de que la
Federación les quitó el acceso al dinero de los maestros.

Es la reforma de Peña Nieto, no de ellos.

Y más allá del tema educativo, mientras en la Federación hablan de recortes, en los estados se habla de derroches; si en Hacienda exponen planes de austeridad, en las entidades se habla de deuda; si a nivel nacional se discute de planes anticorrupción, en los congresos estatales se arman esquemas de impunidad…

Son gobernadores que todo lo pueden, incluso cuando pierden las elecciones. Vean si no cómo Arturo Núñez revive granieristas en Tabasco.

Como en su momento Calderón, hoy Peña Nieto carga con todos los negativos en las encuestas mientras los ejecutivos estatales nadan de muertito, pues nadie se mete con un gobernador, ni siquiera el Presidente.



Twitter: @SalCamarena

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