Opinión

Gerster y Stölzl: auscultando

I. EL ITINERARIO DESHUMANIZADO. En Oh Boy, 24 hrs. en Berlín (Oh Boy, Alemania, 2012), enérgico debut como autor total del cineasistente hagenense de 34 años Jan Ole Gerster (colaborador indispensable del Wolfgang Becker de Adiós a Lenin 03 sobre el cual realizó su iniciático videodocumental El dolor pasa, el filme se queda 04), el ocioso joven tronado de la carrera de leyes pero a punto de cumplir los 30 aún mantenido de papito Niko (Tom Schelling) despierta convertido en una huidiza cucaracha que sigue empacando sus objetos personales para proseguir la ruptura con su exnovia querida Elli (Katharina Schütter) y continuar mudándose a un depto aún semivacío, pero esa jornada todo le sale particularmente mal, carece del dinero suficiente para comprarle un café a la ojeta encargada (Catarina Hauk) del estanquillo de la esquina, el arbitrario psicólogo legal (Andreas Schröder) le retira su licencia de manejo por reincidencia etílica y el cajero automático se traga su tarjeta bancaria debido a una solicitada cancelación paterna, por lo que el infeliz muchacho debe pasarse el día a merced de las bromas de su amigo actor sádico Metze (Marc Hosemann), asistiendo al rodaje de un bodriesco filme sentimentaloide sobre la persecución judía durante la Segunda Guerra, acompañando a su despectivo padre prepotente (Ulrich Noethen) a jugar golf sólo para que lo humille y aceptando una invitación para ver actuar a su excondiscípula de secundaria acomplejadaza por su antiguo sobrepeso Julika (Fréderike Kempter) vuelta guapa performancera en un miniteatro-arte alternativo de seudovanguardia, donde el hipócrita cuate Metze se la pase botado de risa, se provoque un altercado con el paranoico director de la obra (Steffen C. Jürgens) y, tras ser golpeado por unos parranderos bravos a quienes la histérica Julika hostilizaba verbalmente, el mortificado Niko corra el riesgo de ser materialmente violado por ella, y así, hasta finalizar el día, quedándose más solo que un perro, y despunte el alba misericordiosa.

El itinerario deshumanizado practica colectivamente el deporte nacional germano por excelencia de proclamarse desdichado y miserable (o más bien: “Sentirse mierda”) y echar pestes contra todo, ensartando al hilo a un entrometido nuevo vecino-espía de al lado (Justus von Dohnányi) que escupe las desgracias de su cáncer conyugal sin la menor provocación y cuyas galletas de obsequio deben ir directo al excusado, el amigo que da arrancones cada vez que vas a subirte y conduzca despotricando contra la mugre de la ciudad, el padre que somete brutalmente a un abogadillo principiante (Leander Modersohn) que representa todo lo que Niko había soñado ser y justo a él mismo le asesta el peor de los insultos posibles (“Eres igual a tu madre”), para rematar el mal día y la velada triste apenas habiendo podido comunicarse con una tierna viejilla arrinconada en su sillón de reposo mecánico (Lis Böttner) y con un jodido anciano borracho (el también director estealemán Michael Gwisdek) a quien servía como paño de lágrimas, antes de llevarlo a concluir de reventar a una clínica de urgencias.

El itinerario deshumanizado hace que su absurdo deambulatorio, con soberbia fotografía en blanco y negro altamente contrastados de Philipp Kirsamer, tome la forma de un innombrable descenso a los infiernos citadinos, en paralelo con el modélico catastrofista individual Después de hora de Scorsese (85) o como una condensación de la solitaria experiencia límite de Un hombre que miente de Perec-Queysanne (74), sin duda en las antípodas del angelismo del Cielo sobre Berlín de Wenders en Las alas del deseo (88) donde ya las criaturas seráficas veían en b/n lo que los mortales comunes veían en colores, aunque ahora todo aparece incoloro, porque el lamentable Niko vive en la indecisión y a la deriva, sin oficio ni beneficio ni consuelo a su autoabandono informulado, deambulando en busca de una taza de café, carente de todo impulso o deseo posibles de insertarse en esa inhumana realidad que hiere con su sola existencia omnipresente, tan indefenso ante ella cual si se tratara del hipersensible héroe de antemano vulnerado de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge en la quasi novela lírica cumbre de Rilke, frágil y sin arraigo, económicamente arruinado y él mismo en ruinas físicas y mentales, al interior de un París inhabitable que se travestido en Berlín rechazante y malvado, espacio de una tensión entre diferentes negaciones temporales y espirituales, la insoportable tentación del abismo o la lucha contra la erosión de la propia vida insustancial.

Y el itinerario deshumanizado cierra en anillo donde empezó, en un Distinto Amanecer, pero fecundado éste por la idea de la muerte, una muerte que era ajena pero que ha sido asumida como propia y como máxima conquista bella de acuerdo con una idea también rilkeana, una muerte que evoca muy explícitamente la pérdida de la inocencia durante la Noche de los Cristales de la barbarie hitleriana y la imposibilidad de volver a montar en bicicleta, una muerte del viejo de la cantina que no es la cualquier ebrio desplomándose infartado a media banqueta sino “una muerte terrible e imperial” (Rilke) que el hombre había acarreado consigo toda la vida y ahora se le transfiere a Niko por el acto solidario de trasladarlo al hospital como único pariente postizo, la muerte urbana que sólo puede culminar en un Berlín baldío en el que culminan las búsquedas pulsionales de una edición polirrítmica de Anja Siemens y la imprescindible música de jazz de Cherlyn MacNeil y The Major Minors, con un solo intermedio en clavecín de Bach para la escena de la anciana cariñosa en otra dimensión de lo real y lo irreal afectivos.

II. LA SANACIÓN SABIA. En El médico (Der Medicus/The Physician, Alemania, 2013), monumental filme 5 del munichense multigenérico de 46 años Philipp Stölzl (Baby 01, ¡Goethe! 10, Fugitivo 12), con guión de Jan Berger basado en la novela histórica superventas de Noah Gordon (el autor de Chamán y El último judío), el tierno huerfanito inglés de 9 años Rob Cole (Adam Thomas Wright) se hace adoptar a la brava en la Inglaterra del siglo XI (exactamente hacia 1021) por el mismo pícaro barbero omnisanador Croft (Stellan Skarsgard) que dejó morir a su madre de mal de vientre para no desafiar la autoridad de la Santa Iglesia, crece en el carromato itinerante de éste hasta convertirse en un joven adulto (Tom Payne), se torna experto en triquiñuelas curanderas, ungüentos milagrosos y variedades feriantes aunque en el fondo ávido de ayudar al prójimo, cambia de nombre, se disfraza de judío y se autocircuncida para poder viajar a través del peligroso desierto hacia la ciudad mítica de Isfahán a la búsqueda de las enseñanzas del sabio Ibn Sina (Ben Kingsley gandhilocuente para la eternidad) en los confines musulmanes, se enamora por el camino de la lecturienta doncella rumbo a un traficado destino nupcial Rebecca (Emma Rigby), es rechazado a palos antes de aceptársele en la madraza-escuela del mentor que acabará admirándolo, se codea con los ambiguos estudiantes de la nobleza árabe Karim (Elyas M’Barek) y Mirdin (Michael Marcus), consigue ganarse la confianza del feroz endurecido Shah Ala ad-Daula (Olivier Martinez) tras contribuir a dominar una pavorosa peste mortífera que diezma la ciudad, y en seguida es desenmascarado como cristiano, batalla contra la sanguinaria tribu nómada sulyicida y debe huir de regreso al agua sucia mental de su lastrado Continente.

La sanación sabia logra, hábilmente y con imprevisible gracia, por medio de un alivianado cerebralismo germano aplicado al cine épico y a la saga espectacular (un poco a la manera de La pontífice de Wortmann 09), que coincidan las peripecias de un destino individual con varias etapas de los Orígenes de la Medicina, a modo de un metafórico viaje de la oscuridad a la luz, de la lucha contra los oscurantismos de las tres primitivas religiones dominantes (cristianismo, judaísmo, islamismo) a los albores de la ciencia médica, ahí donde el Barbero representa el refugio medieval de los saberes incipientes y sus tratamientos brutales (para enderezar de golpe un brazo luxado o sacar una muela con riesgos mortales o amputar un dedo gangrenado o cauterizar heridas o purificar la sangre con sanguijuelas en la espalda) siempre a punto de sufrir acusaciones de brujería o magia negra e incluso ser perseguido y quemado vivo (como está a punto de serlo el mentado Barbero), el apodíctico Ibn Sina (evidente traslación del ilustre médico árabe de origen persa Avicena) encarna al primer acumulativo e incrementante acopio de conocimientos médicos universales más por tradición que por observación directa para poder combatir la peste bubónica mediante la incineración de cadáveres y descubrir la propagación de las enfermedades a través de las ratas y las pulgas, y el propio personaje imaginario-sintético del héroe Cole paraboliza el desafío y la ruptura, el salto cualitativo médico, gracias a la multiprohibida autopsia, empezando por la de un autofrecido inmenso viejo de credo zoroastriano, como única vía de avance e investigación consecuentes e irrefutables.

La sanación sabia se consuma además como una vistosa y dinámica película de aventuras exóticas y románticas, de las que dejó de producir Hollywood cuando perdió la inocencia imaginaria y la brújula formal, rebosante de atracciones y vicisitudes llamativas, en equiparamiento explícito con las de Aladino o Simbad (inoculadas por esa Rebecca-Sherezada durante las 1001 noches de la travesía desértica) y en virtud de una regia fotografía de Hagen Bogdanski que se apoya a veces sobre maquetas fantasiosas pero sin variación en colores artificiales, una música arcaizantemente contemporánea de Ingo Frenzel y una tajante edición capitular de Sven Budelmann, donde cada uno de los episodios debe volverse una fontana de maravillas e inéditos prodigios, desde la fotogénica mina miserable del esclavista norte británico y el inesperado reparto de huérfanos adoptables con incentivo de utensilios domésticos, hasta el recurso sistemático a colosales grúas ascendentes o la catastrófica apendectomía tenebrosa al Sha para liberarlo de ese recurrente mal de vientre que viene a ser el gran villano de este relato de acción e inacción.

Y la sanación sabia debe culminar en un ineludible final feliz, convencional y a huevo, con carga implacable sobre la ciudad sitiada cual Babilonia de Intolerancia (Griffith 15), interdictos esquemas internistas en las llamas y sorpresa-eco del bárbaro Barbero charlatán ante la edificación del primer hospital europeo por el antiguo discípulo y su compañera múltiple.