Retórica del miedo
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Retórica del miedo

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Retórica del miedo

07/05/2018
Actualización 07/05/2018 - 13:45

Ensordecedor y absorbente se ha tornado el ambiente electoral conforme avanza el proceso, entre chabacanería y zafiedad. Estribillos pegajosos, denostación, exacerbación del mal humor ciudadano o la explotación del miedo, se apropian del espacio en que debiera instalarse la propuesta creíble y atractiva.

La retórica, profusa y vana, fluye por igual, de todas partes de la geometría política, prestidigitando, mutuamente, la hecatombe que se avecina: la acentuación de los males que se padecen de continuar por el mismo sendero o el colapso, de optar por alternativas inciertas.

El miedo se erige en el eje central de la propaganda, veta inagotable de gran potencial para la orientación de la preferencia ciudadana ante un futuro ya de por sí incierto, pero que puede producir, también, efectos colaterales impredecibles: irritación, descontento y polarización, que habrán de asumirse, a la postre, como factores ineludibles de las nuevas agendas.

Bajo la lógica del fin fundamental de la contienda, los medios resultan secundarios para la coyuntura presente y para la conquista del objetivo primordial que se busca, más no resultaría ocioso un cálculo paralelo y la estimación de los efectos resultantes, con los que habrá que lidiarse al término del proceso y pueden traducirse en términos, tanto de concordia social como de fortaleza institucional y gobernanza.

El discurso que privilegia el terror sobre la oferta, el temor sobre la propuesta concreta y viable y hace de él su base temática, debe atenerse, asimismo, a la posibilidad, nada lejana, de lograr, precisamente, un efecto contrario al que pretende, no sólo por el rechazo que puede producir en el auditorio un mensaje negativo profusamente reiterado, sino por la evidente intencionalidad de su contenido, que motiva la suspicacia hacia el engaño.

El miedo, reza el adagio, aleja de Dios y abre la puerta al diablo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.