Opinión

Geopolítica de la barbarie

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La policía francesa realizó un operativo para liberar a los rehenes en la sala de conciertos Le Bataclan, en París. (Reuters)

Con el derrumbe de la Unión Soviética se pensó haber llegado al fin de la historia, Fukuyama supondría que se había dado término a las guerras sangrientas y se marcaba el triunfo de las democracias liberales. Ciertamente, los equilibrios desarrollados por la amenaza nuclear durante la Guerra Fría se alteraron dramáticamente y los espacios abiertos por el colapso socialista fueron aprovechados inmediatamente por la entidad hegemónica resultante para consolidar su presencia física y su influencia determinante en regiones definidas, en un ambiente dominado por el capital y el desarrollo científico y tecnológico.

Sin embargo, la ausencia de enemigos tangibles privaba a las potencias dominantes de la legitimidad indispensable para justificar su acción en defensa de la paz y la seguridad mundiales. De pronto, antiguos aliados se convirtieron en feroces enemigos. La invasión a Kuwait por parte de Irak y la consecuente respuesta por parte de Estados Unidos significó el primer escenario bélico en Medio Oriente después de la caída del muro de Berlín. En América, la creciente presencia y peligrosidad del crimen organizado sentó las bases de una colaboración más abierta con los países de la región, particularmente con México.

Con la entrada del nuevo milenio, los nuevos enemigos cobraron fuerza y descaro, con los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York, seguidos de otros en Madrid y Londres. El turbante sucedió a la boina con la estrella roja como atuendo paradigmático del terrorista y demandó acciones más severas para su contención.

Mientras tanto, en México se intensificó inusitadamente la violencia criminal por parte de bandas de narcotraficantes que adquirieron control territorial y gran poder de fuego, ocasionando decenas de miles de muertos en toda nuestra geografía y obligó a la abierta colaboración del vecino al declarar nuestro gobierno la guerra al narco.

Dos fueron, mediáticamente, los personajes más peligrosos del mundo: Osama Bin Laden y Joaquín Guzmán Loera. El primero oficialmente muerto por fuerzas especiales norteamericanas y el segundo oficialmente prófugo con la ayuda de fuerzas convencionales mexicanas.

Tras la llamada Primavera Árabe, otro monstruo hizo su aparición en Oriente Medio, enarbolando una bandera de contenido religioso y de vindicación territorial, de composición multiétnica y elevados niveles de violencia, que se ha erigido en la principal amenaza a la paz mundial. Su más reciente aparición con los sangrientos ataques en París, la semana pasada, dan cuenta de su nivel de entrenamiento, organización, recursos y peligrosidad.

Los cruentos ataques, perfectamente coordinados y dirigidos a civiles desarmados, asistentes a eventos públicos masivos con fines lúdicos, no sólo motivan la natural condena y el odio social a sus perpetradores, sino que justifican y legitiman cualquier acción violenta de parte del Estado Francés y sus aliados en respuesta a la agresión, calificada por el presidente Hollande como un acto de guerra.

La simultaneidad y espectacularidad de los ataques y su reivindicación por parte del llamado Estado Islámico guardan similitud con los realizados en el pasado en Nueva York (2001), Madrid (2004) y Londres (2005), adjudicados en su momento a los grupos terroristas de moda.

La interrogante que siempre queda pendiente es: ¿a quien beneficia realmente una situación como ésta? Un mundo que se percibe siempre en blanco y negro, entre buenos y malos, difícilmente nos deja ver realidades en segundo plano.

Ninguna hegemonía se mantiene o justifica sin la existencia de una amenaza real o artificial. El bombero sólo es relevante y notorio cuando existe fuego.

El autor es catedrático de la Universidad Anáhuac México Norte.

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