Opinión

'Game of Thrones': dedicada a asombrar

 
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Game of Thrones

 A siete años de su estreno, quizá es difícil recordar qué tan diferente era Game of Thrones en su primera temporada. Creada por D.B. Weiss y David Benioff, la serie empezó como una historia de fantasía, limitada por un presupuesto necesariamente magro: faltaba tiempo para que se convirtiera en el fenómeno mundial que es ahora, cuando HBO no tiene empacho en gastar una fortuna cada semana. Aquella estrechez impedía a los creadores mostrar grandes batallas y numerosos ejércitos. No había dragones del tamaño de un avión, así que el uso de efectos especiales tampoco era excesivo. Nos tocaban más charlas que guerras: nunca antes una narrativa de este tipo había mostrado menos elementos fantásticos. Tal vez por eso nos fuimos con la finta de que Game of Thrones era una alegoría del mundo real, más cerca de la Tierra que de la Tierra Media.

Comparemos esa temporada inicial con los últimos seis capítulos, en los que hemos tenido la fortuna de ver elaboradas batallas navales y aéreas, ataques de dragones a ejércitos vivos y muertos,
sobre el hielo y la pradera. Desde que consiguieron la lealtad –y el billete- de millones de suscriptores, Weiss y Benioff han asumido poco a poco la facilidad con la que su serie se presta para el espectáculo.
Yo, que nunca disfruté la solemnidad ni el sadismo de las primeras temporadas, me declaro fanático de esta transformación.


Desde hace tiempo, incluso antes de la sobrecogedora Batalla de los Bastardos de la temporada anterior, Game of Thrones ha superado, en casi todos los apartados, a sus similares en cine. Sus batallas
son un deleite, sin importar el terreno en el que se lleven a cabo, repletas de imágenes indelebles, con una edición mayormente limpia (siempre sabemos qué diablos está pasando) y un despliegue
audiovisual que le queda grande a cualquier televisión. Esta última temporada finalmente ha incluido a los dragones de Daenerys en las escaramuzas, con resultados que llenan la pupila pero contienen
también un peso dramático, en ocasiones decisivo para la historia y en otras trágico, como vimos este último domingo. Es posible que las (ahora ocasionales) víctimas se sientan previsibles cuando antes
siempre sorprendían, pero yo no echo de menos la crueldad con la que Game of Thrones despachaba personajes protagónicos. La inquieta daga de George R.R. Martin, autor de las novelas, siempre me
pareció el ardid de un bravucón, la estrategia de un publicista, más que el acto de un escritor atrevido y/o valiente. No sé ustedes, queridos lectores, pero yo no veo televisión para derramar bilis.

No faltará quien se queje de que, al abandonar las tramas de los libros de Martin, a los que tuvo que dejar atrás por falta de material nuevo, la serie haya traicionado su esencia. Yo lo veo al revés. Una
serie dedicada a largos choros es ahora una serie dedicada a asombrar. Game of Thrones ha hallado su verdadera vocación.

Twitter: @dkrauze156

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