Opinión

'Fuerza mayor' o el retrato
del macho patético

   
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Fuerza mayor

Estamos acostumbrados al cine misógino. En el thriller, la mujer tiende a ser una víbora o un afiche; en las comedias, un trofeo o una romántica sin remedio. Ya era hora de ver algo de cine misándrico, donde el hombre juega el papel de impostor, imbécil o enano moral. Fuerza mayor, la cuarta película de Ruben Östlund, es esa necesaria bomba atómica contra el macho moderno, obsesionado con sus gadgets, sus hobbies y sus tarjetas de crédito.

Tomas y Ebba vacacionan con sus dos hijos en los Alpes. Son una familia de postal (literalmente) hasta que una mañana, mientras desayunan en un restaurante al aire libre, ven una avalancha despeñarse de un monte cercano. El alud se aproxima y poco a poco empieza a parecer un evidente peligro. En un arranque instintivo, Ebba toma a sus hijos entre brazos para protegerlos, mientras que Tomas rescata su iPhone y se echa a correr despavorido, olvidando a su familia afuera. El susto no pasa a mayores, la cortina blanca se disipa y Tomas se reúne con su esposa e hijos, pero Ebba no volverá a verlo de la misma forma: algo ha cambiado para siempre. Lo que comienza como un agravio soterrado poco a poco abre un abismo entre ambos: ella pone en duda su carácter (con razón), mientras que él atraviesa una gama de reacciones cada vez más aberrantes. Durante el resto de las vacaciones, Tomas busca solazarse en la aventura inane y en la compañía de un hombre tan inseguro como él, así como en el alcohol, el silencio, la negación, el sexo y, por último, en la mejor secuencia de la película, en el llanto.

Estéticamente, Östlund da en el clavo una y otra vez. Similares al Overlook, de Kubrick, los interiores laberínticos del hotel son el escenario perfecto para las discusiones enredadas de Ebba y Tomas.

Mientras tanto, en las noches suenan explosiones en los Alpes, producidas para crear avalanchas artificiales y así mantener el nivel óptimo de la nieve. La consecuencia atmosférica es otro acierto: Fuerza mayor suena como si ocurriera en una trinchera. Por lo demás, Östlund adopta un estilo visual que no pierde tiempo en entretener con acrobacias, similar al de Michael Haneke: constante uso de tripié, tomas largas y un solitario y revelador close up. La forma es sobria, pero el fondo vibrante, lleno de humor negro, momentos incómodos y observaciones cáusticas sobre las diferencias entre ambos sexos: más que suficiente para llenar el oído y la pupila.

Al final, quizás el mayor acierto de Östlund es la manera en que desdobla la narrativa para incluir el punto de vista de los hijos de Ebba y Tomas. Preocupados por sus padres, que noche tras noche se escapan del cuarto para discutir en el pasillo del hotel, los niños comienzan a creer que pronto sufrirán un divorcio. Lo que es fascinante, por cruel y real, es a quién escogen como víctima y a quién como culpable. El golpe de gracia de Fuerza mayor está en el futuro que podemos imaginar para esa familia. Östlund sabe cómo retratar, exponer y ridiculizar al supuesto sexo fuerte, el villano de la película. Sin embargo, como la mayoría de los grandes cineastas, también sabe que, en una historia honesta, los malos siempre ganan.

P.S.: Östlund se grabó recibiendo la noticia de que no lo habían nominado a mejor película extranjera. Evidentemente se trata de una broma, pero el video resultante, otro oso masculino de época, es la nota al pie perfecta para Fuerza mayor. El clip está en YouTube. Vale la pena echarle un ojo.

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