Opinión

Fuerte sesgo

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El expresidente Felipe Calderón visitó Venezuela. (Reuters)

Desde siempre ha habido quejas acerca del centralismo. Una parte no menor de nuestro siglo XIX fue el conflicto entre el centro y las regiones, que se aminoró en el siglo XX más por obra del autoritarismo y del particular sistema político que tuvimos, que por haberse corregido.

Como usted recordará, el régimen de la Revolución contaba en cada rincón del país con al menos dos personas que competían por el control político, el líder territorial y el corporativo. Sin importar el tamaño de la localidad, estaba el presidente municipal o el líder territorial del PRI, y estaba enfrente el líder corporativo: la CNC en el campo, la CTM (u otras confederaciones menores) en las ciudades con algo de industria, y la CNOP entre comerciantes, transportistas y algunos otros gremios.
Así, era imposible que una región pudiese rebelarse frente al poder central, era la versión extrema de “divide y vencerás”.

En parte, la transición en México fue producto de esa rebelión, que inició en los años ochenta, con el PAN en el norte y occidente del país, y el PRD poco después en el centro-sur. Eso, sin embargo, no corrigió el problema entre el centro y las regiones. Más bien lo que ocurrió fue que el debilitamiento del régimen se acompañó de un incremento muy significativo del poder de los gobernadores, de forma que hoy, en lo político, las regiones importan más que el centro.

Pero no es así en todo. Los dos sectores que, en mi opinión, menos han aportado al avance de México siguen sumamente concentrados: medios y academia. Aunque hay algunas estaciones de radio y TV, y algunos periódicos, con importancia local, el peso de la opinión del DF los avasalla. Lo mismo ocurre en la academia, porque son pocas las universidades estatales con fuerza en la creación de ideas.

Esto significa que la interpretación de lo que ocurre en México tiene un fuerte sesgo defeño. Para quienes viven en el norte, eso ha sido evidente desde siempre, pero en las últimas décadas mucho más, porque los problemas del narco, y del crimen organizado (que no siempre son lo mismo), era como si no existieran. Puesto que en el DF eso no se veía, simplemente no existía. Acaso el incremento en secuestros despertó un poco la preocupación en la capital del país, pero sólo por un tiempo. Tal vez por eso se ha evaluado con tanta ligereza la decisión de Felipe Calderón de enfrentar al narcotráfico. Más allá de los posibles errores de planteamiento y operación, en el DF les parecía una guerra opcional, o peor, inventada para legitimar al gobierno.

No es sólo en seguridad en donde se nota el sesgo, también con la economía. Puesto que en el DF no se percibe crecimiento, pues entonces el país entero está estancado, sin importar que la mesa central y del norte se estén convirtiendo en una de las regiones de más rápida industrialización del mundo. Nada de eso se ve.

Hace meses percibía yo una interpretación distinta entre las tragedias de San Fernando e Iguala, que atribuí a las redes de contactos de Ayotzinapa con el DF, que no tienen los tamaulipecos. Muchos lectores discreparon en aquel entonces. Pero no vi que la emboscada a policías en Jalisco o la reciente crisis en Reynosa hayan recibido atención capitalina. No la suficiente, sin duda.

Pareciera que en el Distrito Federal no vemos ni los triunfos ni las tragedias al norte de Cuautitlán. Y recuerde, es ahí en donde está la península de Yucatán. Como si nada más existiera de Michoacán a Chiapas, y de Tabasco a Hidalgo. Ah, claro, y la gran Tenochtitlan.

Twitter: @macariomx

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