Opinión

Fuentes y el mito revolucionario

 
1
 

 

Carlos Fuentes

Sin duda una de las palabras clave para entender el siglo XX es la palabra Revolución. Su sombra prestigiosa se sigue proyectando en nuestro tiempo. Dos partidos (el de la revolución institucional y el de la revolución democrática) la siguen colocando en el centro y Morena ha intentado, con éxito, bajo el término “regeneración”, disfrazarla. La palabra implica un regreso al origen para refundarlo todo. Su opuesto es la democracia: una construcción social gradual, milimétrica, aburrida y no exenta de continuos retrocesos.

Varias generaciones se desangraron en el altar de la Revolución. Con lucidez, hubo quien desde el principio supo ver su esencia sanguinaria.

“La Revolución me habría arrastrado… pero vi la primera cabeza sobre la punta de una pica y retrocedí. Jamás veré en el asesinato un argumento de libertad” (Chateaubriand).

Para otros fue sinónimo de libertad y fiesta. En el prólogo de Aquiles o el guerrillero y el asesino (Alfaguara,/FCE, 2016), la novela póstuma de Carlos Fuentes que narra la vida y muerte del revolucionario colombiano Carlos Pizarro, Julio Ortega señala que “Fuentes se adhirió a todas las revoluciones nacionales sólo para terminar decepcionándose de cada una”. Con absoluta frivolidad reconocía Fuentes: “Todas las revoluciones fracasan, pero entre tanto producen momentos muy padres”.

La Revolución, idea incandescente, supone siempre una praxis terrible.

Para Fuentes, la Revolución estaba preñada de futuro, de esperanza. Dejaba de lado algo obvio que ha señalado Todorov: “La Revolución no es más que otra forma de llamar a la guerra civil”. Porque las revoluciones no se realizan entre Estados, son guerras fratricidas entre los que defienden un estado de cosas y otros que desean transformarlo. Inmensos sacrificios humanos en la pira revolucionaria para terminar en lo mismo.

La Revolución mexicana culminó en el PRI, la Revolución cubana derivó en la caricatura dictatorial de los hermanos Castro, hoy día asistimos a los estertores de uno de sus últimos avatares: la Revolución bolivariana y su quiebra en la Venezuela de Maduro. “La Revolución comienza como promesa, se disipa en agitaciones frenéticas y se congela en dictaduras sangrientas que son la negación del impulso que la encendió al nacer”, señaló Octavio Paz (Poesía, mito, Revolución, Vuelta, 1989).

En agosto de 1949, en la revista Hoy dirigida por José Pagés Llergo, a los 20 años, Carlos Fuentes publicó su primer artículo de crítica política.

Poco tiempo después, en 1955, fundó con Emmanuel Carballo la Revista Mexicana de Literatura en donde, además de sus primeros relatos, ensayó aguerridos textos que tenían un blanco preciso: la Revolución mexicana que, a sus ojos, había sido traicionada. Era una idea común en su época. Adolfo López Mateos, autodefinido como el primer presidente socialista de México, había reprimido con extrema crudeza el movimiento de maestros y enviado a la cárcel a miles de ferrocarrileros.

Esa fue la forma como reaccionó el régimen a la presión que sobre él ejerció la Revolución cubana. Una Revolución moría en México y otra nacía en La Habana, pero la fe era la misma: fe en el mito revolucionario.

En 1962 Fuentes publicaría un incendiario reportaje sobre el asesinato de Rubén Jaramillo. Dos años más tarde renunciaría al Consejo de la revista Política en protesta porque en sus páginas había aparecido una crítica a Gustavo Díaz Ordaz, al que Fuentes consideraba un heredero digno de la Revolución mexicana. En 1968 Fuentes publicaría un nuevo panegírico de la Revolución bajo la forma de una exaltada crónica del mayo francés, en el que expresaba su solidaridad con el movimiento estudiantil mexicano. Lo que no impidió que, apenas tres años después, manifestara su adhesión política a uno de los responsables de la masacre en Tlatelolco: “Echeverría o el fascismo”.

Cuando en 1971 Gabriel Zaid pidió a Fuentes que utilizara su enorme prestigio internacional para exigirle a Echeverría una investigación sobre otra matanza, la del 10 de junio en San Cosme, Fuentes se negó a hacerlo y poco después aceptó ser embajador de México en Francia.

Embajada a la que renunciaría en 1977 en protesta por el nombramiento de Díaz Ordaz como embajador en España, el mismo Díaz Ordaz al que años antes había reconocido como heredero de la Revolución mexicana.

La adhesión de Fuentes a la Revolución fue epidérmica. La Revolución, para él, fue un mito muy flexible. Lo mismo implicaba un regreso a la Edad dorada que una Utopía futurista. La Revolución le suscitó adhesiones fervorosas y silenciosas retractaciones. Los muertos y la destrucción que dejaba a su paso eran lo de menos. Lo importante era otra cosa, que antes de su fracaso “producía momentos muy padres”.

Twitter:@Fernandogr

También te puede interesar:

Ocho formas de decir No

Los dueños del Congreso

Los guerreros de Dios