Opinión

Frontera sur

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Ardelio Vargas, comisionado del Instituto Nacional de Migración. (Tomada de Twitter)

La semana pasada tuve el placer de conversar con Ardelio Vargas, comisionado del Instituto Nacional de Migración (INM). El comisionado me explicó las acciones que el gobierno federal ha impulsado recientemente en materia de migración, en particular la “Estrategia de Contención Migratoria”. Esta estrategia se integra por varias acciones. Por ejemplo, se llevan a cabo visitas migratorias a hoteles y giros negros. Sin embargo, su aspecto central ha sido el reforzamiento de la vigilancia en los patios de maniobras y estaciones en las que los migrantes tradicionalmente abordaban trenes de carga.

Después de escuchar la exposición del comisionado, mi impresión es que en el INM –que por años estuvo en franco abandono– se ha iniciado una labor de reconstrucción institucional, y que el gobierno ha recuperado la iniciativa en materia de migración. Como resultado de la Estrategia de Contención Migratoria, se ha logrado reducir sustancialmente el flujo de migrantes en el tren de carga conocido como “La Bestia”, sin lugar a dudas un medio de transporte peligroso.

También se ha registrado un aumento en el número de migrantes que son presentados ante el INM (la cifra en 2014 superó 127 mil, un incremento de casi 50 por ciento respecto a 2013). El principal impacto de este esfuerzo es que el número de migrantes irregulares que alcanzan la frontera norte ha disminuido de forma sustancial. En particular se ha registrado una caída muy significativa en el número de menores no acompañados que son aprehendidos por la patrulla fronteriza de Estados Unidos.

Por supuesto, no todo es color de rosa. La política migratoria que impulsa el INM ha generado rechazo entre los grupos de protección de migrantes, quienes consideran que ésta sólo ha servido para criminalizar a los migrantes. El incansable padre Solalinde actualmente encabeza una caravana conocida como el Viacrucis del Migrante que busca “evidenciar la política migratoria racista implementada por el gobierno federal a través del INM y corporaciones policiacas”. Otros actores han señalado que, al impedir el uso de “La Bestia”, el gobierno federal podría estar empujando a los migrantes hacia alternativas más riesgosas.

Hasta cierto punto, la disyuntiva es ineludible. Más allá de la retórica, existen dos visiones que a veces son complementarias, pero que a veces se contraponen. La primera es que ante todo se debe privilegiar la protección de los migrantes que se encuentren en nuestro territorio.

En el plano de los principios, esta visión es congruente con las demandas de trato digno para los millones de mexicanos que se encuentran de forma ilegal en Estados Unidos. Sin embargo, la solución al dilema humanitario no necesariamente radica en permitir el libre tránsito de todos los migrantes centroamericanos que quieran llegar a la frontera norte. Desafortunadamente, el sueño de un mundo sin fronteras es todavía lejano, y las buenas intenciones en materia migratoria muy probablemente nos llevarían a una confrontación con nuestros vecinos del norte, y a una crisis humanitaria si grandes grupos de migrantes permanecieran varados por meses en espera de cruzar hacia Estados Unidos.

La segunda visión es que México debe enfocarse en desincentivar la migración irregular por medio de la detención y deportación de migrantes. Esta segunda visión es congruente con el interés de Estados Unidos. Desde un punto de vista pragmático, México puede beneficiarse al fortalecer su posición en la relación bilateral si continúa, como al parecer hace de forma cada vez más eficaz, privilegiando la contención. Sin embargo, tampoco podemos ser indiferentes ante el sufrimiento que ocasiona la estrategia de contención. Muy probablemente el número total de migrantes se ha reducido, pero también es probable que quienes actualmente se internan en el país lo hagan en condiciones de menor visibilidad y mayor precariedad que cuando existían rutas migratorias consolidadas.

El tránsito de migrantes en México es particularmente peligroso porque pretendemos subsanar a lo largo del camino –con operativos y retenes– lo que no hacemos en la puerta de entrada. A pesar de los esfuerzos que actualmente impulsa el gobierno, nuestra frontera sur sigue siendo, en términos generales, un espacio abierto al tráfico de toda índole (por ejemplo, el INM tiene identificados 370 pasos informales, y 56 cruces vehiculares informales). Ninguna solución es perfecta. A fin de cuentas, las leyes migratorias se contraponen al sueño de millones de personas que en su inmensa mayoría sólo buscan una vida mejor.

Inevitablemente, la tarea de hacer cumplir esas leyes es una labor ingrata. Sin embargo, buena parte del sufrimiento que los migrantes centroamericanos padecen en nuestro país podría evitarse. Para lograrlo, una alternativa sería que en el largo plazo México desarrollara la infraestructura necesaria para tener un mayor control sobre los flujos migratorios en la frontera sur. De esta forma también sería viable permitir que quienes se internaran en territorio nacional pudieran seguir su camino sin tomar riesgos innecesarios.

Twitter: @laloguerrero

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