Opinión

Fotografía del macho alfa priista (o cómo preparar las cartas para 2018)

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Enrique Ochoa Reza y Manlio Fabio Beltrones en una comida. (@MFBeltrones)

No hay que irse con la lectura superficial que quieren esparcir sus adversarios. Ni es ingenuo, ni tecnócrata, ni mucho menos un alma pasiva. Es un lobo político. Lo que se debe leer de la imagen emanada de una comida entre Manlio Fabio Beltrones y Enrique Ochoa Reza en conocido restaurante de Polanco esta semana es la de dos machos alfa –uno maduro y en retirada, otro joven, en pleno ascenso– cuidando las formas, guardando las garras detrás de las sonrisas.

La fotografía, distribuida por Ochoa y Beltrones en sus cuentas de Twitter con la idea nominal de despejar dudas de ruptura y mostrar un frente unido entre líder saliente y entrante, dice mucho. El restaurante luce vacío o ha sido vaciado para ellos (hay quien sostiene que la comida duró seis horas). Ambos, por los platos que tienen enfrente, apenas han terminado el postre y pedido café. Llamativamente, los dos tienen un puño cerrado, símbolo de combatividad. El cuerpo de Ochoa se halla ligeramente inclinado hacia el de Beltrones, quien opta por no reciprocar y guarda la sana distancia. Los brazos con los que se tocan las espaldas lucen rígidos. Como diciendo sin decirlo: Te quiero cerca, pero no tanto.

Imagen aparte, el nuevo depredador ápice del PRI llega a su dirigencia no sólo con la fuerza de haber sido ungido por su único superior, el presidente Enrique Peña Nieto, sino con la que viene de su propia dureza. Ochoa toma el cargo con un amplio repertorio de armas. Desde sus conocimientos jurídico electorales, hasta su sangre fría, un activo siempre útil en la política.

Quienes le conocieron en la CFE dicen que es implacable y que goza de hacer uso de una pesada mano de hierro. Sabe del poder. Lo ejerce. Lo ejerció a rajatabla cuando dobló a Víctor Fuentes del Villar, líder del Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (SUTERM) en la negociación de un nuevo y desventajoso contrato colectivo de trabajo. Es algo que sucesivos directores de la empresa no habían podido hacer.

En Insurgentes Norte no son pocos los que tiemblan ante el estilo de Ochoa, evidenciado el día de su registro, cuando con un folder en la mano gritó y gesticuló agresivamente, casi hasta perder el estilo. Nuevamente, el análisis de la imagen: las venas del cuello hinchadas, la mirada encendida, la voz en tonos graves. No era un hombre pidiendo apoyo. Se trataba de alguien advirtiendo que viene a mandar.

En el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, en donde pasó buena parte de su etapa formativa, muchos preferían simplemente darle la vuelta. El mal humor y la dureza del ahora presidente nacional tricolor eran legendarios y se volvió habitual verle resolver sus diferendos como en el viejo oeste: en público, a gritos y con la mano en la cadera. Sus choques de pasillo eran épicos.

Eso es lo que narran quienes le conocieron por su paso en el Trife, en donde fue el operador más afilado y temido de la magistrada María del Carmen Alanís. Cuando la presidenta del Tribunal quería que algo se resolviera, se le confiaba al entonces joven maravilla, un muchacho que despuntaba en las filas del Poder Judicial, abriéndose paso con cuchillo hasta convertirse en uno de sus más poderosos funcionarios.

En menos de tres años pasó de titular del Centro de Capacitación Electoral, a secretario particular de la magistrada presidenta. Una posición que abre y cierra puertas en el Tribunal y que da acceso a quien ocupa su oficina a personajes del verdadero poder. A los que quitan y ponen. A los que definen elecciones y gobiernos.

Por eso es que detrás de su llegada a la presidencia priista yace un fino cálculo político a futuro que corre por dos pistas: la inmediata y la de mediano plazo. Ochoa no es una ocurrencia. En un escenario como el actual, con una elección presidencial que probablemente terminará en tribunales, no hay ningún dirigente partidista que tenga el know how judicial electoral del líder tricolor. Para el PRI el juicio del 2018 empezó ya hace unos días.

En no más de cuatro meses, el Tribunal Electoral renovará por completo a sus siete magistrados. El órgano que calificará la que podría ser una de las elecciones más cerradas de las que se tenga registro iniciará de cero, con personalidades y lealtades políticas nuevas. En las próximas semanas los partidos abrirán una durísima pelea para colocar al mayor número de magistrados de cara a las elecciones de 2018. El destino del nuevo Trife se juega en unas semanas y Ochoa estará en primera fila.

¿Y quién mejor para liderar ese proceso, el de la selección de los nuevos magistrados, que un lobo electoral, un macho alfa, que se las sabe de todas todas en el Trife?

Twitter: @vhmichel

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