Opinión

Fortalezas y debilidades

 
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AMLO y Meade. (Especial)

Las encuestas que diferentes medios, como EL FINANCIERO, han publicado ya con mediciones entre candidatos concretos, son apenas los primeros acercamientos a dos temas definitorios en las futuras campañas: preferencia electoral y percepción de candidatos.

¿Cómo los percibe la ciudadanía? Y en razón de ello, ¿qué respaldo, credibilidad o preferencia les otorga? Serán los elementos determinantes del resultado.

Y ahí queda aún mucho por escribirse. La ventaja contundente que AMLO demuestra en todas las mediciones hasta ahora conocidas, no es a prueba de balas ni –en este caso en particular– de errores o autoboicot. El disputado segundo lugar entre un Frente aún inexistente y plenamente cohesionado, eleva muchas expectativas del candidato o candidata, que se convierte en el contendiente directo de Andrés Manuel.

Lo que sí podemos desde ahora, a partir de lo que demuestran las cifras y de cómo se ha movido el escenario político, es dibujar algunas características de cada candidato.

Andrés es un líder social indiscutible, con enorme experiencia electoral –el que más– y con el registro de conocimiento público más alto: 95 por ciento. Más de nueve de cada 10 mexicanos sabe quién es, y ese no es el caso de sus contrincantes. Posee la sencillez del pueblo –dicen sus simpatizantes–, la capacidad de hablarle a la gente en su contexto, de igual a igual. Un sector importante del electorado, los niveles socioeconómicos más bajos, lo ven como su igual, como un auténtico representante de segmentos que, tradicionalmente, se han sentido marginados por el aparato político: “Sólo nos usan para pedir el voto y luego no vuelven”, registran las encuestas nacionales.

AMLO se ha construido, además, esta especie de liderazgo ético o preeminencia moral, que pretende autocolocarse por encima de los demás. Hábil medida sustentada, según su propia opinión, en su honradez y su probidad a lo largo de su vida política. Impecable, pero la premisa es falsa, porque los hechos demuestran que la honradez y los principios morales en el sector público no se trasladan por ósmosis. El buen ejemplo, como él sostiene, no es suficiente y están los malandrines y truhanes que lo rodearon en su gobierno capitalino. Es decir, aunque la cabeza sea honrada, no depende de la persona, sino de la fortaleza de las instituciones. Principio que, con frecuencia, Andrés rechaza.

Pero les guste o no a todos quienes siguen atentos el devenir político y electoral, Andrés ha convertido esa 'supremacía' en una fortaleza bien vendida, y debo decir, aceptada y comprada por muchos electores.

Tiene la debilidad enorme del enojo y la víscera que le gana y se apodera de él y de su discurso. La retórica de Andrés oscila entre la moderación de la esperanza y la reconciliación: “No voy a perseguir a nadie”; “perdono, pero no olvido”; “considerar una amnistía para criminales”, hasta la radicalización y la diatriba contra el establishment, los partidos, la mafia del poder y el aparato político. Es generalmente un lenguaje duro, ácido, irónico, que descalifica y que se dirige con éxito a su nicho duro de electores.

Pero en esa misma proporción, lo aleja del sector medio del electorado. A quienes no son seguidores acérrimos –pejezombies–, sino electores que rechazan al PRI y al PAN, ese enorme segmento de indecisos que inclinará la balanza, le asusta y le desalienta el Andrés combativo y denunciante. No les agrada la idea de un presidente que asuma esos tonos y preocupa de forma extendida que pueda perder los estribos y enojarse –como hace en campaña–, sólo que sentado en la silla del águila.

En contraste, José Antonio Meade procede y representa otro sector por completo distinto del líder social. Es un académico, un investigador y estudioso, dos licenciaturas, maestría, doctorado. Es un técnico –para bien y para mal–, un hombre formado en el neoliberalismo económico, descendiente de esa escuela y de esa forma de pensamiento.

Tiene la debilidad del territorio, del municipio, de la sierra y del monte, del contacto con comunidades que su adversario domina y conoce, hasta saluda a la gente por su nombre. El breve recorrido de Meade por Sedesol (13 meses) apenas alcanzó para un bautizo de caminos y comunidades. Ya apuntábamos la debilidad del tono y la palestra, el discurso vigoroso del candidato que convence, que conquista y subyuga. Meade está acostumbrado a la conciliación de los consejos, los pasillos del Banco de México, las sesiones de trabajo en Hacienda, producto de lo cual es su tono: centrado, preciso, mesurado, nunca acalorado ni vociferante. Ventaja clara para algunos sectores que lo perciben como su tono demuestra, desventaja tal vez frente a otros segmentos del electorado que esperan al candidato de las sentencias y los apotegmas: aquel que demanda justicia con voz al extremo, o que dramatiza su pasión por la patria y por los desposeídos.

Fortalezas son el conocimiento y la experiencia, la trayectoria pulcra y sin mancha; desventaja, la habilidad para contactar con todos y en todas partes.

Curiosamente ambos –en el Frente no hay nadie todavía por el forcejeo entre Mancera y Dante–, los aspirantes del PRI y de Morena, están obligados a conservar el voto duro de sus seguidores, pero los dos tendrán que modificar posiciones y discurso, estilos tal vez, para conquistar el voto de los otros: el voto de los antipriistas, que son muchos, y el voto de los antipeje, que también son muchos.

El balance entre fortalezas y debilidades, el talento para moverse de su sitio y atraer a otros sin desatender o desalentar a los propios, será tal vez una de las claves de la campaña.

Twitter: @LKourchenko

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