Opinión

Finding Dory: Pixar se luce otra vez

 
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Finding Dory. (www.taormina.it)

 

Hay mucho que admirarle a Pixar, el estudio que desde el estreno de Toy Story en 1995 ha transformado la animación. Sus mejores películas corren riesgos narrativos, no solo en los temas que tocan –Inside Out plantea una defensa emocional de la tristeza, por ejemplo–, sino en la manera como los abordan. La primera parte de Wall-E prácticamente no tiene diálogos y Up arranca con un conmovedor montaje que condensa las alegrías y tristezas de un largo matrimonio. Ambas se despeñan en caricaturas medio burdas hacia el final, pero olvidemos eso por un instante. Salvo contadas excepciones, Pixar intenta no repetirse. En el panorama del cine comercial, eso ya es ganancia.

Finding Dory es la secuela de Finding Nemo, en tanto que comparten algunos personajes (Nemo, Marlin, las tortugas surfer) y un ápice de trama. En esta ocasión es Dory quien va en busca de sus padres, a los que extravió cuando era un pececito. Siempre ha tenido problemas con su memoria: le cuesta trabajo recordar el pasado distante y el inmediato. Con las pocas claves que tiene, y lo que va recordando sobre la marcha, Dory va en busca de sí misma (de ahí el título). La premisa les permite a los directores Andrew Stanton y Angus MacLane entrar a terrenos narrativos similares a Hook, de Steven Spielberg, donde Peter Banning debía recobrar su infancia a través de lugares y objetos antes de volver a ser Peter Pan.

Finding Dory
Director: Andrew Stanton y Angus MacLane
País: Estados Unidos
Productores: Lindsey Collins, John Lasseter, Bob Roath
Duración: 103 mins.
Cines: Cinépolis y Cinemex

La historia funciona pese a las libertades convenientes que Stanton y MacLane se toman con la condición de Dory. Nunca sabemos a ciencia cierta cómo funciona su Alzheimer, qué tan rápido olvida, por qué es capaz de recordar a Nemo, pero no a sus padres, o qué necesita hacer concretamente para recuperar un recuerdo. En este caso, sin embargo, quejarnos a detalle de algunas inconsistencias es buscarle seis patas al pulpo. A partir de que llega al acuario donde Dory creció, la película adquiere una energía infecciosa y un ritmo acrobático, brincando de una puesta en escena a otra y presentándonos un elenco animal que, incluso para la protagonista, resulta inolvidable.

Finding Dory brilla por la especificidad de sus personajes: Hank (Ed O’Neill), un pulpo camaleónico y cascarrabias; Destiny (Kaitlin Olson), una tiburón ballena miope; Bailey (Ty Burrell), una beluga hipocondriaca y, en un guiño a The Wire, Fluke (Idris Elba) y Rudder (Dominic West), dos leones marinos que se saben todos los trucos de la cuadra. En contraste con la riqueza del variopinto coro animal están los empleados y visitantes del acuario: presencias tangenciales, pero estorbosas, con cuerpos redondos, voz aletargada y mirada boba. La mejor secuencia de Finding Dory ocurre en una suerte de petting zoo acuático, donde un grupo de escuincles mete las manos al tanque para toquetear (y lastimar) moluscos como si los animales fueran juguetes. Stanton y MacLane no tienen que presentar un alegato explícito a favor de la vida salvaje. Sus decisiones estéticas dicen más que 100 videos de Greenpeace.

Stanton y MacLane tocan fibras sensibles y después se avientan un clavado a las siguientes secuencias de acción, toda una delicia de ingenio y humor, culminando en un circo absurdo, con el mejor uso de cámara lenta que he visto en mucho tiempo. Como espectador adulto agradezco que el cine vaya primero y la moraleja y el sentimentalismo después. Antes que nada, Finding Dory es un espectáculo.


Twitter:@dkrauze156

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