Opinión

Filantropía. Parte I.
Emilio Botín, 'in memoriam'

  

La semana pasada falleció Emilio Botín, presidente del Grupo Santander, uno de los filántropos más importantes de España. A través de la Fundación Botín, creada por su padre Marcelino Botín Saenz en 1964, estimuló la producción artística, la investigación científica y la educación como nadie más en aquel país.

La misión de la Fundación Botín se enfocó, primeramente, en las necesidades y desarrollo de la zona de Cantabria. Después se amplió a toda España. Ahora sus programas son internacionales y se han extendido, sobre todo, a Latinoamérica.

Es común ver cómo grandes empresarios recurren a la filantropía como parte del compromiso social de sus compañías. Pero, ¿cuáles son los beneficios de de este tipo de acciones para los hombres de empresa? En una columna pasada hablamos sobre las fundaciones de arte.

Dijimos que eran agentes importantes para difundir, apoyar y estimular las diversas escenas artísticas, cooperando con los grandes capitales, las instancias gubernamentales y las organizaciones civiles. Pero más allá de eso, y de la buena imagen social que se puede alcanzar, la filantropía es compromiso social a gran escala.

A diferencia de la caridad, donde el “benefactor” da lo que él cree conveniente, la filantropía tiene un alcance mayor. Es más institucional y amplio su espectro de acción. La capacidad de manejar donaciones millonarias ofrece, también, la oportunidad de cambiar el rumbo de una comunidad, de una escena artística, las condiciones de vida de los habitantes de toda una región o hasta la cura de alguna enfermedad crónica.

Los estímulos fiscales –que a veces suelen ser insuficientes– no son la principal razón que anima a los empresarios a ser filántropos. Es el reconocimiento del capital simbólico y la inversión en esa actividad. Sí, al final del día la filantropía es una inversión pues no sólo el dinero o los bienes económicos son capital, sino los recursos intangibles sociales y culturales como el arte, la educación, el conocimiento científico hasta los recursos humanos con sus talentos y habilidades.

Al invertir en intangibles, las mejoras sociales se expresarán en una economía más dinámica que beneficia a toda una nación. Desafortunadamente, en nuestro país es una práctica muy precaria, tanto que carecemos de grandes patronos de artes en danza y teatro; en artes visuales podemos contarlos con los dedos de una mano.

Lo que tienen que entender los políticos y los empresarios mexicanos es que los cambios sociales no se dan por arte de magia a través de dádivas paternalistas y limosnas encubiertas de caridad. Los que manejan grandes capitales tienen un compromiso que, al mismo tiempo, es una gran oportunidad de incrementar capital por otras vías distintas a las tendencias del mercado.

En palabras del empresario mexicano Manuel Aarango Arias, presidente de Grupo Concord y Grupo CostaBaja: la filantropía es fundamental: el recurso humano es lo mejor de un país, y cuando ese recurso, aparte de preocuparse por su bienestar y el de los seres cercanos a él, se preocupa parcialmente por el bien de los demás, es un activo que no tiene límite.