Opinión

'Fifty Shades of Grey', la película menos erótica del mundo

   
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50 sombras de grey

Decir que Fifty Shades of Grey es una película erótica es un insulto para el cine erótico. Podríamos cotejar su fenómeno mediático con el de otras cintas en las que aparecen escenas de sexo más o menos explícito como Last Tango in Paris, Basic Instinct o 9 ½ Weeks, pero los códigos morales contemporáneos son tan distintos a los de otras décadas que la equiparación resultaría ociosa. Lo que sacudió a las buenas conciencias en 1972 hoy en día no incomodaría ni a un niño de primaria.

Last Tango in Paris sólo se parece a Fifty Shades en la superficie. Es cierto que, al igual que en 9 ½ Weeks, las premisas gravitan en torno a la relación entre un hombre medio perverso y una mujer joven, bonita y tan inocente que no sabría cómo sacar un condón del empaque aunque le pusieran una pistola en la sien. Sin embargo, la joya de Bernardo Bertolucci se centra en la sexualidad desde un ángulo que Fifty Shades no puede, ni pretende, abordar. Last Tango in Paris es una historia sobre sexo, en toda la extensión de la palabra: sobre cómo el sexo confunde, somete, pervierte y lastima. La sexualidad es un idioma con el que los personajes se expresan o se disfrazan. Hay cuatro escenas de cama y ninguna es igual a la anterior: la primera es instintiva, torpe, feroz; la segunda es enternecedora; la tercera es humillante; la cuarta, patética. Los distintos registros eróticos cuentan la historia. A diferencia de como ocurre con Fifty Shades, la película no se detiene cuando los personajes se desnudan: la película avanza.

Dice mucho de la distancia entre ambas que Last Tango in Paris sea capaz de hacer de París un sitio monocromático y decadente mientras que en Fifty Shades hasta una ferretería parece la antesala del Edén. Tiene más en común con un cuento de hadas como Pretty Woman que con cualquier obra erótica. Christian Grey, el magnate/maniquí que conquista el corazón y la entrepierna de Anastasia Steele, es un príncipe de Disney con suscripción a Cinema Golden Choice.

No es coincidencia que hace poco se hayan estrenado una serie de memes en los que princesas y príncipes de Disney recrean escenas de la trilogía escrita por E. L. James. Grey no es un personaje, sino un cúmulo de clichés del anhelo femenino: quizás por eso a la producción le tomó una eternidad elegir a un actor que aceptara un papel tan elemental. Jamie Dornan, el encargado de interpretar a este Adonis, es tan carismático como una cuchara, pero quizás ese es el punto: ser una cara bonita, con látigo en mano y harto dinero en la cartera, suficientemente hueco como para que las fanáticas del libro puedan proyectar en él todas las virtudes que buscan en su príncipe azul. La oscuridad de Brando en Last Tango in Paris habitaba detrás de sus pupilas: en su manera de observar el gris parisino desde el balcón, antes de desplomarse, justo después de dejar su último legado sobre la tierra: un chicle en el barandal. En Grey, la oscuridad está en el traje y la corbata; sus demonios son accesorios. Brando tarda dos horas en revelarnos a su personaje, mientras que Grey abre las puertas de sus rincones más íntimos a los 20 minutos. En uno, el horror se oculta. En el otro, el “horror” se manifiesta de entrada.

Así ocurre porque no hay ningún verdadero dolor u horror que esconder. Fifty Shades of Grey es probablemente el título más inadecuado en el cine reciente. No son cincuenta sombras grises. Solo hay un papel tapiz. Y es color de rosa.


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