Opinión

¡Feliz cumpleaños, John Cage!

  

Mañana, 5 de septiembre, el compositor John Cage cumpliría 102 años.

Es difícil pensar en otro músico cuya influencia en el arte de finales del siglo XX haya sido tan determinante. Podríamos mencionar también a Karlheinz Stockhausen y Philip Glass, pero lo particular de Cage es que, además de transformar la composición contemporánea, sus procesos, métodos, investigaciones y escritos permearon a otros ámbitos como las artes visuales, la danza y el naciente performance, pues una de las ideas fundamentales en su trabajo es el desvanecimiento de las fronteras entre disciplinas artísticas. Según el compositor, todas tienen en común un mismo medio: la vida misma.

Esto es esencial para entender el arte de postguerra, del que hablamos hace unas semanas.

John Cage estudió música en California y Nueva York en la década de los 30, teniendo como maestros a los compositores experimentales Henry Cowell y Arnold Schoenberg. Después de trabajar por años en el sistema tradicional de 12 tonos –sistema europeo, cabe mencionar– se dio cuenta de que esa estructura armónica “aprisiona el sonido” y lo intelectualiza. Su composición se dirigiría entonces hacia la fisicalidad del sonido como fenómeno acústico y sobre el silencio como experiencia sonora. El azar, la improvisación, la renuncia de la intención, las filosofías budistas-zen y el humor serían elementos cruciales en sus métodos de creación y enseñanza.

Lo relevante en la obra de Cage que tanto contribuyó a las prácticas artísticas, es que demanda al espectador una actitud completamente diferente durante la escucha, menos mental y más perceptiva, que cancela cualquier relación artificial o forzada entre los sonidos, para dejarlos ser tal cual son, incluyendo el ruido y sobre todo el silencio, que después de John Cage no podemos pensar y percibir igual.

Su pieza más conocida es, sin dudarlo, 4’33”, que sobrepasa la composición musical para volverse un performance. Se estrenó el 29 de agosto de 1952 por el pianista -gran amigo y colaborador de Cage- David Turot, quien sólo se sentó frente al piano, en silencio, por cuatro minutos y treinta tres segundos. Los sonidos comunes de una sala de concierto comenzaban a predominar: susurros, los tosidos ansiosos, el rechinar de asientos, pasos, etcétera.

Cage buscaba que se percibiera el silencio o más bien, su inexistencia. Pero hay un sinfín de obras suyas que fueron más influyentes en las escenas artísticas y musicales, como Indeterminacy, de 1959, donde el autor cuenta historias sobre hechos cotidianos de su vida y amigos mientras, en una habitación aparte, David Turot improvisaba al piano, sin que ninguno oyera lo que el otro interpretaba; o la invención del “piano preparado”, que surgió de una propuesta para musicalizar una pieza dancística.

Podríamos destinar decenas de columnas al trabajo y pensamiento musical de John Cage y cómo estableció nuevos paradigmas en la música, la danza y en las artes visuales, en un clima de experimentación y quiebre de antiguos modelos europeos. Pero independientemente de eso, la obra de Cage es una enseñanza de vida que nos muestra cómo ver, escuchar y experimentar nuestro día a día con sorpresa y sin prejuicio.