Opinión

Felicidad y filosofía

 
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Foto temática mujer empresaria. (Reuters)

Si alguna palabra la ha descrito durante mucho tiempo es pesimista.

En secreto, se ha sentido orgullosa de serlo, de no creer en nada ni en nadie, de su abrumador talento para desilusionarse, para encontrar la falla, el error, el déficit, la mancha.

Con el paso del tiempo se dio cuenta que sufría mucho siendo así y que había otras personas que, aunque parecían más simples y menos profundas, eran capaces de encontrar caminos sencillos y accesibles para sentirse bien. Reconoció que existen humanos que no se quejan de todo y, que cuando les preguntan, se declaran razonablemente felices, dado el mundo en el que les ha tocado vivir. No son insensibles, ni inconscientes, ni sienten frialdad ante las injusticias; sólo no han perdido la capacidad de ver lo bueno y bello que les rodea.

Después de una larga época de desesperanza comprendió que su inteligencia no le estaba sirviendo para sentirse bien y sí para destruir todo con su compulsión por la crítica, que prefería entender (justificar) como sana inconformidad frente a un mundo cruel y repugnante . Sin saberlo se dirigía por la vía corta y a toda velocidad hacia la amargura; hacia la pérdida de la ilusión y la inocencia necesarias para creer en el amor, la bondad, las excepciones de toda regla y todo cuanto es necesario para encontrar sentido de vida.

Se ve al espejo y observa a una mujer siempre ocupada, sin tiempo para reflexionar libremente ni para hacer de sus elecciones, actos ponderados. La presión en el trabajo y los ideales inalcanzables de éxito y productividad, la consumen.

Buscando respuestas se acerca a la filosofía y encuentra algunas ideas que la conmueven, aunque sabe bien que la teoría sin practicar no sirve de mucho. Comienza por descubrir que sus emociones son una guía que usa poco. Razonar sobre el camino que la ayudará a estar más contenta no es suficiente. Debe encontrar el deseo, que en la mente suele escucharse como un “quiero hacerlo”, que va más allá del placer inmediato. Lo que necesita, ahora lo puede ver, es huir de la desesperación y dejar de enfocar su atención en todas las cosas que no son como quisiera.

Lleva muchos años culpando al entorno de su incapacidad para estar contenta. Tiene que aceptar que las condiciones externas, el lugar de nacimiento, su familia, son sólo una parte de la posibilidad de ser feliz.

La otra parte son sus decisiones.

Existen personas felices, viviendo en circunstancias muy diversas. La genética y el ambiente son importantes, pero no son un obstáculo infranqueable para quien realmente quiera sentirse mejor.

La filosofía nos enseña que la felicidad puede entenderse como una forma de ser. Se es feliz porque se ama la vida, pase lo que pase, bueno y malo.

Últimamente piensa mucho sobre el significado de “dejar ir las cosas”, que antes le parecía una frase cursi y nada más. Hoy empieza a entender que a veces, aunque dé su mejor esfuerzo,
no puede controlar los resultados. Dejar ir también significa
ser abierta y flexible a la posibilidad de encontrar bienestar en formas inesperadas, en lugares improbables.

Encontrar su verdadera naturaleza es otra idea que durante mucho tiempo le sonó incomprensible. Hoy entiende que se trata de introspección honesta, autoobservación y que la clave está en los sentimientos que surgen cuando elige un camino u otro: algunas decisiones la hacen sentir alegre, otras triste y desesperada. Moverse en dirección a la alegría, una obviedad que fue invisible durante mucho tiempo.

Pensar que la felicidad depende de ella no es optimismo ramplón. Significa que es necesario esforzarse todos los días para alcanzar una mente más equilibrada, capaz de estados sostenidos de bienestar y con mayor fortaleza para enfrentar el lado oscuro de la existencia.

Twitter: @valevillag

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