Opinión

Farhadi y Silha-Slade: remitiendo

I. LA PRUDENCIA BIENHECHORA. En El pasado (Le Passé, Francia-Italia, 2013), edificante filme 6 del aún muy apreciable aunque oscareado autor total iraní de 41 años Asghar Farhadi (Bailando en el polvo 03, Una separación 11) ya siguiendo con firmeza los pasos cosmopolitas de Abbas Kiarostami, el ecuánime cuarentón iraní Ahmad (Ali Mosaffa) acude amablemente al llamado de su explosiva excompañera la farmacéutica francesa Marie (Bérénice Bejo) para formalizar su divorcio y, sin preverlo, una vez alojado en su casa, enterarse de la necesidad de es e trámite para que ella pueda casarse con el joven tintorero árabe físicamente idéntico a él mismo Samir (Tahar Rahim), pero también debe hacer acopio de prudencia bienhechora para intentar desfazer los recónditos y complejos entuertos causantes del caos sentimental que afecta las relaciones de la mujer con el pequeño Fouad (Elyes Aguis), el hijo insumiso de su nuevo galán, y con las hijas propias que tuvo con una pareja todavía anterior, la aún dulce chavita Léa (Jeanne Jestin) y la terrible adolescente ya desertora familiar Lucie (Pauline Burlet), quien culpa a su madre de haber orillado al intento de suicidio y al estado de coma a la esposa del indeciso inmaduro Samir, pero ella misma capaz de contribuir a esa extrema decisión al haberle mandado los e-mails románticos que le enviaba el marido a su flamante amada absorbente Marie.

La prudencia bienhechora emula, sin amarga ironía ni sarcasmo destructivo alguno, la estructura de un antithriller familiarista en el que los delitos a perseguir serán la desarmonía, las desavenencias, los enfrentamientos y los ajustes y rearreglos emocionales de criaturas comunes, e incluso intelectualmente limitadísimas, queriendo satisfacer a toda costa demandas afectivas que se expresan, como en general suelen hacerlo, por ocultos caminos contradictorios y mediante apasionadas discusiones circulares y eternas, pero con intensidades sentimentales y emotivas en perpetuo aumento y exasperación, hasta alcanzar alturas insospechadas e inigualables por los melodramas condenatorios de antemano del cínico cine occidental de hoy (tipo Aires de esperanza de Jason Reitman 13), aunque sólo sea para terminar echándole la culpa de todo a los confusos resentimientos de una temerosa empleada ilegal llamada Naïma (Sabrina Ouazini) de la tintorería árabe.

La prudencia bienhechora goza de una cálida y esplendorosa ambientación doméstica, gracias a la conjunción del abigarrado director de arte Claude Lenoir y el elegante fotógrafo iraní Mahmud Kalari, quienes, al interior de un filme en apariencia fundado sólo en un concierto de actuaciones tan impetuosamente corporales cuan reflexivas, valoran estéticamente todas las ostentosas invenciones y profundas audacias formales del relato: esas continuas elipsis del sonido tras los cristales del aeropuerto o de la tintorería, la sorprendente o de plano virtuosística contracción/distensión de una unidad de tiempo que sólo cuenta con unas horas diurnas/nocturnas/matinales para desarrollar la complicada acción, la zarandeante sístole-diástole de un original sistema narrativo pulsional que ya se manifestaba con igual lujo de epifanías morales en Una separación, la sutil observación recurrente de las avanzadas relaciones entre niños y adultos sean éstas respetuosas o denostadoramente irrespetuosas, y esa sensación de urgente necesidad de liberarse del Pasado que da imperioso sentido humanístico al título global del filme.

Y la prudencia bienhechora acaba contemplando al mesiánico sentimental forastero intruso abandonar con envidiable serenidad asiática el campo de batalla familioeuropeo, donde los niños ñoños vuelven a jugar juntos, la rebelde hija adolescente acepta los apapachos de la madre crispada ambas al fin reconciliadas y el árabe enamoradizo se atreve a intentar la aromoterapéutica reanimación perfumística de su rubia esposa en estado de coma Céline (Alexandra Klebanska) ya no inmostrable, porque la sabia trama está demostrando, como última evidencia aforística, que el arte actual y la equilibrada madurez admirable no son sino acendrados vicios iraníes y que el malhumor y la imprudencia siguen siendo congénitas virtudes francesas, unos y otras siempre redimibles.

II. LA ALEGRÍA CONTRACULTURAL. En Big Joy: las aventuras de James Broughton (Big Joy: The Adventures of James Broughton, EU, 2013), magna evocación biográfica hiperdocumentada de los cineastas gays Stephen Silha y Eric Slade, traza de manera totalizadora y contundente la intermitente trayectoria creativa marginalista y la inasible figura personal del apasionado poeta coloquial y estridente filmador vanguardista bisexual James Broughton (1912-1999), en el centenario de su nacimiento, si bien hoy francamente olvidado fuera de los ámbitos universitarios estadounidenses e internacionalmente casi desconocido por completo, tal como lo recuerdan sus amigos y expertos, examantes de ambos sexos, literatos, cineastas (a la cabeza el prolífico cinexperimentalista George Kuchar) e incluso una excolaboradora coreógrafa entusiasta (Ann Halprin), en antiguas filmaciones o sólo en audios de época (como los de su efímera expareja la futura cinecrítica dominadora Pauline Kael, al lado de quien engendró un hijo con taras físicas), pero sobre todo haciendo una increíblemente profusa recopilación de sus propias insólitas declaraciones e insertando extractos muy representativos de sus diarios y sus inclasificables 21 cintas líricas de cortometraje, que en su momento se consideraron determinantemente marcadas por la célebre rompedora vanguardista antiHollywood Maya Deren e influidas por su ídolo Jean Cocteau (quien lo premió en un festival de Cannes), entre ellas su archipromiscua obra maestra La cama (68), en muchas de las cuales subsisten insistentes apariciones suyas en jubiloso ego-trip sobre desatados textos poéticos escritos ex profeso por él, y culminando con su efigie de lúbrico viejecillo de 61 a 87 años, reerotizado por el joven cineasta Joel Singer de 26 a 52 (su codirector-cointérprete en Canto al cuerpo-Dios 77, Devociones 77 y Restos desparramados 88) por quien dejaría a su devota mujer por décadas Suzanna Hart con sus tres hijos (sólo uno aceptó ser beatíficamente entrevistado) y que lo acompañaría hasta su muerte, aún allí invariablemente impregnado de una contagiosa alegría contracultural, incontrolable y multiforme.

La alegría contracultural se basaba en el éxtasis de la liberación sexual ante todo y fue cambiando de apariencia, folclor y pintoresquismo juvenil, a medida que las generaciones fueron sucediéndose y superándose dialécticamente (¿no llegando a ser más que una traslación cada vez menos herética del “Ama y haz lo que quieras” de San Agustín?), siendo primero excéntrica y disidente (durante sus precursores inicios poéticos surrealistas en los 40s), luego pionera y lunar (al estallar el movimiento beat que lo haría formar parte de él en su repudiada versión de San Francisco hacia los 50s), enseguida desafiante y subversiva (al ser incorporado sin cortapisas a la cultura jipi-lisérgica en los 60-70s), para acabar siendo nostálgica y solitaria ya en la normalización académica (nimbada de gloria de los 80-90s), con sus caudalosas parrafadas luminosas, tanto verbales como celuloidales, diríanse californianas en exceso.

La alegría contracultural se declara bajo la indispensable advocación de un trinomio creador (“Intuición + articulación + sagacidad”), finca sus raíces en el Renacimiento (una estatua sustituida por otra) y sobre la noción del mundo como un incontenible Ballet con música de jazz, organiza precoces festivales mundiales de poesía, recurre sin reposo a la frescura de las rondas infantiles como única inagotable fuente de inspiración prístina y se sumerge libre de ataduras en la bohemia intemporal, sólo entonces pudiendo reconocer, en la fiebre del enamoramiento reiterado y aún así el goce de la actividad sexual en todas sus formas, que las imágenes del cine lograron ofrecer la salvación contra los tedios y huecos de la existencia, rumbo a la Gran Dicha.

Y la alegría contracultural apenas ambiciona volcarse arrobada sobre el espectador de cualquier edad y condición, de modo siempre sonriente y gozosa, sea haciéndole caracolitos desde debajo del encuadre al Buda monumental para demostrar que se tiene una incomparable concepción lúdica de la filosofía zen, sea volviendo a reventar de voladores cuerpos encimados la cama de latón que entra en incesante ebullición en mitad del campo, o sea reinventando la placidez de una muerte más que anunciada, aceptada y casi ansiada, asistida sin pathos alguno por el amante joven, como una prolongación del jolgorio ininterrumpido, entre torrentes de velas en un místico altar sincrético, reconociendo por fin, con neohedonista sabiduría avant la lettre, que “Todo va bellamente a ninguna parte”, y utilizando el Último Aliento antibuñueliano para exigir “Más burbujas” de champagne como único testamento posible.