Opinión

Falta de autoridad y corrupción

 
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ME. Esfuerzos anticorrupción en México carecen de urgencia.

Por Víctor Manuel Pérez Valera.

La importancia de la autoridad la pondera Platón cuando en el diálogo Las Leyes escribió: “si a las llamadas autoridades sólo las he denominado ministros de las leyes, se debe a que estoy persuadido de que la preservación o ruina de una sociedad, depende de esto más que de cualquier otra cosa”.

Ahora bien, sin quitarle responsabilidad a la sociedad civil, la ruina en que se está hundiendo el país, en la inseguridad, la corrupción y la impunidad, se debe en gran parte, a la falta de autoridad del gobierno.

Lo anterior lo confirma el periódico el País en la sección internacional: “la corrupción de los gobernadores golpea a México y cerca a Peña Nieto”… “el ‘nuevo PRI’ del presidente, se hunde” (El País, 12/04/2017).

Ante todo, conviene distinguir entre autoridad y poder. El poder autoritario, que en ocasiones ejerce el gobierno, no es auténtica autoridad, sino abuso de poder. Es cierto que frecuentemente la autoridad debe usar el poder, pero en esos casos debe resplandecer la autoridad moral del gobierno. La autoridad existe para la protección y promoción de los fines de la sociedad, sobre todo mediante el ejercicio de los derechos y deberes: existe en toda sociedad la tensión entre el individuo y la comunidad, entre la libertad y el orden. El individuo puede centrarse en sí mismo, caer en el egoísmo o en la indiferencia, y renunciar al “valor de participar”.

Cuando la sociedad renuncia “al valor de participar” y se encierra en la desidia, es corresponsable con el gobierno de los males sociales. Esto cuestiona a la sociedad civil: ¿Hasta qué grado ella colabora en la corrupción, en la inseguridad y en la impunidad? El ser humano es social por naturaleza y para realizarse, necesita la interdependencia, pero la mera asociación aun con la inspiración por la justicia, no es del todo suficiente. A la realidad pandémica de la injusticia se añade la complejidad social y es necesario el principio de armonía que debe inspirar la autoridad. Cuando la autoridad, empero, es incompetente, surgen las alternativas de la autoridad: cierta dictadura o la anarquía, que curiosamente se pueden dar ambas en el mismo gobierno.

Si el gobierno no desempeña bien las funciones esenciales de solidaridad y subsidiaridad y no combate la inseguridad y la corrupción, no sólo no soluciona las grandes desigualdades sociales, sino que puede llevar a la sociedad, a la ruina. En efecto, y esto es de gran importancia, ante la impotencia del gobierno y ante la autoridad desorganizada, surge para ocupar su lugar “el crimen organizado”, que ejerce el poder de modo cruel y despiadado. Esto lo estamos observando en el desbordante incremento de homicidios, secuestros, asesinatos de periodistas, de robos de gasolina en gasolineras y en los ductos de Pemex. El ejército, ha declarado de modo contundente que el robo de combustible ha aumentado y florecido por la omisión de las autoridades.

La corrupción merece un comentario aparte, según la fuente de “Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad”, hace 20 años se mencionaba la palabra corrupción en 508 notas periodísticas y en 27 titulares de diarios mexicanos, en cambio en 2015, la cifra rebasó las 39 mil notas y cerca de 3600 encabezados. En concreto, los desmanes desorbitados de ex gobernadores en la última década se refieren, al menos, a 17 dirigentes de los gobiernos de los Estados, cuya mayoría pertenece al partido tricolor. Se calcula que en conjunto el desfalco corresponde a un botín de 357 mmdp.

Es obvio, que todo gobierno debe de tener autoexamen y autocrítica, aspectos que no observamos en el presente gobierno. En efecto, el presidente prometió reiteradamente implementar programas especiales de austeridad para reducir el gasto público, la burocracia y corrupción.

Sin embargo, en los últimos cuatro años no se tomaron medidas concretas a este respecto. Más aún, en 2016 fue la Presidencia la que erogó 85% más de lo presupuestado, con lo que se convirtió en ejemplo de derroche, despilfarro y dispendio. No es extraño, por consiguiente, que la deuda externa se haya duplicado.

¿Qué debemos hacer, como sociedad civil, para frenar esto? ¿Basta tan sólo el voto del castigo y exigir al gobierno que aplique severamente la Ley contra los corruptos? Más importante que eso, es luchar por una auténtica educación en valores, en todos los niveles de la sociedad que conduzca hacía la equidad y la justicia social.

El autor es profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

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