Opinión

Expropiación de tierras,
Don’t mess with Zapata

Del gobierno federal que quiso resucitar para su conveniencia a Lázaro Cárdenas llega a las cámaras una nueva, y peligrosa, aventura: ahora insuflan vida a la figura de otro general, el indómito Emiliano Zapata. El desenlace de esta nueva iniciativa, diseñada por el Toluca team, es de pronóstico reservado.

La reforma energética que se discute en el Senado ha llegado a la hora de la verdad. Los detalles de la misma se comienzan a entender en su real dimensión. Y con ello, y a pesar del Mundial de Futbol que sí distrae, ya se elevan voces que auguran escenarios poco optimistas. Como en el tema de la manga ancha que tendrá el gobierno para expropiar tierras en donde hayan de desarrollarse, muchas veces por entes privados extranjeros, nuevos proyectos energéticos.

Peña Nieto puede tener los votos listos, contar además con que las fuerzas de la izquierda no logren cuajar una estrategia que detenga la locomotora que priistas, panistas y partidos rémoras han encarrilado, y sin embargo la aprobación puede constituirse en una victoria pírrica.

Porque esa reforma podría despertar una resistencia campesina, indígena y terrateniente si en las leyes secundarias no se ofrecen mecanismos claros, que den certidumbre a las personas y a las comunidades de que cuando les toque ser afectados y/o desplazados por proyectos energéticos tendrán un paraguas de buenas opciones para que se les tome en cuenta, se les pague un precio más que justo y (en el caso de las comunidades al menos) se les compense de manera correspondiente con la riqueza encontrada.

La llamada bonanza por la explotación del gas shale en Estados Unidos (siempre polémica, y siempre con el gran PERO de sus costos ambientales) incluyó precisamente negociaciones entre inversionistas y dueños de la tierra en que estos resultaron muchas veces beneficiados de la explotación en sus propiedades. El gobierno mexicano no puede usar un discurso que apele a las ventajas de este modelo probadas en el extranjero y, al mismo tiempo, someter aquí a los directamente afectados a condiciones que ni les recompensan ni les dan opciones para rechazar esos proyectos, como sí ocurre en otros países.

Y es que hablando de discursos, nunca va a ser lo mismo aquel que –demagógico o no– en el pasado y en nombre de Pemex argumentaba que “la empresa de todos los mexicanos ocupaba terrenos privados para explotar bienes de la Nación en beneficio de todos los mexicanos”; a uno que ahora dirá “mira, estas tierras te las expropiaremos, pero las explotará la empresa estadounidense equis, nos dará una parte para los mexicanos como tú, ya verás cómo luego bajan las tarifas de los combustibles, pero otra tajada se la llevarán los accionistas privados, y tú sólo recibirás el pago que un valuador determine y no tienes ni para dónde hacerte”.

Allá el gobierno sí usa la expropiación como amenaza, que no como instrumento de negociación. Y sí se empeña en que este proceso legislativo quede marcado por el mayoriteo y la renuncia a presentar de antemano modelos que den certidumbre a los posibles afectados. De ocurrir así no queda más remedio que preguntar precisamente a estos gobernantes: Remember Atenco? Si sí, entonces don’t mess with Zapata. Todavía están a tiempo de presentar unas leyes que den tranquilidad a las comunidades, no unas que las enardezcan.