Opinión

Estamos todos peor

   
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Ricardo Anaya

Ricardo Anaya, presidente del partido Acción Nacional, dijo ayer en el espacio de radio de Leonardo Curzio que el actual PRI es el peor de todos los tiempos. Sin ser del todo mentira, eso no es verdad.

Puede ser que este sea un PRI, una vez más, de promesas rotas. Dijeron que habían cambiado, no era verdad (que los que hayan creído hagan mea culpa). Pero eso no hace a este tricolor el peor de la historia. Menos aun cuando frente al Revolucionario Institucional no está ni el mejor PAN de la historia, ni la mejor izquierda de la historia (PRD y Morena, terribles por igual), y para el caso, justo es reconocerlo, ni la mejor iniciativa privada, ni los mejores medios de comunicación, ni las mejores Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) de la historia.

Es entendible que el joven Anaya trate, un mes después, de seguir explotando la cauda de atención mediática que le trajo la jornada electoral del 5 de junio. Pero hablar bonito no basta. Y una cosa es que, en efecto, el PRI no se ayude ni tantito con gobernadores de impresentables actos como los Duartes y Borge, y otra que Acción Nacional sea el partido modelo que México estaba esperando.

Anaya, a pesar de los triunfos electorales, es hoy por hoy pura saliva. Vaya, ni la 3de3 completa pudo sacar. Y de la corrupción en su partido podrá decir que respetará lo que haga la comisión que le encargó a Luis Felipe Bravo, pero él no ha hecho ni desafiliaciones, ni descalificaciones a todo tipo de prácticas de panistas de impresentable –como el de los priistas– proceder (hola Jorge Romero, hola Guillermo Padrés, hola Villarreal…).

Parafraseando a Luis H. Álvarez, mientras Anaya sea pura verborrea, el PAN irá directo a que los derrote, de nuevo, la victoria.

Y en el frente de la izquierda: mientras el partido de la Revolución Democrática no entienda que la corrupción y el clientelismo los han infestado al grado de la parálisis (corregir implica renunciar a explotar sectores lumpen), sus posibilidades de convocar nuevamente al electorado de las capas medias, el que les votaba por identificación y no a cambio de tinacos, estarán condenadas al dígito que pueden comprar mediante dádivas.

Morena, por su parte, tiene un reto enorme. No estamos ante el mejor López Obrador. Por tres razones: porque no tiene, de ninguna manera, el más mínimo contrapeso (ni formal ni informal); porque, como Anaya, Andrés Manuel tiene un problema de éxito: cada día es más evidente el costo de (mal) gestionar los derivados de sus triunfos recientes (bancadas legislativas que ni pichan ni cachan ni dejan batear, por ejemplo); y porque siempre que va ganando, al tabasqueño le da el síndrome Pablo Iglesias: celebra antes de tiempo victorias que todavía no ha cosechado.

Pero no sólo los partidos están así, también la sociedad. Para muestra ahí está el pacto de impunidad a punto de aprobarse en el Congreso en torno a la 3de3.

Valientes empresarios estos, que salieron a gritar porque con el artículo 32 se les impuso una ridícula obligación, pero que apenas les quitaron esas cláusulas dejaron de molestar a un gobierno federal y a un Congreso que apuestan a la opacidad.

Los medios estamos igual, indignados con los recortes a programas sociales, pero felices con la publicidad oficial.

En fin. Habrá quien defienda los avances (por cierto, ¿ya vieron que el INAI está en acto suicida?). La clave, insisto, es dónde queríamos estar a estas alturas del siglo XXI. Frente a esa expectativa, ¿de verdad no estamos todos peor?

Twitter: @SalCamarena

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