Opinión

Espacios artísticos independientes

   
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La Quiñonera

Siempre hay algo que ver, algo que
escuchar.
De hecho, podemos tratar de hacer
silencio; no podemos.

John Cage

Los espacios alternativos de arte surgen como una necesidad de buscar reductos fuera de las estéticas e instituciones artísticas dominantes con el objetivo de albergar expresiones artísticas nuevas, frescas y ajenas a intereses comerciales. En estos lugares podemos encontrar arte osado y arriesgado que niega el confort del cubo blanco en pro de la experimentación, llevando al límite las concepciones mismas de “arte”. Desde el icónico Cabaret Voltaire de 1916, donde los dadaístas se reunían y realizaban happenings, hasta La Fábrica de Andy Warhol en los años 60, The Kitchen de 1971 en Greenwich Village, o The Shop creada por las artistas inglesas Tracey Emin y Sarah Lucas en 1993, son unos cuantos ejemplos.

México
tiene una vigorosa tradición artística paralela al establishment que hasta hoy se mantiene, y de la cual quisiera hablar en las próximas entregas, pues estos espacios han sido semilleros de artistas jóvenes. Para dar un breve contexto histórico de la naturaleza de los lugares alternativos en la vida artística de nuestra ciudad, podemos mencionar tres recintos que fueron esenciales en el desarrollo del arte contemporáneo mexicano: La Quiñonera, Temístocles 44 y La Panadería.

La Quiñonera se creó en 1986 por los hermanos Néstor y Héctor Quiñones en el barrio de la Candelaria, en Coyoacán. Más que un centro cultural era una suerte de comuna artística donde escritores, artistas plásticos, cineastas, teatreros, actores, músicos, críticos, curadores, artistas de avanzada y alguno que otro advenedizo se congregaban en la enorme y laberíntica casa de los Quiñones para dialogar, producir, editar filmes, jugar futbol, hacer conciertos o fiestas. Era un lugar de completa libertad y constante dinamismo, donde un día podía haber un concierto improvisado de Caifanes o Santa Sabina, un taller impartido por artistas residentes, una función de performance o una simple sesión musical aderezada con su discusión artística. En este espacio tuvieron sus primeras exposiciones artistas como Diego Toledo, Claudia Fernández, Francis Alÿs y Gabriel Orozco, por mencionar algunos.

“La Quiñonera es un lugar de confluencia y divergencia, de amores y desamores, de amistades y odios, de trabajo y ocio. Es un espacio de creación y recreación. Existe para y por el Arte. Siempre se ha brindado generosamente como si deseara ser de todos. Y lo será, mientras los Quiñones sigan compartiéndola con el mundo”, Carlos Cuarón para la revista Generación (año XIX, No. 75., 2008). Hoy en día La Quiñonera, ya convertida en una AC sigue abierta, manteniendo un programa expositivo y de residencias enfocado al arte político.

Entrada la década de los 90, una casa de Polanco tomada por artistas emergentes, Temístocles 44, alojó intervenciones e instalaciones en el espacio, buscando enfatizar en la teoría e investigación artísticas. Abraham Cruzvillegas, Luis Felipe Ortega (nuestro representante nacional en la actual edición de la Bienal de Venecia) Damián Ortega, Pablo Vargas Lugo, Daniel Guzmán y otros creadores integraron este colectivo.

Yoshua Okón y Miguel Calderón fundaron La Panadería en el 159 de la calle de Ámsterdam en la colonia Condesa, que vivió de 1994 al 2002. Surgió en un decisivo momento para el arte mexicano: la producción de arte joven estaba en ebullición, pero no había espacios dónde canalizar aquel imparable flujo creativo. La Panadería fue fundamental para la internacionalización del arte mexicano; artistas como Artemio, SEMEFO (Teresa Margolles), Miguel Ventura, Gonzalo Lebrija, Carlos Amorales o Gabriel Kuri se hicieron camino por la vía del conceptualismo en la escena del arte mexicano y del mundo. Pero también curadoras como Mariana David o Paola Santoscoy, que estuvieron a cargo de las exposiciones en La Panadería, introdujeron una innovadora concepción de la curaduría y su importancia en los discursos artísticos actuales.

Estos espacios, fuera del sistema oficial y comercial del arte de la década de los 90 del siglo XX, influyeron de una manera insospechada en la producción artística de nuestro país y cambiaron su panorama por completo. Actualmente en la ciudad de México ha brotado una nueva ola de espacios independientes, libres de compromisos monetarios y comprometidos a no sólo “exponer” arte sino a vivirlo cotidianamente. Durante las próximas semanas, esta columna la dedicaremos a dichos espacios que sin duda están contribuyendo al arte mexicano del futuro.


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