Opinión

Es la economía, pero también la desigualdad

 
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Igualdad

Dicen que Clinton ganó la presidencia cuando dijo a sus colaboradores “It's the economy, stupid” y, aunque como lo han apuntado diversos estudios, la economía estadounidense ya había empezado su recuperación, probablemente la mayoría de los ciudadanos no se dieron por enterados y votaron por una economía mejor.

El presidente pudo poner en orden las finanzas públicas que Reagan había dejado al borde de la ruina y evidenció la hipocresía y la veleidad del discurso republicano, neoliberal y no. Ellos han sido los abanderados de la austeridad y los bajos impuestos, los mayores causantes de los déficits fiscales que quitan el sueño a los políticos estadounidenses. Y si el presidente Trump se empeña en poner en práctica otra vez una versión de la 'vudú economics', como la llamara Bush I, habrá insomnio generalizado.

En México, no somos pocos los que esperaríamos que una consigna de ese tipo se impusiera en los discursos electorales; de ocurrir así, la disputa se daría en torno a los instrumentos y las políticas para que la economía registrara tasas de crecimiento más altas y sostenidas. Y la discusión tendría sal y pimienta.

La 'nueva normalidad' que los priistas han empezado a postular detrás de uno de sus precandidatos tendría que cambiar de piel, por lo menos para poder aspirar a recuperar alguna relevancia en las mentalidades de los electores. Ya no se presumiría la inclusión a gotas que hasta hoy ocurre, sino se asumiría como tarea nacional combatir la injusticia social y abatir cuanto antes la pobreza.

Quizás es pedirle peras a un sistema político volcado a la trivialidad y la banalización de las esferas fundamentales de la vida pública y de la propia democracia. Una frivolidad que se ha hecho costumbre a lo largo de la era democrático-pluralista inaugurada en 1997 con el gran vuelco político en la Cámara de Diputados y el Gobierno de la Ciudad de México.

Este desmayo de la economía política como cuestión central de la deliberación democrática se apoderó de la escena con la alternancia en la presidencia de la República, la dictadura estabilizadora impuesta desde Hacienda y luego la Gran Recesión y su secuela de 'normalidad' que, sin mucho disimulo, merodea escenarios de estancamiento secular y degradación de las relaciones sociales y del empleo. Esta degradación que afecta a la vida misma, es presentada como única ruta de sobrevivencia en medio de la penuria.

La necesidad de que la economía crezca más y de manera sostenida está determinada por la dinámica, composición y tamaño de nuestra demografía y el inventario de carencias en ingreso y accesos. Ha sido demostrada hasta el hartazgo por estudiosos como Jaime Ros, de la UNAM, o José Antonio Romero, del Colegio de México. Desde el mirador del Grupo Nuevo Curso de Desarrollo se ha reiterado y documentado esa necesidad, como por su parte lo han hecho diversos organismos del sistema de la ONU, y ahora del Banco Mundial y hasta del FMI.

Es la economía en efecto, pero como nos advirtiera la Cepal desde 2010, para América Latina ésta debe ser también la hora de la igualdad, para acuñar una fórmula renovadora de igualar para crecer y crecer para igualar. Así nos obliga a pensar, por ejemplo, la reciente Encuesta de Ingresos y Gastos de los Hogares. Ahí hay evidencia más que suficiente para cambiar la estrategia y la política.

Es la economía, pero seríamos igual de tontos que los imaginados por Clinton, si no insistiéramos en que también es la hora de la igualdad. De eso tendrían que ocuparse partidos y pretendientes, más allá de su diaria y muchas veces fútil consulta del tarot de las encuestas. 

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