Opinión

Es hora de retirar al
pobre Alien

 
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Alien Covenant. (ComingSoon)

“Hay tanto aquí que no tiene sentido”, dice la astronauta Daniels (Katherine Waterston) a la mitad de Alien: Covenant. Estoy de acuerdo con ella. Nunca entendí por qué un grupo de colonizadores intergalácticos, a bordo de una nave con 15 en la tripulación y otros miles en la cajuela, abandonaría su objetivo a la primera oportunidad para aterrizar en un planeta que, amén de su exuberante vegetación, se ve ominoso desde el minuto uno. Tampoco me explico por qué los susodichos colonizadores insisten en toquetear lo que encuentran, como si estuvieran de paseo por el Museo del Niño. Menos entiendo por qué Ridley Scott regresó a la historia que lo catapultó al estrellato en 1979 para resolver misterios que diluyen hasta el título de aquella excepcional película. Al desentrañar su origen, el alien básicamente deja de ser un alien: un extraño.

Covenant no enmienda los defectos de Prometheus, precuela en la que otra tripulación, igual de bruta, descendía en otro planeta para hacer las mismas estupideces. Tal vez en el futuro, como dijo Ellen Ripley, la raza humana en efecto padecerá un declive generalizado en el coeficiente intelectual. No sorprende, por lo tanto, que el más listo del grupo sea el androide, nuevamente interpretado por Michael Fassbender, quien sigue siendo pieza fundamental de la serie. Covenant no volverá adeptos a quienes odiaron la descuidada narrativa de Prometheus, ni sus parábolas catequistas o personajes de cartón.

A sabiendas de que comparte ADN con Alien y Aliens, es difícil no echar de menos a la memorable tripulación del Nostromo –esos cosmonautas que parecían venir del arrabal, más interesados en cobrar un bono que en explorar la galaxia– o a los marines que nos presentó James Cameron en su notable secuela, dibujados con la precisión y economía del guionista más colmilludo. También echo de menos cómo aquellas películas contenían tintes eróticos y elementales –el hombre que da a luz tras ser violado; la batalla entre dos madres furiosas al final de Aliens– sin necesidad de enfatizar el subtexto. La acción estaba primero, las ideas después. No se puede decir lo mismo de Prometheus y Covenant, dos precuelas que transportan al xenomorfo a una historia con aspiraciones bíblicas.

Sin embargo, pese a sus defectos, hay mucho que reconocerles a Prometheus y a Covenant. Admiro, sobre todo, que se atrevan a no calcar las originales: que apuesten por atmósferas nuevas. A diferencia de The Force Awakens y similares, estas no son refritos: comparten elementos y mecanismos narrativos con las primeras entregas, pero no preocupaciones. Admiro, también, su excentricidad (¿en qué otra película verán a Fassbender robot besando a otro Fassbender robot?), sus ideas disparatadas y hasta su densidad alegórica, revolviendo en un crisol las plagas de Egipto, las óperas de Wagner, la inteligencia artificial, al Ozymandias de Shelley y a la legendaria novela de su esposa Mary. Prometheus y Covenant no son apuestas seguras, y eso, en el cine comercial contemporáneo, ya es motivo de aplauso.

Lo que le sobra a Covenant es el propio alien. Hasta Scott parece poco interesado en él, mostrándolo al aire libre como si ya no creyera en el poder que tiene para asombrar. Una vez que aparece, el veterano director se apresura para tocar las notas que ya conocemos, con tal de darnos una secuela de Alien hecha y derecha. Qué distinta sería Covenant si hubiera descartado al sobadísimo monstruo para darnos algo nuevo. Así podríamos juzgarla como lo que es: una cinta que, pese al bicho titular, tiene poco o nada que ver con esa obra maestra de 1979.

Twitter: @dkrauze156

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