Opinión

Erlingsson y Boone: inoculando

I. LA YEGUADA CONSUSTANCIAL. En Historias de caballos y hombres (Hross i oss, Islandia-Alemania, 2013), heteróclito debut como autor total del célebre director-dramaturgo-actor teatral islandés de 44 años Benedikt Erlingsson (estridentes cortos previos: Gracias 07 y Naglinn 08), el prepotente jinete rural Kolveinn (Ingvar Eggert Sigurdsson) hace languidecer de amor desplazado a su bella esposa madura Solveig (Charlotte Boving) y derretirse de admiración a sus vecinos al pasearse orgulloso al trote o al galope con su hermosa diminuta yegua blanca con albo crespón al viento que un buen día es mancillada con él encima por un negro semental indomable que le hace liquidarla de un balazo al retornar humillado a la granja, poco antes de que el torpe campesino testarudo Vernhardus (Steinn Ármann) se envenene por ingerir a grandes sorbos impacientes el alcohol sin rebajar que ha adquirido en una barcaza extranjera que cruzaba por un lago cercano, poco antes de que el viejo rabioso Grimur (Kristbjörg Kyeld) sea sangrientamente cegado por un alambre de las cercas que compulsivamente recorta con tenazas y provoque la muerte por desbarrancamiento en su tractor rojo del granjero Egill (Helgi Björnsson) que lo perseguía furibundo sólo para dejar viuda a su resentida esposa rubicunda (Maria Ellingsen), poco antes de que el entrometido caballerango sudamericano Juan Camillo (Juan Camillo Román Estrada) se salve de morir congelado durante una pavorosa tormenta invernal metiéndose dentro de una yegua que él mismo ha destripado, y poco antes de que el jinete señorón reconquiste a su mujer deleznada festivamente montando cada quien en una nueva yegua soberbia para copular ipso facto a pleno sol ante toda la comunidad campestre que se ha congregado para el desfile carnavalesco y la concentración de cabalgaduras en un ruedo ad hoc.

La yeguada consustancial disfruta mostrando el grado cero de la connivencia casi biológica, natural y casi incestuosa entre equinos y humanos, un esplendoroso grado cero con fotografía fulmínea (Bergsteinn Björgúlfsson) y edición fragorosa (Davíd Pór Jónsson) para descubrir reveladoramente costumbres insólitas y fotogenias inéditas de impenetrables mentalidades primarias/retorcidas/ultrasofisticadas a su manera pero siempre tercamente ajenas, un sincrético grado cero a medio camino entre una sequedad cercana al documental y una fantasía rural instantánea en paisajes quasi polares cambiantes de estación feraz a estación inmisericorde, un raro grado cero próximo al grandioso espectáculo muy viñeteado y al fabuloso drama pluritremendista cual si recogiera auténticas consejas regionales.

La yeguada consustancial inocula al haz de relatos tenazmente mutiladores con su extrañeza formal para enmarcar y acaso determinar desde la lejanía comportamientos tan imprevisibles como ese sacrificio de la yegua otrora adorada pero ahora machistamente inutilizada para todos, o esa seducción conyugal inmediatamente corporal que ejercerá de modo culminante la sensual sucedánea zoológica esposa-yegua rumbo a un humanísimo coito bestial en descampado pero sujetando las riendas de los corceles hembras también encabritables.

Y la yeguada consustancial se apoya distanciante e irónica en el invasor uso pertinaz de los binoculares del voyeurismo perpetuo y del embeleso anticipado, lacónicas líneas de diálogo sobre todo con animales (“Tranquila, chiquita, tranquila”), la música sacra de un coro masculino a capella con ecos en las cadencias de los cascos dotados de herraduras melladas y las arengas, los funerales que se suceden uno tras otro al filo de los días engalanados, y el monumental top-shots cenital de la caricia a la yegua inmolada que se responde con la concluyente grúa ascensional todoabarcadora de la apretada mezcla de caballos y hombres en el cerco entablillado para redondear sin cabos sueltos el unívoco relato de efigies equino-islandesas ya tan incallables como los espacios infinitos que las contienen.

II. LA INICIACIÓN CREPUSCULAR. En Bajo la misma estrella (The Fault of Our Stars, EU, 2014), ultrasensitivo opus 2 del virginiano de 35 años Josh Boone (tras Un lugar para el amor 12), con guión de la mancuerna profesional que integran Scott Neustadter y Michael H. Weber (desde 500 días con ella) adaptando en grande la homónima novela superventas juvenil de John Green, la linda pero fragilísima adolescente virginal con permanente tanque de oxígeno portátil a causa de un viejo cáncer controlado por cierto fármaco experimental Hazel (Shailene Woodley tan equidistante de Los descendientes como de Divergente) cede a las presiones de sus afligidos padres pragmáticamente alivianados Frannie (la exfetiche enteca lyncheana Laura Dern) y Michael (Sam Trammel) para ingresar en el grupo de apoyo del ingenuo terapeuta-cancionero pío Patrick (Mark Birbiglia) donde conoce al exbasquetbolista canceroso en remisión pero ya portando una pierna metálica a sus 18 años Gus (Ansel Elgort) con quien establece una inmediata relación afectiva que ambos comparten con el infeliz compañero en trance de quedarse ciego Isaac (Nat Wolff), prestándose libros de literatura o de entretenimiento y apasionándose por conocer el final a medias de la impactante novela holandesa "Un dolor imperial" de Peter Van Houten (un Willem Dafoe tan desagradable como su Cristo scorsesiano), a quien contactan a través de su tiranizada asistente Lidewij (Lotte Verbeek) que los hace viajar, gracias a la fundación caritativa Genios, de Pittsburg a Ámsterdam para interrogarlo en persona, pero el autor resulta un alcohólico intratable con quien terminan intercambiando insultos, por lo que mejor se van de visita autoidentificatoria a la casa de Anne Frank, viven con melosa dulzura liberada en el hotel de lujo europeo una iniciación erótica a sabiendas que es crepuscular y retornan de emergencia a Estados Unidods, pues Gus está padeciendo una metástasis general que va a extinguirlo aceleradamente, no sin antes hacerse representar su ceremonia prefuneral, donde las oraciones mortuorias correrán a cargo de su adorada Hazel y un Isaac ya invidente.

La iniciación crepuscular no ahorra posibilidad alguna de chantaje sentimentalista-inspiracional, ni resorte lacrimógeno alguno que operar (al exceso: la madre al pie de la rememorada terapia intensiva de los 13 años aullando por pronto ya no tener hija alguna a quien querer, el padre estudiando trabajo social para cuando se muera la mártir, el escritor irrumpiendo arrepentido en el funeral verdadero del chavo), pero lo hace con una delicadeza sorprendente, en la dudosísima tradición formidable de algún increíble Leo McCarey de El buen pastor (44) puesto al día (¿puede rendirse un lúcido y valioso tributo al gran Hollywood romántico desde un residuo reciclado del Love Story de Hiller 70 y a partir de un producto epigonal de la saga Crepúsculo?), preponderantemente basada en una sostenida andadura leve y en el irresistible carisma de esos multidimensionales, hiperconscientes e inasibles héroes adolescentes, sus impulsos vistos al microscopio, sus radicales frustraciones aún anhelantes, su mutua comprensión desgarradoramente autoirrisoria (“Mi parte cyborg”) y su consoladora tolerancia recíproca, sin disonancia aberrante posible.

La iniciación crepuscular retoma la vieja ideal nunca consumada ni antes siquiera formulable del pudor absoluto como único poder fílmico auténtico, distinguiendo al interior de la inoculación amorosa la grandeza de una discusión literaria en regio frontground con el amigo de corazón roto rompiendo frenéticamente trofeos deportivos en la discreta profundidad de campo para manifestar el dolor que sólo requiere expresarse, el juego mórbido con las diversas variedades del cáncer cual falsa autobiografía recitada como especialistas (aquél de tiroides fase 4 expandiéndose a los pulmones que se llenan de líquido, aquél osteosarcoma en metástasis, aquel devorador de nervios ópticos y así), el reconocimiento del gran amor único e insustituible que reemplaza a la fantasiosa necesidad de legar un recuerdo colectivo de hombre famoso, o la sustitución providente de un insostenible “siempre” por un escueto “ok“ igual de contundente.

Y la iniciación crepuscular acaba triangulando su edificante e-mail póstumo, proclamando la dialéctica del olvido final, porque incluso en ese fútil mundo efímero tipo Raymond Carver o Joan Dideon o Stephen King cree en las matemáticas espirituales a lo Robert Musil (aporía de Aquiles y la tortuga de Zenón, paradojas del cero y el infinito, existencia de infinidades más grandes que otras), apoyándose en ese mensaje estelar shakespeariano que se invoca desde el título mismo del filme (“La culpa, querido Bruto, no recae en nuestras estrellas, sino en nosotros que estamos debajo de ellas”) para prolongarse onnidireccionalmente hacia donde señalaban los clásicos: “lo que has desperdiciado en un instante no hay eternidad que pueda restituírtelo”.